Notas
Cristina y Jaque, atados por un síndrome que se parece al de Estocolmo
Entregado de pies y manos a los captores de sus necesidades, a los secuestradores de sus ilusiones, el jaquismo es rehén de una discrecionalidad presidencial que le resulta favorable sobre la base de su adhesión incondicional (que llega casi hasta la obsecuencia), y de la funcionalidad que el gobernador representa en la batalla contra el mayor obstáculo de los K: Julio Cobos.
Algunos actores principales del gobierno de Celso Jaque admiten en reserva que Cristina Kirchner ha desdibujado el proyecto iniciado por su marido en 2003. Por supuesto, de ninguna manera harían público este pensamiento íntimo, pero que sin embargo dejan caer como al pasar en rondas informales. Ya sea –dicen- por impericia, o porque las circunstancias nacionales o internacionales les fueron adversas, algunos relevantes jaquistas creen que la furtiva obsesión del kirchnerismo por librar batallas siempre absolutas, ha debilitado su proyección tanto para el resto de su propia gestión como también para quienes se mantienen incondicionales, incluidos los mendocinos.
Son precisamente, algunos de ellos, funcionarios que sacan chapa de influyentes y que pese a las críticas no hacen más que templar su espíritu y blindar sus argumentos oficialistas. Sin embargo, y puertas adentro, especulan que pese a las diferencias de estilos entre Celso y Cristina la suerte del gobernador está indefectiblemente atada a la del matrimonio presidencial; al menos, por un par de razones.
Lo que te doy, lo que te puedo quitar. Estos jaquistas intentan explicar así, esta forzada y pegajosa realidad que une al gobierno provincial con el nacional, como si se tratara de una especie de tabla de salvación, que de manera acrítica y para no irritar a los exitosos Pells de la política, se les prodigan todo el tiempo frases condescendientes, intentando asimilar todas sus iniciativas y avalar todas sus decisiones, aún las más polémicas.
Creen, en primer lugar, que la única manera de recuperar el favor de la opinión pública mendocina es aceitar y profundizar la gestión (y en algunos casos, comenzar efectivamente a gestionar). Pero por otra parte, aducen que para eso no queda otra vía que ser el ariete del gobierno nacional, aún pagando los costos que sean necesarios. Estiman que tras la pelea con el campo hay un clima adverso en la sociedad, difícil de revertir, pero que el premio de la fidelidad llegará, y con creces.
El libreto parece escrito. Reproducir y sobreactuar en Mendoza todo lo que el gobierno nacional decida. Especialmente amplificando sus anuncios: desde autos a calefones; desde canastas navideñas a biblias de ocasión. Como en un cambalache en el que a la provincia le toca observar la parte del león que se queda en Buenos Aires.
Celso súperstar. A sucesos como el anuncio de obra pública nacional, y a las bendiciones de distinta índole como la que esta semana tuvo al gobernador en el centro de la escena nacional, tanto a la diestra de Cristina como de Mirtha Legrand, los jaquistas apuestan todas sus fichas. A tal extremo se ha naturalizado la prebenda, que se habla de entregar 5.500 minicasas de 54 metros cuadrados en las que ningún funcionario viviría a cambio de votos, pero sin embargo nadie se inmuta. Y con el agravante que ello se agradece como un favor, una dádiva, cuando en realidad se trata de dinero público de la Anses que la provincia deberá devolver peso sobre peso.
En el fondo, el jaquismo –tal vez inconsciente- se ve atrapado en una lógica perversa, pues su único aliado de peso tiene la caja pero no ese toque de prestigio que tanto se necesita para sumar voluntades. Tal vez se equivocan los que creen que tanta foto con la presidenta, o tantas apariciones playeras, pueden elevar la consideración del gobierno provincial. Más que eso, tanta buena miga con las factorías donde se produce la realidad (el poder y la televisión) no hace más que ratificar el viejo dicho popular que indica que siempre hay un roto para un descosido.
Sin embargo, entre los estrategas oficiales, se cree que ese barniz de viento a favor, especie de mística necesaria para ganar cualquier elección, lo aportarán los intendentes y sus efectivos aparatos territoriales, que garantizan votos y también la mayoritaria satisfacción de sus ciudadanos por las respectivas administraciones. Algo que hoy por hoy, Jaque no puede asegurar, pero sí muchos de sus batalladores caciques. Aunque, por supuesto, el combo de la felicidad K no se puede despreciar fácilmente.
Un psicólogo a la derecha. Así, y entregado de pies y manos a los captores de sus necesidades, a los secuestradores de sus ilusiones, el jaquismo es rehén de una discrecionalidad presidencial, que le resulta favorable sobre la base de su adhesión incondicional (que llega casi hasta la obsecuencia), y de la funcionalidad que el gobernador representa en la batalla contra el mayor obstáculo de los K: Julio Cobos.
Este no es un elemento menor en el análisis. Es tal la furia contra Cobos que no es nuevo que pondrán todos sus esfuerzos para derrotarlo en Mendoza, y el único que ha demostrado poder cumplir esa misión ha sido Jaque. De allí tanto cartel para el mendocino, tanto viaje a Rusia, tanta primera fila en la maratón de anuncios de una presidenta que pasa del autismo a la sobre exposición como quien y periódicamente recibe electroshock.
En esa retorcida relación, iniciada en la simpatía y fortalecida en la mutua conveniencia, Jaque y los Kirchner, Mendoza y la Nación, semejan el vínculo que se produce con el síndrome de Estocolmo, donde las víctimas desarrollan una particular empatía con sus victimarios. No hay rebeldía porque hay identificación. No hay crítica porque hay justificación.
