Se reencontraron 30 años después: ¡Mirá lo que les pasó!

Se reencontraron 30 años después: ¡Mirá lo que les pasó!

Una fiesta y una pareja que se reencuentra ¿Te imaginás en una historia así?

MDZ Radio

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Escuchá aquí el relato completo de Viviana Muñoz:

Entró al barrio pasando por entre las filas de autos de ésos bien largos que venían al cumpleaños. Subió su enduro hasta la puerta de la casa, se bajó, sacudió su cubata y entró a la fiesta. Llevaba All Star blancas y su campera Levis de jean con corderito que era una reversión de la que siempre usó.

Fue un flashback para todos cuando lo vieron entrar. Nacho, un ídolo de época. Esquiador urbano con las antiparras marcadas en la cara, todo el año. El que tuvo todas las minas y el primero que aprendió aquel paso con el que costó tanto coordinar brazos y piernas en distintas direcciones. Para los invitados un poster viviente de Footlose. Para él, ellos eran un gran mural de un futuro impensado.  

Gabo, el que había que bancar en todas las salidas, era ahora el dueño de esa enorme casa, de ese trío de autos en la puerta y de esas botellas de 98 puntos Parker que descorchaba para las fotos. 

Andrés, el que se llevó un promedio de 11 materias por año, se había recibido de médico y les hablaba a todos dando cátedra, con voz impostada y sin ningún rastro de la gracia que había tenido. Juanfra, el gordo que nunca levantaba, bailaba ahora en el centro del jardín alardeando su nuevo cuerpo fit y su joven novia mega sexy. Cada uno tan diferente al que había sido y tan iguales entre sí: Una suerte de logia de éxito económico y social en este cumpleaños de 50 que parecía más una convención de camisas blancas y zapatos con punta.
 
Saludó en general, casi sin poder evitar el “¡Hi manso!”, mirando cómo la profecía los había llevado a todos al mismo destino. Bailaban cuidadosos, con sus copas de vino en la mano, hablando de inversiones y horrorizados por la corrupción. Sus mujeres también se parecían entre ellas: todas de negro con el mismo rubio tímido disimulado en mechitas, los mismos anillos y las mismas frentes rígidas y brillosas. Gritaban agudo al saludarse y se separaban de los hombres para bailar, emancipándose por 15 minutos….
 
Nacho no se sentía tan cómodo, ni con la música que todos parecían conocer, ni con la copa de vino con la que insistían las bandejas. Se escabulló hasta la barra, rogando porque hubiera Fernet y se sentó ahí a mirar desde su propio tiempo, la época dorada de los otros.

Entre tanto reflejo de Rolex y Swarosky un túnel del tiempo se abrió paso: ahí estaba, Maca, su amor anclado en los 80. La que deslumbraba en Saudades con su cintura de 60 cm y sus pantalones cerrados a presión. Era ella, sí. La que esperó horas en la puerta del CUC y la que combinó a la perfección con su mejor versión en la vida. 
Al verla apoyada en su tiro alto, sentada en el gran sillón, recordó los fines de semana en el living de su casa, las interminables horas de ocio esperando el momento en que sus padres subieran para poder luchar debajo de la manta con su resistencia fingida como mandaba la época.

Se acercó sonriéndole con esa sutil complicidad que tienen quienes saben que se amarán eternamente. Ella, con un brillo repentino en la mirada, le devolvió la certeza.

Se arrinconaron en el sofá, olvidando a los invitados que ya los habían olvidado a ellos y hablaron y hablaron, compartiendo el Fernet, interrumpiéndose por la ansiedad que generan los reencuentros. ¿Qué fue de tus viejos? ¿Y tus hijos? ¿Cómo fue que nos dejamos? Renovando en cada respuesta la confianza que los había unido alguna vez, les fue cómodo contarse también los fracasos. Nacho había perdido dos matrimonios y con ellos la relación que había soñado con sus hijos. Y aquel pub que le costó tanto tener, había quebrado.

Maca había dejado la carrera por la mitad, convencida de que formar una familia sería el gran proyecto de su vida. Arrastraba un matrimonio por años sin poder salir de ahí. Había aprendido a trabajar de grande y que la belleza también pierde popularidad con los años.

