Notas
Taxi Driver
Travis Bickle: ¿Eh? ¿Eh?
[Desenfunda]
Travis Bickle: Más rápido que tú, hijo de perra… ¿Qué te has fijado? Te he visto venir, ¡borde! ¡Cagón!
[La guarda]
Travis Bickle: Bueno, aquí estoy, anda… ¡Atrévete!. Empieza tú. ¡Atácame!
[Desenfunda]
Travis Bickle: Ni lo intentes, cabronazo.
[Guarda el arma]
Travis Bickle: ¿Hablas conmigo? ¿Me lo dices a mí? Dime, ¿es a mí? Entonces… ¿a quién demonios le hablas si no es a mí? Aquí no hay nadie más que yo. ¿Con quién puñeta crees que estás hablando? ¿Ah sí? ¿Eh? Muy bien…
(Diálogo frente al espejo del personaje Travis Bickle, interpretado por Robert De Niro, en “Taxi Driver” de Martin Scorsese -1976)
No podría negar bajo ningún punto de vista que anoche, el escozor y la impavidez se apoderaron de mí en los 25 minutos que viajé en el taxi. Primero, porque uno ya sube a los coches pensando que es un sospechoso para el conductor. Luego, porque en el trayecto, cualquier movimiento que uno haga, predispone a la paranoia de propios y extraños, genera dudas. Si llevamos un bolso o una valija, o si cambiamos los brazos de posición, cunde cierto temor por la estocada. ¿En qué momento el tipo llama a la policía porque cree que lo vamos a asaltar?. Es una cavilación constante en el traslado.
Paré con una seña el taxi en Rioja y Catamarca. Una flamante Meriva, libre.
-“Buenas noches”, le dije a nuestro Travis Bickle local. “pegále derecho por la panamericana y frente al Desert Pub, tenés que entrar por el asfalto y de ahí, cinco kilómetros hacia la montaña”.
-“Como no”, respondió.
Me gusta conversar con los tacheros, nunca leo o hablo por teléfono. La sabiduría del taxista es única, un ojo privilegiado que flirtea y digita el zoom sobre la fauna que emerge de las alcantarillas de la ciudad cuando muere el sol. Son tipos con historias, en varias de las cuales fueron protagonistas de acontecimientos insólitos. Ello los lleva a realizar generalizaciones basadas en casos. En fin, el taxi puede que sea el confesionario ambulante entre el hormigueo urbano.
Siempre pregunto como anda el laburo por estos días, si el trabajo ha mermado y esas cosas. No sé, desde el vamos mi pregunta presupone que ha mermado, a la vez que ejerce un atractivo gancho solidario para con el señor del volante. Es una forma de entrar en confianza, hablar de los males que nos aquejan con la gente que uno no conoce. La sensación de anonimato en el viaje puede confesar hasta un crimen o un engaño amoroso, un amor no correspondido, una pena inmensa.
No tenía un peso en el bolsillo, no obstante, mi cuenta en el cajero me tenía reservado 80 mangos para este tipo de circunstancias. Me sentí seguro y subí al auto convencido.
-“Paremos en el cajero de Palmares” dije.
-“Bueno” contestó Pedro.
Si bien el camino sería largo y el destino peligroso para el tipo, no fue para nada despreciable un laburo de 34 pesos.
No sé como carajo empezamos a parlamentar de la inseguridad. ¿De qué otra cosa podríamos hablar con un taxista a las once de la noche?.
-“El otro día, a un compañero lo puntearon cinco veces y se salvó de pedo” dijo Pedro consternado. “todo por 70 pesos”. “lo peor fue que iban dos pendejos adolescentes con una mujer, ¡y la mina che! le decía a uno de ellos, al que tenía un arma, que le quemara la cabeza de un tiro, cuando ya se encontraban fuera del auto y mi compañero sangraba”.
La escala en el cajero no admitió problemas y fue expeditiva. Tenía el dinero en mis manos. Volví al coche con serenidad.
Para Pedro, las mujeres son mas frías que los hombres a la hora de asaltar.
-“¿Sabés que a mí me asaltó una mina con dos niñitos?, la levanté en el Wall Mart y a mitad de camino me sacó el chumbo”, “¡dáme la guita y no hagás bardo con los niños que te meto un balazo en la nuca!” cuenta Pedro que le bravuconeó la mujer.
-“Son peores las minas, no necesitan drogarse para chorear, son más frías que los hombres”, repite.
-Claro -asentí- los hombres necesitan estar más puestos con algo para animarse.
Mi aseveración significó un click en el relato de Pedro. Pasó de hablar de los “otros” a contarme su cadalso, en el que estuvo por años.
-“Y sí, que se yo… la droga es terrible. Yo estuve 7 años con la cocaína y anduve en la peor, laburaba de noche y desde que probé esa mierda, me cagué la vida. Me separé de mi primera mujer y de la segunda. Además tengo un hermano preso hace once años y a mi cuñado lo metieron en cana hace 7, todo por la merca y el choreo. Un día dije basta”.
- Y… laburar de noche es duro –completé.
-“Es una tentación, si te metes en la fulera, te sobran minas y joda, pero perdés todo”
-¿Como hiciste para cortar con el tema?, -pregunté, en absoluta confianza-
“Cuando me internaron, por la mezcla. Me tomaba de a un gramo por saque, y en la mañana, para bajar, una caja de vino con ansiolíticos. Llegó un día que exploté y casi me muero”.
-Ahh… (no me salió otra expresión)
-“Es que yo andaba en la brava, me tiroteaba con la policía y esas cosas. Ahora, gracias a dios lo puedo contar, pero ya estoy limpito. La ultima vez que tomé, de boludo nomás, fue en la casa de mi vieja una tarde que abrimos una sidra, hace como dos años. Me comí un pollo con mi vieja, y a la hora, se me tapó la respiración, pero hacía mucho que no tomaba. Además mi nueva jermu, con la que tengo un bebé de meses, me vigila un montón”.
Lancé algunos comentarios, para no quedar como un buchón que solo registra lo que escucha. Intenté “naturalizar” la charla, desdramatizarla con un ida y vuelta.
Sobre el final del viaje me relajé. Pedro, no venía de la guerra de Vietman como el personaje de De Niro en Taxi Driver, aunque sí de una dura batalla, la de los que pretenden sobrevivir a la muerte social.
Llegamos a destino y percibí que para Pedro fue un viaje reconfortante. Las estrellas nos cubrían en la inmensidad del campo. El silencio, aturdía.
-“Mirá cumpa, te dejo el teléfono, está en esta tarjetita, cualquier cosa llamáme si necesitás un viaje”.
-Ok Pedro, gracias. ¿Cuánto es?
-“34 nomás”
Cerré la puerta. A mis espaldas escuché la bocina del saludo final.