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Notas

El Dakar, la nueva pasión de los argentinos

El editor de Deportes de nuestro diario cuenta, en primera persona, la experiencia de participar de la cobertura del rally más importante del mundo.

No sé como se vivirá en África, ni siquiera soy capaz de imaginarlo. El famoso rally Dakar era todo un misterio para mí, como para tantos otros; diría que como para la gran mayoría de los argentinos. Por eso, cuando se anunció que se iba a correr por estas tierras, honestamente no me generó demasiada expectativas. “Más trabajo”, fue lo que pensé inmediatamente, pero no mucho más.

No soy un gran amante de los fierros. Nunca entendí la locura que generan autos y motos dando vueltas en un circuito o a campo traviesa, como seguramente otros muchos no entenderán mi pasión por ver a 22 tipos corriendo detrás de una pelota.

Pero algo de eso cambió con el Dakar. No pienso levantarme a las 5 de la mañana para ver un Gran Premio de Fórmula 1, pero ahora sí alcanzo a comprender un poco más esa pasión tuerca característica de los argentinos.

Mi primer contacto con el rally fue a través de las noticias que llegaban desde Europa. Que los autos estaban listos, que los pilotos se entrenaban, que los equipos no paraban de estudiar el complicado terreno de Argentina y Chile.

Luego llegó a la Argentina y, ya en la presentación en el Obelisco, sentí mucho más entusiasmo e interés, como los cientos de miles de porteños que fueron, por gusto o curiosidad, a ver los monstruos que se animaban a cruzar por la pampa, la cordillera y el desierto.

Pero recién fui capaz de entender algo de lo que significa el Dakar cuando llegó a Mendoza. Fui uno de los enviados del diario a San Rafael, formando con otros compañeros “El equipo Dakar”, algo que ni siquiera se me hubiera ocurrido cuando arranqué en esta profesión, pero que lo voy a guardar como uno de los recuerdos más gratos.

En ese viaje al sur provincial me encontré con una pizca del sentimiento Dakar. Para eso me sirvió mucho las charlas con otros colegas, como Martín, un fanático tuerca que es capaz de calcular cuantos litros de combustible gasta un auto en el medio del desierto de Atacama, a 40 grados de calor y a 3.000 metros de altura. O con Diego, otro “loco” por los autos que vivió el Dakar como seguramente siempre lo soñó.

En San Rafael me encontré de todo. Estuve con gente como Beto y Daniela, de una amabilidad y hospitalidad increíble, que nos abrieron su casa para que laburáramos lo más cómodo posible. Me divertí con tipos como aquel encargado de cocinar casi 400 chivos en el bivouac, (palabra nueva para mí, pero clave en el diccionario “dakariano”) al que, como nunca nos acordamos de su nombre, lo bautizamos entre nosotros como “Cacho”. Tomé mates con señoras como Dora, a la que no le interesaba para nada el rally, pero estaba firme desde temprano junto a su esposo e hijos cerca del campamento para ver llegar o salir a los vehículos. Charlé con pibes como Cristian, que no se quiso perder nada, principalmente a los camiones, más allá del hartazgo de su padre, que ya no quería saber nada más con el Dakar.

Al otro día nos volvimos a Mendoza, previo paso por Pareditas. Con Nacho y Ricky, mis nuevos compañeros en la aventura, nos quedamos en el medio de la nada esperando ver pasar los autos y motos.

Lo primero fue buscar el lugar ideal para que el Nacho pudiera sacar las mejores fotos. Y, en esa búsqueda, nos encontramos con un grupo de sancarlinos que, con reposeras, sombrillas y varias heladeras de camping (con más botellas que comida), se preparaban para ver la caravana. Ofrecían desde mates, tortitas, gaseosas y hasta esa negra debilidad llamada fernet. Pero claro, como estábamos en horario de trabajo, no pudimos aceptarlo.

Desde el mediodía hasta las cuatro de la tarde estuvimos ahí para ver pasar a Marc Coma, el español que vuela en su moto. Pero antes fuimos y vinimos por la ruta 40 vieja, nos desorientamos y desorientamos a los que nos preguntaban por donde pasaba el rally; vimos al gobernador Celso Jaque sacándose fotos con los lugareños, antes de subirse a un helicóptero; comimos una pizza y esperamos a los autos y motos.

Cuando varios vehículos pasaron, decidimos pegar la vuelta. Y en ese regreso nos encontramos adelante con Orly Terranova y pudimos ver de cerca el gran recibimiento que muchos mendocinos le dieron a “su” piloto. Banderas argentinas, aplausos, gritos de apoyo y fotos se multiplicaron por miles. San Carlos y Tunuyán explotaron con mendocino, quien al pasar Zapata aceleró su BMW, y no la volví a ver.

Los días siguientes fueron de trabajo a full en el diario, sin la misma adrenalina, pero con grandes sorpresas, como la visita a la redacción de Nasser Al-Attiyah, ese simpático príncipe qatarí enamorado de Argentina, que ganaba el rally cuando se quedó fuera de competencia por un repuesto de 15 dólares.

Así fue mi experiencia en el Dakar. Insisto: no sé como se vivirá en África, pero ojalá vuelva a Mendoza.