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Notas

Cristina, Cobos y vos

En un año de gobierno, muchas cosas cambiaron no sólo entre la presidenta y su vice, sino también entre la Nación y Mendoza. Pese a que se preveía que la provincia viviría en una panacea política de la mano de sus principales actores, nada ayudó a que la situación del “vos” del slogan, el mendocino medio, esté mejor que antes.
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Hace un año, la fórmula presidencial ya electa, se preparaba para asumir los destinos del país. Había en su presencia pública un gesto forzado, una tensión latente que se disimulaba con las sonrisas de ocasión que supone toda actividad proselitista.

Cualquier observador sabía o era capaz de imaginar que esa dupla tenía un ideólogo llamado Néstor, y que más allá de las declaraciones de rigor, Cristina Kirchner y Julio Cobos casi ni se habían cruzado en los actos preelectorales. Es más, casi ni se conocían, ni habían hablado entre ellos.

La excusa de la distancia era la complementación y división de tareas, la coordinación de agendas con sus anteriores responsabilidades públicas y la clara expresión del trabajo en equipo ya desde el fragor de campaña. Sin embargo, se palpaba que mucha onda, no había.

El tiempo hizo lo suyo, la realidad mostró sus garras y lo que parecía un tránsito asfaltado hacia el paraíso se convirtió en un pedregoso y estrecho sendero. La crisis del campo fue el detonante de un distanciamiento cada vez más profundo, en el que cada uno optó por posturas disímiles. Cristina, librando una guerra santa que no distinguía entre ángeles y herejes; Cobos, olfateando que la postura oficial no le cerraba a amplias franjas no necesariamente –como leyó el Gobierno- identificadas con clases o partidos.

El resto, pese a lo incomprensible, es historia conocida. Salvo la escasa voluntad que los mismos actores parecen haber puesto en reencauzar la situación. Hace días, en el videochat de MDZ, el diputado nacional mendocino Enrique Thomas, contó a modo de anécdota que en algún momento, inquirió a un alto funcionario sobre si “había alguien intentando recomponer las cosas entre Cristina y Cobos”. Su asombro fue mayúsculo cuando ese hombre muy cercano al poder presidencial le respondió: “Nadie”.

La historia viene a cuento por el alcance simbólico que posee. En términos generales se busca recomponer aquello que interesa, que importa, eso que mueve una pulsión profunda, un deseo, dirían los psicólogos. Si esto no existe, aparece –como contracara- la desidia, el abandono.

A Cristina nunca le interesó demasiado que Cobos fuera parte de su fórmula. Es más, dudamos de su convicción política en la construcción de una alternativa superadora de los partidos tradicionales como alguna vez se presentó a la Concertación, la creación exquisita de la llamada “transversalidad”. A Cobos siempre le pesó su actitud culposa de dejar de lado su partido de origen y embarcarse en el proyecto kirchnerista, que para su martirio, ha cumplido paso por paso, casi todas las deformaciones y advertencias que sus correligionarios les dijeron que sucederían.

Así las cosas, Néstor Kirchner profundizó la herida al ventilar públicamente que su mujer todos los días le reprocha el vicepresidente que “me pusiste”, e instó al peronismo mendocino a vencerlo en las próximas elecciones. Cobos arma sin demasiada claridad ideológica (¡que antigüedad!) una estructura que todavía no se sabe si será una línea interna de la UCR o un partido con entidad propia. En el medio, chicanas gubernamentales, zancadillas, picardías y reuniones secretas para un acuerdo que deposite –definitivamente- a Cobos (o a su gente) del otro lado de la raya.

Sin embargo, el ajedrez entre la presidenta y el vice no hace más que mostrar con ferocidad y con la inestimable contribución de los involucrados y los partidos, el índice de degradación de la política argentina. Un experimental y profundo traspié que a un año de andar demostró que privilegió meramente lo electoral, con escasa altura dirigencial y sin atender al delicado equilibrio institucional que en cada declaración o acto público parece quedar definitivamente roto.

Pero no todo acaba ahí. Mendoza, que un año atrás pareció ser la nueva niña mimada del poder, al tener un vicepresidente y un gobernador absolutamente consustanciados con el proyecto de gobierno, ha seguido naufragando en la intrascendencia. Claramente en este tiempo la provincia no ha sido ni la nueva Santa Cruz ni la antigua La Rioja, estados que pese a los vicios de sus posicionamientos, lograron sacar máximo provecho de la coyuntura y del origen de los funcionarios de turno.

En primer lugar porque nunca logró incidir en las decisiones de peso, ni obtener beneficios adicionales por fuera de los que se establecieron para el resto de las provincias, aún en peores condiciones. La sumisión parece ser la única opción aceptada en la Rosada, y Celso Jaque juega entonces así, convencido ese juego.

También, porque durante este tiempo la tremenda batalla de celos entre el gobernador y Julio Cobos ha marcado los tiempos de una relación que debió ser mucho más política, y por ende más institucional, y así, mucho más fructífera para Mendoza. Portezuelo del Viento, la prenda de unidad con la que Cobos y Kirchner, Mendoza y la Nación, intentaron sellar un compromiso de reparación por antiguas discriminaciones, es todavía una promesa cada vez más lejana.

Ni hablar de los perjuicios que se generan (y se seguirán generando) en la asignación de la pauta presupuestaria nacional, la coparticipación, las regalías petrolíferas y el reciente y frustrado proyecto para que los ingresos de la ley del cheque lleguen a las provincias, lo que se traduce en menos recursos para las necesidades de los mendocinos. Una responsabilidad no sólo achacable a Cobos y a Jaque, sino también a nuestros legisladores nacionales que han sido seducidos por el poder central, al intercambiar su proclamado e ingenuo federalismo por los mimos masoquistas que les brinda el kirchnerismo.

Como se ve, y de cara al futuro, Cristina parece dispuesta a seguir confundiendo liderar con amonestar, mientras Cobos se enreda al creer que el consenso va de la mano de las indefiniciones. Ellos siguen y seguirán en el candelero por más que sus caminos parezcan irremediablemente disímiles, y la banquina se pueble cada vez más de mendocinos como vos, esperando como en la canción, al menos  “un tren que los lleve a cualquier parte”.