La trampa de Tucídides: por qué Trump bajó el tono con China y qué hay detrás de su acercamiento a Xi Jinping
La recepción de Trump a Xi Jinping abrió interrogantes sobre la rivalidad entre potencias. Alejandro Corbacho y Jorge Malena analizan qué hay detrás del giro.
El presidente de China, Xi Jinping, saluda a su homólogo estadounidense, Donald Trump, en presencia de sus esposas este pasado viernes en Estados Unidos.
EFELa fastuosa recepción de Donald Trump a Xi Jinping en Washington el jueves pasado dejó una imagen que contrasta con la guerra comercial desatada por el mismo mandatario entre Estados Unidos y China. Pero detrás de los honores, los gestos diplomáticos y las conversaciones sobre aranceles aparece un interrogante mucho más profundo: ¿pueden dos superpotencias competir por el liderazgo mundial sin terminar en una guerra?
La pregunta remite a la llamada trampa de Tucídides, un concepto que permite analizar las tensiones entre una potencia dominante y otra que busca disputarle su lugar. La referencia, mencionada por Xi Jinping en reiteradas ocasiones, ayuda a interpretar el alcance de una cumbre en la que Trump eligió moderar su discurso hacia Pekín sin que desaparecieran las diferencias estratégicas.
Para Alejandro Corbacho, director del Observatorio de Seguridad y Defensa de la UCEMA, los gestos del presidente estadounidense pueden interpretarse como un intento de reducir las tensiones y evitar que la competencia entre ambas potencias alcance un punto de difícil retorno. El especialista advierte, sin embargo, que la disputa ya no se limita al comercio, sino que además están los desafíos que plantea la inteligencia artificial y la búsqueda de ventajas tecnológicas para la estabilidad internacional.
Qué es la trampa de Tucídides y por qué preocupa a Estados Unidos y China
La trampa de Tucídides describe una dinámica de las relaciones internacionales en la que el ascenso de una potencia genera temor en otra que ocupa una posición dominante. Esa combinación de ambición, desconfianza y competencia puede aumentar el riesgo de un enfrentamiento, incluso cuando ninguno de los protagonistas lo busca deliberadamente.
Corbacho explica que el concepto fue retomado por el politólogo Graham Allison para estudiar situaciones históricas en las que una potencia emergente desafió el orden establecido. Según el análisis citado por el especialista, en una mayoría de los 16 casos examinados, la competencia terminó desembocando en una guerra.
Entre los antecedentes aparece la rivalidad entre el Imperio alemán y el Reino Unido, que formó parte de las tensiones internacionales previas a la Primera Guerra Mundial. Pero también existen ejemplos de transiciones que no desembocaron en un enfrentamiento directo, como el desplazamiento progresivo de Gran Bretaña por Estados Unidos como principal potencia mundial.
La cuestión, sostiene Corbacho, es que las rivalidades entre grandes potencias tienden a generar una dinámica de tensión que puede favorecer la confrontación por encima de la cooperación. Sin embargo, eso no significa que una guerra entre Washington y Pekín sea inevitable.
Hay una diferencia fundamental respecto de buena parte de los antecedentes históricos: Estados Unidos y China son potencias nucleares. Siguiendo al especialista, las armas nucleares introducen un factor de disuasión que condiciona las decisiones de sus dirigentes. Una confrontación directa podría alcanzar consecuencias tan destructivas que ambas partes tienen incentivos para evitar una escalada militar.
En ese contexto, la trampa de Tucídides no debe entenderse como una sentencia sobre el futuro, sino como una advertencia acerca de los riesgos que aparecen cuando dos Estados interpretan los movimientos del otro como amenazas a su propia seguridad.
Por qué Donald Trump bajó el tono de la guerra comercial con China
Trump recibió personalmente al mandatario chino a los pies de la escalera del avión en la base Andrews en las afueras de Washington y la imagen eclipsó la Asamblea General de la ONU que ocurría en simultáneo. La agenda continuó con una reunión en la Casa Blanca, una exhibición militar que incluyó un bombardero B-2 y cuatro cazas F-22, y una cena de Estado en el Salón Este.
El encuentro fue la primera visita de Estado de un mandatario chino a la Casa Blanca desde que Barack Obama recibió a Xi en 2015. En las conversaciones aparecieron la tregua arancelaria, la guerra de Irán, Taiwán y la inteligencia artificial.
Para Corbacho, la decisión del republicano de reducir la confrontación discursiva es una señal que merece atención. El analista considera que el presidente estadounidense buscó acercarse a su par chino y abrir una instancia de negociación que permita contener las tensiones.