Sentados ahí, apartados de todos, ella aferrada a su bronceado de Tierra India, él reafirmando su seguridad con un Marlboro encendido, parecían haber caído del pasado y ser invisibles a ésos a quienes la vida los acomodaba mejor ahora, en el presente. 
Cuando la torta con bengala entró entre aplausos, se miraron pensando lo mismo y se escaparon entre las selfies grupales y toda esa fauna de blanco y de negro que no volvieron a advertirlos. Subieron a la moto, como habían hecho tantas veces 30 años atrás y partieron sin rumbo, buscando, tal vez, aquel momento en donde el volante del destino giró y los dejó tan lejos el uno del otro.  

No resistieron subir por Panamericana para recordar la zona de boliches. Sin encontrar su preferido, eligieron uno al azar para mirar la cola de chicos en la entrada, riéndose de sus vestimentas, recordando aquel frío al salir que la obligaba siempre a pedirle a él la campera.

Volvieron por San Martín, buscando pasar por la puerta de Pequis y del Universitario, intentando traer por un rato aquel Mundo que los tuvo atrapados en dos cuadras por esos años. La fachada gris del colegio se veía desolada a esa hora, animada sólo por algunos grafitis que les recordó a los misteriosos Fellows, los primeros en grafitear paredes de noche. “Todo vuelve”, dijeron a la vez.

Siguieron por la gran avenida. Sin decirlo, los dos querían pasar por Jesuitas y volver a sentir esa expectativa que nada tenía que ver con la religión. Maca le reclamó aquel domingo que él no fue para encontrarse con otra en Soppelsa. Nacho rio, negándolo otra vez y aceleró tomando Emilio Civit, atravesando en rebajes los portones del Parque. El aire en la cara sí se parecía a aquel aire, al de las noches de verano, al de los amigos como único Mundo, al de los noviazgos interminables y al de aquellas prioridades que cambiaron tanto con la vida.

Llegando al Challao, subieron la ruta en zigzag. Nacho lo hizo con la destreza de los 20 y sintiéndola a ella apoyada en su espalda experimentó el mismo deseo que lo puso en evidencia cada noche en aquel sillón de su living. Cayó en la cuenta de que la vida le había avisado por donde ir y se recriminó no haber visto las señales. Maca lo abrazó más y él se abrazó entonces a la idea de que las decisiones no nos pertenecen.

Recorrían las calles buscando los lugares que los habían hecho felices, el rastro de aquella certeza de buena fortuna que sólo da la juventud.

Cuando llegaron a la alfombra mágica tuvieron un golpe de realidad al verla detenida en esa época que también se había apagado para ellos. Pero ella, rescatando la inconsciencia perdida, le propuso subir. Y fue en ese momento que Nacho la vio más parecida todavía a la que fuera en esos tiempos. Sus ojos, más cansados hoy, hasta se veían más lindos que en su recuerdo.

Subieron la escalera oxidada, riendo por la audacia, evitando los peldaños endebles. En la cumbre, se quedaron detenidos, ellos también, mirando la ciudad cambiada, la que se habían perdido de mirar juntos por aquella bifurcación de caminos.
Un aire fresco los despertó a animarse a hacerlo y mirándose otra vez con la complicidad de los que se aman para siempre, se lanzaron.

¿Cuántas veces deberíamos vivir para deshacernos de la nostalgia? ¿Cuánto tiempo tenemos para elegir entre esas pocas decisiones que definen lo único que nos importa? ¿Cuánto se puede retroceder si vivimos obligados a ir para adelante? 

Cayeron a la base riendo por los golpes. Nacho le acomodó el pelo y le sacudió el pantalón ya menos blanco. Mirándola más calmo, sacó de su bolsillo un Bazooka para buscar ahí alguna señal en el horóscopo. Maca rio cuando lo vio ir por los anteojos hasta la moto “Recuperarás el tiempo perdido” decía la predicción… Entonces se acercó a ella, lentamente, como aquella primera vez y con el mismo tempo la besó. Ella se retrajo igual que en aquel lejano momento, pero en el acto, resucitó la pasión encapsulada en el pasado, soltando en él lo que quedara por venir.

Al pie de la alfombra, sobre sus camperas, se perdieron en el tiempo devolviéndose desesperados las horas perdidas, perdonándose el desacierto y descubriendo que en ese recorrido desencontrado se habían convertido en otros muy distintos. 

Amaneció tan rápido como habían pasado los años y con la evidencia de la luz de la mañana supieron enseguida que esta vez elegían dejar aquella perfección del pasado intacta para asegurarse saborear la nostalgia. 

 

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