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Notas

Palabras usadas como municiones: la realidad cambia según cómo se la relate

Según las palabras que se usen para contar lo que pasa en un barrio mendocino, en el conflicto del campo, en Venezuela y Bolivia o en Gaza, es la realidad que la gente construye en sus cabezas. Una respuesta nació en Colombia y es un diccionario "Para desarmar la palabra".
Foto: MDZ
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“Para entender lo que queremos, hay que ver primero lo que se tiene que entender como libertad de información. La primera cosa sobre la cual se han equivocado mucho, es la de creer que la libertad de información, o el derecho a la libertad de prensa, es un derecho del periodista. Nada de es: se trata del derecho del lector del periódico”.

Jean-Paul Sartre, rueda de prensa para lanzar el nuevo periódico Libération, 4 de enero 1973.

La objetividad no existe.

Para muchas personas informadas, esto puede ser tan solo una obviedad. Pero no hay que ser petulantes: para demasiada cantidad de gente, esta revelación puede resultar tan chocante como decirle a un niño lo mismo acerca de papá Noel o los Reyes Magos.

Las noticias que ofrecemos los medios de comunicación están plagadas de fijación de posturas. Cuando no son del medio, estas pertenecen al periodista. Y cuando ninguno de los dos se preocupa demasiado por el asunto, quien difunde su pensamiento a través de la comunicación masiva es quien dio origen a la información.

Esto, en si mismo, no es malo. Lo malo es que no siempre le recordamos al destinatario de las noticias que debe hacer una recepción crítica de lo que le decimos. Por otro lado, no todos los medios de comunicación tienen la posibilidad que da el periodismo en la Web 2.0 de que el lector se meta para discutir, apoyar, rectificar o torcer lo publicado para otro lado.

Pocas veces, además, indicamos que nuestra opinión no es más que eso: una más entre tantas y tampoco se aclaran las ocasiones en que lo que ese está haciendo es una interpretación de algo que alguien contó.

Cuando el que gana esta batalla impone su criterio de cómo debe llamarse a las cosas, también se gana el monopolio de lo que se conoce como “objetividad”. Dicho de otra manera, la “objetividad” no es otra cosa que la “subjetividad” que logró meterse con más fuerza.

¿Es lo mismo llamar, por igual, “dictadura” al gobierno que rigió la argentina entre 1976 y 1983 que recordarlo como “el Proceso”? Otro ejemplo: ¿Da igual aquella dictadura que calificar como tal al gobierno de Hugo Chávez? Y más: ¿Por qué podemos llamar a los pueblos arábigos por la religión que profesan, musulmanes, y no así al resto de los pueblos? ¿Es terrorista la militancia de Hezbollah y Hamas y no lo son naciones que se entrometen en la vida política de otros países, bombardeándolos para explotar sus recursos, promoviendo el recambio de los gobiernos democráticamente elegidos para sustituirlos por regímenes afines?

Circula por Internet una lista con las “Doce reglas del periodismo sobre el conflicto Israel Palestina”.

A propósito de esa nómina, digamos que fue confeccionada con quienes se sienten agredidos por Israel. Aquí ya hay un dato para ubicarnos en torno al destino de las palabras.

Pero a continuación de leer algunas de las afirmaciones allí plasmadas, la invitación es seguir haciéndonos preguntas, por favor, ya que de la duda es mejor consejera que las convicciones cerradas y absolutas:

- En Medio Oriente son siempre los árabes quienes atacan primero, y siempre es Israel quien se defiende. Esa defensa se llama “represalia”. Pero Israel tiene derecho a matar civiles. Eso se llama “legítima defensa”.

-  Ni palestinos ni libaneses tienen derecho a capturar soldados israelíes dentro de instalaciones militares con centinelas y puestos de combate. A eso hay que llamarlo “secuestro de personas indefensas”. Israel tiene derecho a secuestrar a cualquiera hora y en cualquier lugar a cuantos palestinos y libaneses se le antoje. No se precisa prueba alguna de culpabilidad. Israel tiene derecho a mantener secuestrados presos indefinidamente, ya sean autoridades democráticamente elegidas por los palestinos. A eso se le llama “encarcelamiento de terroristas”.

- Cuando se menciona la palabra “Hezbollah”, es obligatorio añadir en la misma frase “apoyados y financiados por Siria y por Irán”. Pero cuando se menciona “Israel”, está terminantemente prohibido añadir: “Apoyados y financiados por los EEUU”. Eso podría dar la impresión de que el conflicto es desigual y de que la existencia de Israel no corre peligro.

Paremos un poco aquí para recordar que estas afirmaciones pertenecen a quienes sostienen que hay un trato desigual en la prensa occidental para con Palestina con respecto a Israel.

Una salida: Domar la lengua de los periodistas

Hace diez años, una organización social colombiana, Medios para la Paz, dio a conocer un diccionario cuyo objetivo es –en un país signado por un conflicto bélico interno de más de 40 años de duración- “no promover el odio en forma cotidiana”.

Valga recordarlo, rescatarlo y promover su uso hoy, en medio del conflicto de Medio Oriente y de tantas tomas de posiciones políticas en una Latinoamérica en cambio permanente. Pero también para analizar cómo tratamos a las personas que nos rodean en la más vernácula de las realidades.

Con tan solo una palabra un “adolescente” pasa a ser un “menor” si es violento. Pero la noticia viene a decirnos que ese mismo chico lo que hizo fue pintar solidariamente una iglesia, pasa a ser un “joven”.

Otro tanto ocurre cuando contamos un hecho policial: Nos apuramos en condenar al primero que la policía señale como presunto autor de un hecho, al que llamamos instantáneamente “delincuente”; pero no nos acordamos de quitarle ese mote cuando la Justicia descubrió que era inocente, que debía seguir su vida a pesar de lo que dijimos de él y menos aun de recriminarle a la policía que nos tiró encima lo primero que se le ocurrió para zafar del mal trago.

Como decíamos, la ONG Medios para la Paz señaló un camino lingüístico: “Para desarmar la palabra” se llamó el libro que presentaron en Bogotá en 1999 y en el que, uno de sus autores Germán Castro Caycedo, llegó a considerar que “muchas veces los medios son actores de los conflictos”.

Válido para una noticia policial de aquí nomás, tanto como para lo que ocurre en la Franja de Gaza o para relatar lo que sucede en la resistencia aristocrática boliviana a los cambios votados por la población y hasta el conflicto del gobierno argentino con la dirigencia del campo: Lo que la prensa dice puede proclamar, alimentar y hasta invocar a la violencia; o puede hacer todo lo contrario si la opción es, como señalaron los colombianos, “desarmar la palabra”.

Hay un desafío que nos planteamos cada uno de quienes nos dedicamos a esto cada vez que empezamos a teclear una nota y pasa, centralmente, por cómo llegar al indicio más claro y transparente de verdad. Pero siempre, cargado de una dosis importante de “nuestra verdad” que el lector, oyente o televidente deberá procesar con la suya propia, con las de los demás.

Una tarea difícil en un país en el que se acuñó aquella frase que indicaba, a modo de imposición, que “el silencio es salud” y en el que aun no se logra superar un prurito de gran raigambre social: ese que nos machaca con que “basta de discusiones” o con “…si todos pensáramos igual”.