Probaron algo nuevo en la cama y terminaron así…

Probaron algo nuevo en la cama y terminaron así…

Una pareja, un viaje, una fiesta y un encuentro con dos más. ¿Todos deberíamos probar?

MDZ Radio

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Escuchá el nuevo relato original de Viviana Muñoz

 

 

Lo sintió desplomarse sobre su hombro. Ella se salió rápido y se dio vuelta dándole la espalda. Otra vez padecía su eterna insistencia en seguir algo que, desde el principio, no iba a funcionar.

Se quedó ahí, mientras lo escuchaba ir al baño sin decirle una palabra. No lo había hecho antes, ni durante. No iba a volver a revolver en su diván buscando razones. Y debía admitir que prefería sacarse esto de encima.  “Las hormonas son sabias”, le decía su amiga,… “se dan cuenta cuando no vale la pena ponerse a circular.” 

Andrea se vistió lento, sabiendo de memoria lo que vendría después. En el ascensor Marcos le reclamó su demora. ¿Cómo te gusta llegar al límite no?

El salón estaba lleno, los murmullos de las conversaciones y el choque de los platos se mezclaban en ese particular ruido de desayuno de hotel. Con ellos, se sumaba gente que recién bajaba. Andrea pensó que no era la única que jugaba con los límites. Pensó, también, en el respeto absurdo que Marcos le tenía a las normas. Hasta un horario de desayuno lo ponía en guardia para cumplir.

Se sentaron en la única mesa para dos que quedaba libre, demasiado cerca de la pasada a los baños para el gusto de Marcos que la culpó por la ubicación. 

Sintió un poco de vergüenza cuando la vio venir con esa mezcla de cosas en un plato.  Él había ido por la clásica tostada con queso blanco y mermelada, tomándose, sí, un tiempo considerable para untar toda la superficie.

Marcos se dedicó a leer diarios en su celular. Andrea, a intercalar sus huevos babé con esas salchichas picantes a las que se había animado. Miró alrededor, contempló el bullicio, escuchó las gestualidades. Sintió el pudor irremediable que la invadía cada vez que se encontraban los dos en un lugar público. Eran de esas parejas que causaban incomodidad al verlas compartir sólo silencios. Buscando escapar del paradigma, le preguntó por alguna noticia importante. Marcos le respondió escueto, sin mirarla.

En el acto, el ruido que hacía con la tostada, se amplificó en su cabeza y sintió ese arrebato de violencia que le subía por el pecho cuando lo veía tan conforme en su Mundo propio. 

Fue la mesa de al lado la que la sacó de ese estado. Ahí estaba la pareja en las antípodas de la suya. Se reían de algo que ella no pudo escuchar. Debían ser amantes para estar tan divertidos, pensó. Miró sus platos. Se habían servido salchichas también...Andrea se quedó ahí, absorta en lo ajeno, dejando en stand by su propia realidad y dándole play a esa otra que la hacía escapar a situaciones que la hechizaban. Hablaban mirándose y acariciándose las manos. Les calculó unos treinta y largos. “Qué linda es”, pensó. “Armónica…” “Esas lolas son naturales.” “La boca también” 

Andrea, con tres cirugías en su haber, admiraba esa valentía de poder aceptarse en algunas,  y las envidiaba por haberse sacado el karma del corpiño con aro sin tener que pagar una fortuna por un par de prótesis. Eso era liberación.

Compenetrada en ese estudio detallado que una mujer hace de otra cuando proyecta defectos propios, volvió en sí cuando advirtió que la chica se sacaba una sandalia y apoyaba su pie en la silla de él. Desvió la mirada por vergüenza propia pero no resistió volverla por propia curiosidad. La chica estimulada por su espectadora estiró más la pierna, provocando en el muchacho un movimiento abrupto hacia atrás. Se rieron de eso e inmediatamente él escondió su mano bajo el mantel. Siguieron charlando ya en un tono que Andrea pudo ir adivinando casi como si estuviera entre ellos. Los vio irse hacia el ascensor, dejando el desayuno sin terminar.

Volvió a su marido, absorto en el teléfono todavía. Suspiró resignada sabiendo que su estadía pasaría por probar nuevos sabores solamente. Marcos le dijo distraído: “Subo a la habitación. Tengo que mandar mail urgente.”
Después de leer sin leer ese libro que se obligaba en cada viaje, después de recorrer los jardines, y después de tomar un té que no quería; subió. Marcos en la habitación ya estaba lobotomizado por el zapping. Se duchó rápido intentando evitar otro reclamo por el horario de la cena aunque fue ella la que en el ascensor le hizo un reclamo por su  look. “Por dios no vamos a un casamiento”. “¿Es necesario el saco?” 

Al bajar encontraron el salón del restaurante casi vacío. El jardín iluminado y la música los guió a una suerte de fiesta que sucedía afuera. 

