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Notas
Carlos Ciurca, ese ministro que no puede irse de vacaciones
Hasta el gobernador Celso Jaque se tomó sus días de descanso, pero al ministro de Seguridad no le queda otra que quedarse en la trinchera, por la ola de crímenes y delitos de este enero. Los esfuerzos siguen siendo insuficientes y el Gobierno se concentra en el esclarecimiento de hechos. Pero la gran pregunta es: ¿Cómo hacemos para evitar que ocurran?
El tránsito veraniego en la Casa de Gobierno no se detiene. Algunos ministros se van de vacaciones, mientras otros llegan para reincorporarse al trabajo. El propio gobernador Celso Jaque emprendió su viaje hacia la Costa Atlántica el viernes. Pero tanto movimiento excluye por lo menos a una persona: Carlos Ciurca, el siempre atribulado ministro de Seguridad de la provincia.
El descanso anual no puede incluir a este funcionario, dueño del peor puesto que se pueda tener en el Estado mendocino en los últimos años. Y eso es todo un símbolo del estado de la cosas. La seguridad no mejora, a pesar del empeño de los “creativos” publicitarios y sus islas de la fantasía, donde la tranquilidad ciudadana y la mutua colaboración entre la Policía y los vecinos han bajado “60 por ciento el delito”, como decían los spots sobre el barrio Los Olivos de Luján que ya no están en el aire. Que no se pueden poner más en la tele.
El trajín del ministro de Seguridad por estas horas alcanza para contradecir la trampa mediática de la campaña “Mendoza en marcha”. Ciurca se va a quedar trabajando por lo menos todo lo que queda de enero en el ministerio de calle Salta, según se confirmó oficialmente. O más precisamente, lo va a pasar arriba de los móviles policiales, acompañando a los policías de Inteligencia en la búsqueda de pruebas que los acerquen a los culpables de tanto crimen aberrante; o yendo a atender los reclamos vecinales, esas asambleas espontáneas que se arman en las esquinas cada tanto, por hastío frente a la violencia o el delito.
Ciurca no ha tenido respiro porque enero de 2009 se perfila como uno de los meses más violentos que se recuerden. Las víctimas fatales van camino de marcar otro triste record de inseguridad. Y lo peor de todo es que la primera quincena de enero ha sido también un muestrario de crímenes perversos e inexplicables, contra los cuales parece difícil luchar sólo desde la política.
Y esto no significa que la gestión del gobierno en seguridad sea buena. Pero no se le puede reprochar todo al Gobierno. La proliferación de mentes enfermas y la desvalorización de las vidas humanas, incluso en la edad infantil, son problemas sociales. Karmas de las “grandes ciudades” y de Mendoza también.
Los hechos que ocurrieron en los últimos días parecen un continuado de películas de terror: el hombre araña que se metió a un departamento para violar y matar a su víctima en el Parque Central; el niño de 14 años que liquidó de un escopetazo a su amigo de 13; el peluquero gay asesinado de un tiro en la frente en Guaymallén por un amante que también decidió robarle; un asesinato entre hermanos; la paliza a la salida de un boliche de Tunuyán que dejó un muerto en la calle; y hasta el justiciero de Rodeo del Medio, que persiguió a unos ladrones que le habían robado y mató a uno a tiros…
La miseria humana y las reacciones violentas acosan desde los crecientes índices del delito a un ministro que, además, no tiene la capacidad de algunos antecesores suyos, como Leopoldo Orquín. El gordo Orquín estaba bien dotado para los discursos y era capaz de abrir polémicas en los medios para descomprimir la presión sobre su ministerio por la inseguridad. Solía repetir, ante cada delito aberrante, que el área de Seguridad del Gobierno está obligada a atajar los penales de otro partido.
La respuesta de Ciurca es, en cambio, acudir en el acto a la escena del crimen, ayudar a levantar los cadáveres, consolar a las familias que perdieron a un ser querido, quizás dejarse solapear por los allegados a la víctima en un trance de dolor y después…tratar de encontrar a los malhechores.
Si bien Ciurca no tiene razones para festejar casi nada (ni siquiera la labor heroica de la Patrulla de Rescate del cerro Aconcagua, donde las víctimas fatales siguen creciendo a pesar de este trabajo valioso), en su ministerio aducen por estas horas que al menos un par de los hechos recientes están muy cerca del esclarecimiento.
Los colaboradores del ministro dicen que habría huellas incriminatorias que conducirían a la resolución del más impactante de todos los homicidios de este mes caliente: la violación seguida de muerte de la mujer de las torres del Parque Central.
Indudablemente es un aliciente que los culpables de los crímenes paguen. Ciurca ha hecho esfuerzos para solucionar esta pata del problema de la seguridad en Mendoza. Es todo lo que tiene para mostrar en jornadas marcadas por la tragedia.
Sin embargo, no alcanza. La crisis de la seguridad, si alguna vez le encuentran la vuelta, recién llegará a su fin cuando los hechos no se produzcan y cuando los sistemas de prevención del Estado alcancen para desterrar el peligro y evitar el peor final.
La tarea abarca necesariamente a la organización ciudadana, una forma de dar pelea contra la inseguridad en la que ningún funcionario ha puesto demasiados esfuerzos en los últimos años.
