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Notas

La Jaula y la libertad


Hace un tiempo visité el paraje La Jaula. Asistí a una de las reuniones en las que la “pareja didáctica” o, en criollo, el matrimonio de docentes que conduce la escuela, logra reunir a los padres de los alrededor de 40 alumnos que tiene la escuela.

Pocos se imaginan los tesoros que Mendoza guarda en rincones de su geografía como éste.

Encontré allí seres humanos en estado puro.

Cabe señalar algunos datos para lograr una composición de lugar: para llegar, tuvimos que hacerlo en un vehículo especial. Traspusimos cuatro cañones antes de ver el cartel que denunciaba que ya estábamos en el Paraje La Jaula y fuimos recibidos por un paisaje arrollador en la esquina que conforma el río Diamante con la cordillera y que hace limitar a este lugar cuyo único edificio es la escuela, con Chile y Malargüe.

Los padres debieron viajar, en algunos casos, durante dos días para llegar, montados en sus caballos.

Es que la mayoría de los chicos provienen de puestos ubicados hasta a 25 kilómetros de distancia.

“Mi hija no quiere volver más al puesto; le gusta el baño que hay aquí”, se quejó, entredientes, un joven que aparentaba siglos, curtido y vestido impecablemente con ropa de trabajo”.

“Este es uno de los problemas que tenemos para que los padres entiendan que los chicos tienen que venir a la escuela; lo ven, a veces, como si se los estuviéramos quitando”, nos contó la maestra en el difícil momento del enfrentamiento, cara a cara, entre dos mundos, dos realidades diferentes.

Se me ocurrió entonces, al presenciar tamaña magnitud del amor filial, que los padres y las madres son padres y madres en Nueva York, Mendoza o La Jaula.

Por eso se negaban a que trasladaran la escuela a la localidad cercana de Pareditas: “Allá pasan cosas terribles”, murmuró una madre, presintiendo que las luces de una ciudad podrían arruinar su vida y la de su hijo; o bien cambiarlas para siempre, cosa que suena, en este caso, a lo mismo que la ruina.

Creí, después de aquella experiencia –y lo sigo pensando, sin resolverlo aun- que es imposible reconciliar ambos mundos.

Y a la vez valoré a unos y otros en esta negociación por el futuro: a los padres y a los docentes.

Envidié a los chicos por ser tan queridos.