 “Bienvenidos”, les dijo la recepcionista. “Es nuestra fiesta de apertura a la temporada”. “Es todo free.”  El suspiró  Y ella impaciente le dijo “Es free Marcos” “No te van a cobrar extra…” “¿Eso significa que te voy a tener que subir arrastrando como siempre no?” le respondió él. Ella sin mirarlo, se alejó hacia la barra: “Margarita por favor.” “Y otra para mí”, dijo una voz detrás. Era la chica de aquella mesa de al lado del desayuno que sonriéndole se sentó en la barra cruzando la misma pierna que había estirado tanto esa mañana.  ¿“Los dejamos?” “Mirá, están charlando. Vamos nosotras allá y nos librarnos de ellos un rato.”
Andrea aceptó y el rato se fue transformando en dos Margaritas más y en el trago Premium del Hotel que compartieron y la verdad a ella le divertía más el acento brasilero de esta chica que los comentarios y silencios de Marcos reprobando cada movimiento.
Más tarde los dos aparecieron riendo y dándose palmadas. Andrea miró a Marcos desconociéndolo, pero estaba tan entretenida que hasta sintió alivio. 

Pasaron la noche entre margaritas y esa complicidad que se iba acomodando entre los cuatro. Sentados en los sillones del inmenso jardín parecían amigos de siempre. Marcos estaba extrañamente de buen humor y hacía chistes a los que la chica reaccionaba exageradamente. 

Eran las 3 de la mañana y ellos seguían ahí, con esa música que ahora se había puesto en el mismo modo sugestivo que la extranjera que, haciendo de inocente le acariciaba la cintura a Andrea, dedicando el gesto a Marcos, que no le quitaba los ojos de encima desde el primer chiste. Desafiante Andrea apoyó una mano sobre esa pierna que los insinuaba a todos. Marcos miró al muchacho, quien sin darle trascendencia se levantó invitándolo a la barra en busca de más tragos. Volvieron con dos botellas de Champagne y 4 copas. Marcos se le acercó a Andrea y le dijo: vamos a subir.

La pareja ya avanzaba hacia el ascensor y Andrea, entusiasmada con la actitud de su marido, los siguió. Subieron los tres juntos, Marcos tomaría el otro ascensor. El visor de los pisos comenzó a subir: hacia el primero Andrea sostuvo la mirada contra el suelo, intentando aplacar el ardor que le subía por el pecho. Llegando al 3, la chica le acarició el pelo y con la misma mano la tomó de la cara y la besó, acariciándola suavemente por debajo del vestido. Andrea abría los ojos por segundos y veía al muchacho en el reflejo del espejo que las contemplaba sin ansiedad. Dos pisos más y ella ya se movía al ritmo de su atrevida amiga. Cuando entraron a la habitación, él dejó la puerta abierta para Marcos, que en cuestión de segundos llegó…

Fue la brasilera quien continuó con Andrea lo que había iniciado en el ascensor, evidentemente una previa para su compañero, a quien dio paso, entregándola con la naturalidad de una experta. Andrea se dejó acariciar por el muchacho mientras buscaba el ok de Marcos pero él sólo tenía ojos para la chica que se le aproximaba con tanta decisión que lo dejó tieso.

Andrea se quedó esperando una señal de su marido, que no apareció. Siguió mirándolo asombrada por cómo le acariciaba la nuca y revolvía su pelo. Pensó en lo poco que entendía a las mujeres. “Qué desatino provocar ese enredo en ese brushing.” Se concentró en el muchacho que ya sin remera, intentaba quitar su vestido. Volvió a buscar en Marcos desaprobación, pero él estaba en algún otro lugar mientras la chica se explayaba con la boca entre sus piernas. La imitó entonces sobre la entrepierna de su nuevo partenaire. Disimuló su asombro al encontrarse con algo muy superior a lo que estaba acostumbrada. En seguida, comenzó a  moverse con una rítmica que no le pertenecía más una profundidad que hizo que el muchacho comenzara a gemir consiguiendo por fin la atención de Marcos. Sin abandonar la cadencia ni la mirada clavada en su marido, jugó con su lengua mientras sus manos sostenían al muchacho de los muslos. Marcos ya en la realidad, negó con la cabeza dejando clara su censura. Andrea cerró los ojos y continuó. Marcos respondió guiando a su compañera a apoyar las manos y las rodillas sobre la cama. Empezó a  balancearse con fuerza sobre aquella silueta. Andrea, le sonrió descreída, tiró al muchacho sobre la cama y se sentó sobre él. 

Subidos a sus propias revanchas se movían cegados al ritmo de cada una de sus batallas.
¿Cuánto la vas a tener así?...pensó ella “Tardas más que en pagar la factura del gas”.
Marcos, con más fuerza y velocidad, pensaba “¿Ves cómo me pone la predisposición....?”
La chica expulsaba palabras inentendibles que sonaban a maldiciones. Andrea sentía cómo la naturaleza del muchacho se apabullaba ante sus incoherentes movimientos. 

Repentinamente la brasileña se libró de Marcos, buscando su ropa entre la de todos. Andrea dejó de moverse percatándose recién de que ni la más mínima expresión de su compañero residía dentro de ella.
Acompañados amablemente por el muchacho que insistió en que se llevaran la botella sin abrir, se vieron obligados a salir de la habitación.

Bajando en el ascensor volvieron a cruzar palabra.
“Tu impulsividad siempre dando el gran final”, le dijo Marcos.
“Y tu lentitud siempre dejando todo sin terminar”, respondió Andrea.
Vovieron a su habitación y ahí continuaron en privado el pacto implícito que los tendría... unidos para siempre.
 

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