Notas
Entre la bronca y la ignorancia
Frente a hechos trágicos, la respuesta de mucha gente es echarle la culpa a "los Derechos Humanos". Es interesante conocer cuánto conocen quienes enarbolan la remanida frase del verdadero significado de los 30 artículos de la Declaración Universal firmada por los países en 1948.
Suele ocurrir que, frente a situaciones de crisis, los sectores reaccionarios y fundamentalistas que se manifiestan partidarios de la mano dura o que simpatizan con los regímenes totalitarios, aprovechan para personificar el concepto de Derechos Humanos como el responsable de todos los males de la sociedad. Para peor, se trata de una idea que prende y se reproduce con facilidad entre la masa popular cuando cunde el pánico y se genera la incertidumbre de no encontrar una salida racional.
Pero sería interesante saber cuántas personas que critican a los “derechos humanos” saben realmente lo que esto significa. Es una constante escuchar objeciones en este sentido cuando sucede un hecho de violencia: las madres de presos asesinados dicen que no hubo derechos humanos y los familiares de una víctima de delito sostienen que los derechos humanos son sólo para delincuentes. A pesar de estar en polos opuestos, comparten un mismo reclamo.
El problema, sin dudas, es de comunicación e imagen. Para el imaginario popular, los Derechos Humanos no son más que una agrupación de abogados que visten de negro, usan maletines y están siempre dispuestos a hacer denuncias contra el Estado.
Sin embargo, la concepción va más allá de las caras de quienes se autoproclaman representantes de los organismos de Derechos Humanos. Porque en este punto, también es necesaria una cuota de sinceridad para reconocer que muchos, en nombre de estas instituciones, encontraron la veta lucrativa.
Esa mala imagen hizo que, sin saberlo, la gente repudie sus derechos más preciados. Que ante la falta de respuestas políticas se crea que la solución es violentar su estilo de vida y en poner en riesgo las garantías para poder acceder a una mejor salud, una mejor educación y una mejor seguridad. Ese es el error que hace fuerte a las minorías que juegan con las debilidades del pueblo y buscan conquistar un poder ilegítimo.
Tal vez, y si acaso hiciera falta repudiar algunas actitudes, sería interesante que, bajo ningún punto de vista, se mezclaran las ideas y se pusiera en duda el valor de vivir en libertad.
La defensa de los Derechos Humanos tiene que ver con el respeto; a los demás, a las instituciones, a las autoridades. Es una forma de garantizar que, aún aquellos que están a favor de pena de muerte, de la tortura y de coartar la libertad de quienes piensan o actúan diferente, puedan tener un lugar para expresarse; siempre y cuando no lo hagan por medio de una acción delictiva.
De acuerdo con la Declaración Universal de los Derechos Humanos, del 10 de diciembre de 1948, se considera que toda persona tiene derecho a vivir en libertad, con justicia y en paz. A partir de ese principio, cualquier crítica resulta absurda.
Son sólo 30 artículos; los suficientes para establecer el marco ideal de referencia de toda sociedad. Allí se garantiza que, por ejemplo, un adolescente pueda caminar tranquilo por la calle sin correr el riesgo de que un policía lo tilde de “sospechoso” y lo detenga por averiguación de antecedentes.
En ese escrito está la base y el punto de partida de una sociedad que busca convivencia civilizada. Es la diferencia entre un modelo anárquico o autoritario y la posibilidad de vivir con instituciones elegidas por el pueblo y que representen al pueblo.
Es la oportunidad para que todos, absolutamente todos, puedan acceder a un juicio justo y a ser inocente hasta que se demuestre lo contrario. Si no estuviese planteado de esta manera, yo, vos, tú, él, nosotros, vosotros y ellos podrían convertirse en víctimas de denuncias sin fundamentos, sin pruebas; y sufrir condenas dictadas por quienes pretenden imponer a la fuerza cómo se debe vivir, actuar, pensar y opinar.
Tal vez, y si acaso hiciera falta repudiar algunas actitudes, sería interesante que, bajo ningún punto de vista, se mezclaran las ideas y se pusiera en duda el valor de vivir en libertad.
La defensa de los Derechos Humanos tiene que ver con el respeto; a los demás, a las instituciones, a las autoridades. Es una forma de garantizar que, aún aquellos que están a favor de pena de muerte, de la tortura y de coartar la libertad de quienes piensan o actúan diferente, puedan tener un lugar para expresarse; siempre y cuando no lo hagan por medio de una acción delictiva.
De acuerdo con la Declaración Universal de los Derechos Humanos, del 10 de diciembre de 1948, se considera que toda persona tiene derecho a vivir en libertad, con justicia y en paz. A partir de ese principio, cualquier crítica resulta absurda.
Son sólo 30 artículos; los suficientes para establecer el marco ideal de referencia de toda sociedad. Allí se garantiza que, por ejemplo, un adolescente pueda caminar tranquilo por la calle sin correr el riesgo de que un policía lo tilde de “sospechoso” y lo detenga por averiguación de antecedentes.
En ese escrito está la base y el punto de partida de una sociedad que busca convivencia civilizada. Es la diferencia entre un modelo anárquico o autoritario y la posibilidad de vivir con instituciones elegidas por el pueblo y que representen al pueblo.
Es la oportunidad para que todos, absolutamente todos, puedan acceder a un juicio justo y a ser inocente hasta que se demuestre lo contrario. Si no estuviese planteado de esta manera, yo, vos, tú, él, nosotros, vosotros y ellos podrían convertirse en víctimas de denuncias sin fundamentos, sin pruebas; y sufrir condenas dictadas por quienes pretenden imponer a la fuerza cómo se debe vivir, actuar, pensar y opinar.