Algunos lugares de la Capital, como las torres de Pellegrini y Patricias (donde esta semana atacó el “hombre araña”), o las de Siria y San Juan (donde por fortuna no se han producido últimamente hechos tan terribles), son verdaderas ciudades en sí mismas, superpobladas, abiertas y muy difíciles de controlar para las fuerzas de seguridad. La defensa mutua entre los vecinos puede aportar en estos lugares la cuota de seguridad perdida. Y hasta quizás evitar que alguien muera. Independientemente de lo que haga el Estado y aun a pesar suyo.
Que todos estemos más atentos a la vida del otro puede ser la solución ante tanto fracaso estructural del sistema de seguridad de los gobiernos mendocinos, con decenas de planes mal hechos o insuficientes que hubo que tirar. Hasta llegar a hoy, donde la palabra “plan de seguridad” directamente fue retirada del léxico de los políticos de turno.
Más de un motivo o estímulo tiene la gente en estos días para aislarse y cultivar el individualismo. Pero viviendo de ese modo, muchos mendocinos podrían estar condenados a ponerle todos los días una vela a ese ministro sacrificado, que no se toma vacaciones, pero no le alcanza. O a conformarse con que la Policía encierre rápido a ese tipo raro y desviado que decidió quitarle la vida a la vecina más querida del edificio.
Los hechos que ocurrieron en los últimos días parecen un continuado de películas de terror: el hombre araña que se metió a un departamento para violar y matar a su víctima en el Parque Central; el niño de 14 años que liquidó de un escopetazo a su amigo de 13; el peluquero gay asesinado de un tiro en la frente en Guaymallén por un amante que también decidió robarle; un asesinato entre hermanos; la paliza a la salida de un boliche de Tunuyán que dejó un muerto en la calle; y hasta el justiciero de Rodeo del Medio, que persiguió a unos ladrones que le habían robado y mató a uno a tiros…
La miseria humana y las reacciones violentas acosan desde los crecientes índices del delito a un ministro que, además, no tiene la capacidad de algunos antecesores suyos, como Leopoldo Orquín. El gordo Orquín estaba bien dotado para los discursos y era capaz de abrir polémicas en los medios para descomprimir la presión sobre su ministerio por la inseguridad. Solía repetir, ante cada delito aberrante, que el área de Seguridad del Gobierno está obligada a atajar los penales de otro partido.
La respuesta de Ciurca es, en cambio, acudir en el acto a la escena del crimen, ayudar a levantar los cadáveres, consolar a las familias que perdieron a un ser querido, quizás dejarse solapear por los allegados a la víctima en un trance de dolor y después…tratar de encontrar a los malhechores.
Si bien Ciurca no tiene razones para festejar casi nada (ni siquiera la labor heroica de la Patrulla de Rescate del cerro Aconcagua, donde las víctimas fatales siguen creciendo a pesar de este trabajo valioso), en su ministerio aducen por estas horas que al menos un par de los hechos recientes están muy cerca del esclarecimiento.
Los colaboradores del ministro dicen que habría huellas incriminatorias que conducirían a la resolución del más impactante de todos los homicidios de este mes caliente: la violación seguida de muerte de la mujer de las torres del Parque Central.
Indudablemente es un aliciente que los culpables de los crímenes paguen. Ciurca ha hecho esfuerzos para solucionar esta pata del problema de la seguridad en Mendoza. Es todo lo que tiene para mostrar en jornadas marcadas por la tragedia.
Sin embargo, no alcanza. La crisis de la seguridad, si alguna vez le encuentran la vuelta, recién llegará a su fin cuando los hechos no se produzcan y cuando los sistemas de prevención del Estado alcancen para desterrar el peligro y evitar el peor final.
La tarea abarca necesariamente a la organización ciudadana, una forma de dar pelea contra la inseguridad en la que ningún funcionario ha puesto demasiados esfuerzos en los últimos años.
Algunos lugares de la Capital, como las torres de Pellegrini y Patricias (donde esta semana atacó el “hombre araña”), o las de Siria y San Juan (donde por fortuna no se han producido últimamente hechos tan terribles), son verdaderas ciudades en sí mismas, superpobladas, abiertas y muy difíciles de controlar para las fuerzas de seguridad. La defensa mutua entre los vecinos puede aportar en estos lugares la cuota de seguridad perdida. Y hasta quizás evitar que alguien muera. Independientemente de lo que haga el Estado y aun a pesar suyo.
Que todos estemos más atentos a la vida del otro puede ser la solución ante tanto fracaso estructural del sistema de seguridad de los gobiernos mendocinos, con decenas de planes mal hechos o insuficientes que hubo que tirar. Hasta llegar a hoy, donde la palabra “plan de seguridad” directamente fue retirada del léxico de los políticos de turno.
Más de un motivo o estímulo tiene la gente en estos días para aislarse y cultivar el individualismo. Pero viviendo de ese modo, muchos mendocinos podrían estar condenados a ponerle todos los días una vela a ese ministro sacrificado, que no se toma vacaciones, pero no le alcanza. O a conformarse con que la Policía encierre rápido a ese tipo raro y desviado que decidió quitarle la vida a la vecina más querida del edificio.