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Notas

Lo que Obama nos dejó

La asunción de Barack Obama, en vivo y en directo para la sobremesa mendocina del martes pasado, fue un plato más que fuerte en la debilitada dieta a la que nos someten nuestros dirigentes encargados de los asuntos públicos de este país y esta provincia. Repasemos el menú de la historia repetida.
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Mientras la presidenta Cristina Fernández sobreactuaba sus ansias de diferenciación y se paseaba entre Cuba y Venezuela, tal vez para demostrar su independencia del “imperio”, pero también su escaso manejo del silencioso ajedrez de la política internacional, los estadounidenses consagraban a su presidente número 44. Más acá, el gobierno de Celso Jaque se involucraba en una confusa operación mediática-judicial para denunciar penalmente a Julio Cobos por una duplicación de decretos.

Al margen de lo que determine la Justicia, la especulación que más fuerza cobró sobre las motivaciones de la denuncia parece asentarse en la pelea nacional contra el vicepresidente. Un impulso que en la lógica jaquista supera a la irregularidad desde lo administrativo que puede ameritar o no  una denuncia penalde una figura como la de Cobos que -paradójicamente- crece cada vez el kirchnerismo le pega.

Y así lo confirman en off muchos actores principales de esta novela que a la hora de la consulta informal, optaron por despegarse del caso y decir que quien motorizó la demanda fue el propio Alejandro Cazabán y que él debía saber las razones de su proceder. En síntesis, ni los ministros más cercanos quisieron avalar con su opinión la movida.

Sin embargo, este escenario de denuncias cruzadas seguramente será el más habitual de aquí a las elecciones, y como siempre sucede, no habrá que asombrarse de nada, pues la política recurre a los más rebuscados argumentos con tal de asegurar sus cuotas de poder.

Hablando de ello, y pese a que George W. Bush ya no sea presidente, Estados Unidos sigue siendo la potencia más importante del mundo. Tal vez por eso haya llamado tanto la atención, la contrastante actuación de la presidenta. Pues, mientras ella se sacaba fotos con Raúl y Fidel Castro, y más tarde con Hugo Chávez, el mundo se sorprendía con las primeras medidas del nuevo presidente, que seguramente, Cristina comparte: la suspensión de los juicios primero y el cierre de Guantánamo después; el congelamiento de los salarios de los asesores presidenciales; la limitación de la tarea de los lobbistas o la posibilidad de financiamiento a grupos pro-abortistas.

Está muy bien pedir el fin del feroz bloqueo que azota a la isla desde hace más de 45 años, y que incluso ha sido condenado en numerosas ocasiones por las Naciones Unidas. Pero sin embargo, la presidenta se llamó a silencio (al menos públicamente) sobre el caso de la médica Hilda Molina; ni tampoco quiso recibir a los dirigentes de la isla que reclaman el cumplimiento de libertades individuales y políticas.

Así como Cristina no quiso irritar a sus anfitriones caribeños con temas que resultan por demás incómodos para la agenda cubana, como es el caso de esta mujer a la que el gobierno de Castro no le autoriza salir de Cuba para visitar a sus nietos en Argentina, o las peripecias –cárcel incluida- a la se someten a los disidentes, podría la presidenta haber mantenido también la misma prudencia para no mal disponer a sus vecinos estadounidenses en una instancia institucional. ¿O es que acaso hay injusticias que se pueden permitir y otras que no?

El principio de no injerencia en los asuntos internos de otros países, es una tradición saludable de la política exterior, pero que sin embargo no puede manejarse de manera arbitraria. O en todo caso, sí, pero sabiendo el costo político que ello implica. Porque casi todo el arco opositor nacional cuestionó al menos la oportunidad del viaje presidencial, inicialmente pospuesto tras los problemas de salud de la señora (oficialmente, una “lipotimia”; extraoficialmente una crisis emocional). Y más allá de ello, del alcance de algunas declaraciones y otros tantos gestos que forman parte del universo simbólico con el cual –y especialmente- se mueve  el mundo de la diplomacia y las relaciones internacionales.

Pero, básicamente, del empecinamiento presidencial al restringir la política exterior al mero vínculo con Venezuela, y en particular a su presidente Chávez, al que más allá o más acá de coincidencias ideológicas, lo une con el gobierno argentino el soporte financiero del último lustro que supera largamente los 4.000 millones de dólares sólo destinados a la compra de títulos de la deuda nacional.

Mientras esto sucedía, pocos argentinos palpitaban desde la platea la indescriptible asunción de Obama. Entre ellos, dos mendocinos, el polifuncional José Luis Manzano y de su mano, el intendente de San Rafael, Omar Félix que exhibió –orgulloso- su foto con el contrincante perdedor de la contienda electoral estadounidense: John McCain.

Al margen, el intendente se quedó asombrado del grado de convivencia política entre los partidos, la presencia latina en la vida pública estadounidense y los alcances de la problemática ambiental. Un aspecto muy declamado pero que sin embargo (y éste es otro de los desafíos de la era Obama) aún no se logra que Estados Unidos ratifique el protocolo de Kyoto sobre las medidas para reducir la emisión de gases que provoca el “efecto invernadero”, factor de acuerdo fundamental para enfrentar el cambio climático planetario.

Así, el jefe sanrafaelino logró darle a su figura un toque de vuelo internacional que le vino de perillas para sus aspiraciones electorales, básicamente en la ratificación que es uno de los tantos peronistas (tal vez el más importante) que no está a favor del acuerdo interno que se habría sellado entre Las Heras y Maipú, al amparo del mismo Jaque, a través de sus caciques Rubén Miranda y Alejandro Bermejo.

Lejos de cualquier elucubración de estadistas mayores o menores, pues la intención no es comparar aunque ello aparezca inevitable, tal vez sea necesario subrayar algunos párrafos salientes del discurso de asunción de Obama. En el que no sólo se hace cargo de la existencia de una crisis, cuya responsabilidad en gran medida es del propio mercado idealizado por la sociedad estadounidense (“Nuestra economía está gravemente afectada, como consecuencia de la avaricia e irresponsabilidad de algunos, pero también por nuestro fracaso colectivo en tomar las decisiones difíciles y en preparar a la nación para una nueva era”), pero también de lo que el propio Estado no hizo.

Esa nueva era parece plantear, y sería bueno que nuestros dirigentes lo incorporaran, la finalidad última de la función pública, del servicio que implica y de la significación de gobernar, al margen de las ideologías. “La cuestión que ahora nos planteamos no es si nuestro gobierno es demasiado grande o demasiado pequeño, es saber si funciona, si ayuda a las familias a hallar trabajo y sueldos decentes, a tener cuidados médicos asequibles, y una jubilación digna”.

A los fascistoides y mano dura de su patria y del mundo, Obama les dijo que “nuestro poder es mayor cuanto más prudente es; que nuestra seguridad emana de la justeza de nuestra causa, de la fuerza de nuestro ejemplo, y de las cualidades de la humildad y la moderación”. Un aspecto que, sin ánimo de idealizar la figura de Obama, ni en nuestro país ni en la provincia podemos poner en la balanza de las virtudes republicanas.

Finalmente, el recientemente consignado por el consultor Rosendo Fraga como el presidente extranjero más popular en Argentina cerró diciendo que hay que cambiar, “porque el mundo ha cambiado y debemos cambiar con él”. La presidenta y el gobernador habrán seguramente escuchado sus palabras, y asentido con la cabeza, pero ¿serán conscientes del cambio y de lo que eso significa? O será, como el mismo Obama pregonó en campaña, que “parece que la historia ya ha sucedido más de una vez”.