La Nación ha sistemáticamente incumplido sus acuerdos con Mendoza. Es más, sólo en el período kirchnerista, y en relación específica al rubro de la construcción de viviendas, apenas ha ejecutado la mitad de las más de 15.000 casas prometidas para la provincia en los zarandeados Plan Federal I y II. Aún así, una pléyade más que diversa de 150 funcionarios y no tantos, también muchos sindicalistas a los que les encanta hablar de dignidad, estuvieron presente aplaudiendo de pie los anuncios de la presidenta en vez de reclamar el cumplimiento de las promesas, con esa vaga sensación de reconocimiento de quien siente una caricia luego de tantos cachetazos. Aunque, por supuesto, nadie asegura que –efectivamente- el maltrato cese. Y si no, recordemos la promesa emblema de tal ninguneo: Portezuelo del Viento.
Algunos especialistas aseguran que esa particular y extrema forma de relacionamiento entre un sujeto que es dueño absoluto del poder y otro al que no le queda más que obedecer para salvar su vida, es un punto de encuentro de extremos que terminan necesariamente identificados. Uno no puede existir sin el otro, y más que una contracara, son la perversa expresión del que goza con el ejercicio del poder, redimiendo antiguos sufrimientos que antes debió padecer por parte del poderoso de turno. Ya sea con la excusa de colaborar, o por la sumisión que deriva del cumplimiento del deseo del más fuerte, victimario y víctima se hacen uno solo. Y también sus destinos finales suelen ser parecidos.
Celso súperstar. A sucesos como el anuncio de obra pública nacional, y a las bendiciones de distinta índole como la que esta semana tuvo al gobernador en el centro de la escena nacional, tanto a la diestra de Cristina como de Mirtha Legrand, los jaquistas apuestan todas sus fichas. A tal extremo se ha naturalizado la prebenda, que se habla de entregar 5.500 minicasas de 54 metros cuadrados en las que ningún funcionario viviría a cambio de votos, pero sin embargo nadie se inmuta. Y con el agravante que ello se agradece como un favor, una dádiva, cuando en realidad se trata de dinero público de la Anses que la provincia deberá devolver peso sobre peso.
En el fondo, el jaquismo –tal vez inconsciente- se ve atrapado en una lógica perversa, pues su único aliado de peso tiene la caja pero no ese toque de prestigio que tanto se necesita para sumar voluntades. Tal vez se equivocan los que creen que tanta foto con la presidenta, o tantas apariciones playeras, pueden elevar la consideración del gobierno provincial. Más que eso, tanta buena miga con las factorías donde se produce la realidad (el poder y la televisión) no hace más que ratificar el viejo dicho popular que indica que siempre hay un roto para un descosido.
Sin embargo, entre los estrategas oficiales, se cree que ese barniz de viento a favor, especie de mística necesaria para ganar cualquier elección, lo aportarán los intendentes y sus efectivos aparatos territoriales, que garantizan votos y también la mayoritaria satisfacción de sus ciudadanos por las respectivas administraciones. Algo que hoy por hoy, Jaque no puede asegurar, pero sí muchos de sus batalladores caciques. Aunque, por supuesto, el combo de la felicidad K no se puede despreciar fácilmente.
Un psicólogo a la derecha. Así, y entregado de pies y manos a los captores de sus necesidades, a los secuestradores de sus ilusiones, el jaquismo es rehén de una discrecionalidad presidencial, que le resulta favorable sobre la base de su adhesión incondicional (que llega casi hasta la obsecuencia), y de la funcionalidad que el gobernador representa en la batalla contra el mayor obstáculo de los K: Julio Cobos.
Este no es un elemento menor en el análisis. Es tal la furia contra Cobos que no es nuevo que pondrán todos sus esfuerzos para derrotarlo en Mendoza, y el único que ha demostrado poder cumplir esa misión ha sido Jaque. De allí tanto cartel para el mendocino, tanto viaje a Rusia, tanta primera fila en la maratón de anuncios de una presidenta que pasa del autismo a la sobre exposición como quien y periódicamente recibe electroshock.
En esa retorcida relación, iniciada en la simpatía y fortalecida en la mutua conveniencia, Jaque y los Kirchner, Mendoza y la Nación, semejan el vínculo que se produce con el síndrome de Estocolmo, donde las víctimas desarrollan una particular empatía con sus victimarios. No hay rebeldía porque hay identificación. No hay crítica porque hay justificación.
La Nación ha sistemáticamente incumplido sus acuerdos con Mendoza. Es más, sólo en el período kirchnerista, y en relación específica al rubro de la construcción de viviendas, apenas ha ejecutado la mitad de las más de 15.000 casas prometidas para la provincia en los zarandeados Plan Federal I y II. Aún así, una pléyade más que diversa de 150 funcionarios y no tantos, también muchos sindicalistas a los que les encanta hablar de dignidad, estuvieron presente aplaudiendo de pie los anuncios de la presidenta en vez de reclamar el cumplimiento de las promesas, con esa vaga sensación de reconocimiento de quien siente una caricia luego de tantos cachetazos. Aunque, por supuesto, nadie asegura que –efectivamente- el maltrato cese. Y si no, recordemos la promesa emblema de tal ninguneo: Portezuelo del Viento.
Algunos especialistas aseguran que esa particular y extrema forma de relacionamiento entre un sujeto que es dueño absoluto del poder y otro al que no le queda más que obedecer para salvar su vida, es un punto de encuentro de extremos que terminan necesariamente identificados. Uno no puede existir sin el otro, y más que una contracara, son la perversa expresión del que goza con el ejercicio del poder, redimiendo antiguos sufrimientos que antes debió padecer por parte del poderoso de turno. Ya sea con la excusa de colaborar, o por la sumisión que deriva del cumplimiento del deseo del más fuerte, victimario y víctima se hacen uno solo. Y también sus destinos finales suelen ser parecidos.