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Notas

Así vivió San Rafael la fiesta del Dakar

Más de 30 mil personas se acercaron a los bolsones habilitados para que el público pueda ver los vehículos en carrera. Además, cerca de 500 personas acamparon al lado del bivoauc, para seguir de cerca a los pilotos.
La gente se comportó y vibró con el pasar de las máquinas. Foto: Ignacio Blanco / MDZ
La gente se comportó y vibró con el pasar de las máquinas. Foto: Ignacio Blanco / MDZ
Cristian Sancho tiene 8 años, y heredó de su padre no sólo el nombre, sino también la pasión fierrera. Por eso hoy desde el mediodía se instaló con toda su ilusión a cuestas en el ingreso del autódromo sanrafaelino para ver de cerca a la caravana de vehículos del Dakar.

A Cristian no le pregunten por el nombre de ningún piloto, porque no los conoce. A este niño sanrafaelino sólo le interesan los autos, motos y, principalmente, los camiones.

“¿A qué hora llegan los camiones?”, le preguntaba a su padre, que ya cerca de las 17 mostraba signos de cansancio y fastidio, todo lo contrario a lo que sentía su hijo.

Como Cristian, miles de personas siguieron la llegada del Dakar en Mendoza. Según cálculos oficiales, unas 30.000 almas se habían acercado a los bolsones establecidos para los espectadores, aunque los organizadores esperaban que por la tarde ese número se incrementara considerablemente.

El último rincón para ver el rally era el autódromo, donde los cansados pilotos llegaban tras recorrer la etapa más dura en lo que va del Dakar. Por eso, los vehículos mostraban las heridas tras un tramo complicado, que dejó a varias máquinas fuera de competencia.

Familias enteras llegaron hasta este sitio, donde se ubica el campamento del Dakar. Con mates, gaseosas, galletas y sandwichs como menú principal, unas 500 personas se deleitaron, desde el otro lado del alambrado, con el espectáculo de camiones, autos, motos y cuatriciclos.

Dora Ávalos no es fanática de los autos. “Vine porque me trajeron mi esposo y mis hijos”, señaló con resignación. Mientras los hombres de la casa miraban asombrados el paso de la caravana, ella se entretenía leyendo revistas. “No me interesa mucho, y aparte me da pena que los pilotos tengan que recorrer tanto por la tierra… mirá como vienen los autos”, afirmó la señora.

Pedro, su esposo, la miraba como sin entender como su mujer no disfrutaba el espectáculo. “Dejala, no entiende nada”, comentó entre risas, aunque con un volumen bajo como para que Dora no lo escuchara y lo dejara sin cena al llegar a la casa.

Así vivió San Rafael la fiesta del Dakar, que mañana dejará el sur mendocino para trasladarse a la Ciudad, que espera al rally con los brazos abiertos.