Notas
(¡ojo vincular a cuanto vale un pobre...) Enfoque: Y entonces, ¿por qué la gente no sale a reclamar?
La vida de las personas y el imaginario popular se nutren no sólo de las cifras del Indec. Menos aun si se trata de la existencia de una persona que vive en la pobreza o en su extremo más injusto, la indigencia.
El ser se ha trastocado con el tener. Pero no con cualquier posesión: una serie de elementos simbólicos elevan o disminuyen un nuevo indicador de pertenencia social que no sabe de Moreno, pero que, seguramente, quienes manejan la imagen del gobierno conocen al pié de la letra y saben explotar a su favor.
Osvaldo, Yanina y sus cinco hijos, el Johny, Marianela, Isaías, Kevin y Osvaldito, el recién nacido, aseguran ser “de clase media”.
Él hace trabajos de albañilería y ella colabora planchando para afuera. Viven en un barrio esteriotipado como “zona roja” del Gran Mendoza. “Tenemos televisor, nos compramos un equipo de música nueva y vemos los partidos por Directv; hemos puesto el contrapiso y ya tenemos colchones para todos”, aseguran y por eso sienten “que hemos avanzado muchísimo desde que nos casamos”.
Con uñas y dientes, se niegan a autodenominarse pobres, más allá de que ni aún con los precios oficiales del Indec alcanzan a la más básica canasta para ingresar al mundo de los incluidos.
Si no se tiene conciencia del desplante del Estado para con uno mismo, jamás podrá esperarse una reacción en contra, un reclamo, un pedido de reivindicación siquiera.
“Les falta conciencia de clase”, analizaría rápidamente algún sociólogo marxista. “Son argentinos promedio y, para peor, mendocinos vergonzantes”, diría un análisis más cercano a lo que ocurre.
Es que a lo largo de los años ser pobre fue identificado con “ser delincuente”. Y el drama de permanecer excluidos de la sociedad fue interpretado con un espíritu imperativo: “exclúyanlos”.
El imaginario hace el resto con tal de garantizar la supervivencia en esta selva urbana en la que vivimos todos.