“Trump lo que hizo fue bajar un cambio”, señaló Corbacho a MDZ. En su interpretación, los gestos y las palabras del mandatario estadounidense muestran una disposición a negociar para impedir que la rivalidad escale.
El Doctor Jorge Malena, director del Comité de Asuntos Asiáticos del Consejo Argentino para las Relaciones Internacionales (CARI), comparte esa visión aunque pone mayor énfasis en las razones económicas y geopolíticas que podrían explicar el cambio.
"En China perciben que están en paridad estratégica con Estados Unidos y que hay espacio para el diálogo; antes percibían que Estados Unidos era abiertamente hostil y no dispuesto al diálogo", explicó Malena.
Según el especialista, la recepción ofrecida a Xi responde a una combinación de pragmatismo económico, la relación personal entre ambos mandatarios y las circunstancias internacionales que enfrenta Washington.
"Ambas superpotencias, pese a sus profundas diferencias, prefieren gestionar la estabilidad económica global antes que desatar una guerra arancelaria descontrolada", sostuvo.
Malena también identifica otro factor: las tensiones vinculadas con Irán y el descontento interno que, según su análisis, enfrenta la administración estadounidense. En esas condiciones, abrir simultáneamente un frente de confrontación total con China supondría mayores dificultades para Washington.
"Buscar una distensión con Pekín le permite concentrar sus esfuerzos diplomáticos y militares en otros puntos críticos", afirmó.
La inteligencia artificial, el nuevo terreno de disputa entre las superpotencias
La guerra comercial es apenas una dimensión de la rivalidad entre Estados Unidos y China. Para Corbacho, uno de los mayores desafíos está en la competencia por la inteligencia artificial, una tecnología que podría modificar el equilibrio de poder mundial.
El especialista advierte sobre el llamado dilema de seguridad. Es decir, cuando un país fortalece sus capacidades, el otro puede interpretarlo como una amenaza y responder de la misma manera, alimentando una escalada de desconfianza.
"Ningún país, ningún gobierno, se quiere bajar de la competencia por la inteligencia artificial, porque si vos te bajás el otro va a adquirir esa ventaja estratégica sobre vos", explicó Corbacho.
A diferencia de las armas nucleares, cuyos efectos destructivos son ampliamente conocidos, todavía existe incertidumbre sobre las consecuencias de la inteligencia artificial aplicada a decisiones estratégicas.
Por eso, aunque ambos países reconozcan sus riesgos, ninguno quiere renunciar a una tecnología que podría otorgarle una ventaja decisiva.
Sin ir más lejos, la presencia de Elon Musk (CEO de Tesla), Tim Cook(CEO de Apple), Jensen Huang (Presidente y director ejecutivo de Nvidia) y Lisa Su (Directora ejecutiva y presidenta de Advanced Micro Devices) durante la cena de Estado entre Trump y Xi Jinping dejó en evidencia el peso de la industria tecnológica en la relación bilateral.
¿Puede evitarse la trampa de Tucídides?
Pese a los riesgos, Corbacho identifica antecedentes que permiten pensar en alternativas a una confrontación directa. Uno de ellos es la transición de poder entre el Reino Unido y Estados Unidos. Según explica, el proceso pudo desarrollarse sin una guerra entre ambas potencias porque los británicos no interpretaban el ascenso estadounidense como una amenaza existencial.
En el caso de Washington y Pekín, Corbacho contempla la posibilidad de que ambos gobiernos alcancen entendimientos que reduzcan la conflictividad, e incluso algún tipo de arreglo que permita administrar la competencia dentro de un orden bipolar. No obstante, el mayor obstáculo a vencer es la incertidumbre de las decisiones que ambos líderes puedan tomar.
La estabilidad internacional, explica, depende de acuerdos institucionales y equilibrios de poder, pero también de la voluntad de quienes deben tomar decisiones en momentos críticos.
En ese sentido, la recepción de Xi Jinping en Washington puede interpretarse como una señal de disposición al diálogo, sin que ello signifique la desaparición automática de las diferencias entre ambas potencias.
Además, y siguiendo el análisis del Doctor Malena, existen razones tanto económicas como geopolíticas para que ambos gobiernos intenten administrar sus desacuerdos antes que profundizar una confrontación de consecuencias imprevisibles.
La pregunta que deja abierta la trampa de Tucídides no es solamente cuál de las dos potencias ocupará una posición dominante en el futuro. Es, sobre todo, si Estados Unidos y China podrán construir mecanismos de confianza suficientes para competir sin convertir esa rivalidad en un conflicto militar.
La respuesta, de acuerdo con las perspectivas de Corbacho y Malena, dependerá tanto de los intereses estratégicos de Washington y Pekín como de su capacidad para sostener el diálogo cuando las tensiones vuelvan a aflorar.