Esto pasa cuando tu mujer descubre una infidelidad

Esto pasa cuando tu mujer descubre una infidelidad

La Deuda Eterna es el nombre de este cuento que describe a la perfección una realidad que van a vivir los hombres si su mujer descubre una infidelidad. Advertencia: no vuelvan a casa.

MDZ Radio

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Para el segmento "Relatos en el Aire", Viviana Muñoz nos dejó un nuevo cuento que generó un gran debate en el aire de MDZ Radio. ¿La conclusión? Si te descubren, no vuelvas. Escuchá acá el cuento completo.

La Deuda Eterna

“Yo también”. Así decía el mensaje que leyó en el teléfono de Pablo cuando trató de apagar esa alarma que otra vez le robaría media hora más. “Yo también”, un mensaje que podría haber dejado pasar si no hubiera sido de un número no agendado, a esa hora del domingo de otoño y acompañado de un corazoncito.

Simuló dormir hasta que Pablo se fue. Cuando sintió cerrarse la puerta principal de la casa, Laura abrió los ojos con la magnitud  que se abren cuando se despierta a la realidad.

Le fue fácil inspeccionar ese teléfono y atar cabo con cabo: las horas en el baño, el teléfono siempre dado vuelta y en silencio (ni
vibrador…) y esa sonrisita boba en la pantalla que él justificaba describiendo algún meme que no le había llegado.

Se volvió una experta en chequeos de whatsapp, historiales de Facebook y en encontrar esa llamadita perdida que un tipo como Pablo olvidaría borrar en algún momento. Incluso empezó a pedir a los chicos, ya casi irónicamente, en pleno almuerzo de domingo, que miraran algo en el teléfono de papá.

Con la auditoría terminada, lo sentó en el jardín y le presentó todo el balance. Pablo leal al género masculino, luchó hasta el final por cumplir la ley suprema: Negar, negar, negar. Ella activó los 3 mecanismos fundamentales del género femenino: Llorar, llenarlo de culpa, estallar en una crisis nerviosa.

Y así, reduciéndolo con la infracción en la mano, arrastrándolo por su traición inexplicable y amenazándolo con más pruebas en su contra que no tenía, logró que violara la cláusula más protegida de la ley de la negación: confesó.

Se fue de casa esa misma noche con lo puesto, calculando un fin de semana hasta que pasara la tormenta. 7 meses pasó en el departamento del primo soltero que no había podido salir adelante en la vida.

Se acomodó como pudo, en ese paréntesis que no había calculado, tratando de llevar la caída con la altura que el mandato exige a los hombres.

Comenzó a hacer todo lo que un separado hace mientras está varado en esos meses de limbo, fuera de casa y sin destino definitivo.

Superponiendo mucha actividad para ganarle a la soledad. Inadaptado a su nueva vida, armaba grupete en todos lados a los que les proponía el martes algún plan para el sábado.

Un poco desfasado en los horarios, caía a las 11 de la noche de un lunes con picada y cerveza a lo de alguno de sus amigos casados que le abrían la puerta en pijama dándole las condolencias con la mirada.

Pucha… desde adentro del matrimonio, todo se veía tan audaz… ¿Dónde estaban los solteros felices de Facebook? Todo era más duro. Los cuerpos jóvenes a los que ahora podía acceder libremente pero también ese colchón que el primo le había tirado en el piso y su estómago que ya no soportaba más las minutas de delivery.

Y nada parecía tener perspectiva. Esta instancia de soltería tenía la misma autonomía de funcionamiento que ese calefón de ahora le tocaba usar.

De un día para otro, se encontró con una realidad que nada tenía que ver con su fantasía de vida de soltero y empezó a extrañar exageradamente todo.

Llamaba 3 veces por día a sus hijos y compulsivamente les ponía me gusta en sus publicaciones.

Miraba fotos de su boda, del primer parto y de esas vacaciones en Pinamar.

La melancolía lo había invadido a tal punto de añorar detalles menores como ese alicate que era el único que le cortaba bien la uña chiquita. Ese stock permanente en la alacena de su casa, o el botiquín de los remedios que ahora sentía necesitar a diario para esas resacas de las que no se recuperaba tan fácil.

Fue un domingo a mediados de primavera que, aprovechando el atardecer fresco y el período de gracia que dan estos retiros voluntarios, se reconoció en quiebra ante su mujer y puso todo su capital a disposición de un nuevo comienzo. Exagerando un poco el arrepentimiento pero sacando su mejor declaración jurada de fidelidad y disponibilidad full time.

Volvió a casa, e inició esperanzado un plan de pago de culpas calculando que en unos pocos meses lo tendría cancelado.

Optimista por recuperar activos día a día, agradecía todas las mañanas por dormir nuevamente en ese somier, bendecía en secreto la mesa por esa comida casera de cada día y ofrecía cualquier sacrificio al Señor, con los ojos cerrados, por esa ducha caliente que podía darse por 20 minutos sin interrupciones.

Se puso al hombro las tareas del hogar bajo la constante desaprobación de Laura. Cambió su humor en la mañana y ahora él preparaba los desayunos para que ella durmiera un poco más… No registró con eso disminución alguna de la deuda.

Se esmeró un poco más por juntar saldo a favor, atendiendo a sus amigas que ahora lo miraban empoderadas mientras tomaban el té en su jardín. Y tomó la difícil decisión de colocar su máximo bono de confianza: dejó de juntarse con su grupo intocable, ése que lo había llevado al default. Pero no, no hubo reconocimiento de su enorme voluntad de pago.

Sin perder esperanza acumuló todas las millas que pudo, que en algún momento ayudarían al canje, ofreciéndose como conductor designado del grupo familiar, incluida su suegra. Se ocupó del jardín de manera profesional y arregló en un día todos esos picaportes que venían aflojándose desde hacía tiempo como su matrimonio. ¿Saldo? Negativo todavía.

Con el perdón como único comprobante, ni se le ocurrió calcular el IVA que el resentimiento de su mujer iba a sumar a la deuda. (Siempre hay que leer la letra chica, Pablo.)

Bastaba un comentario sobre alguna pareja amiga y Laura le pasaba una factura que él había olvidado. Ni hablar de la risa espontánea por alguna picardía de un amigo la cual ella silenciaba abruptamente, sólo con una mirada, inflando la cuota impositiva. Y aunque, para evitar asociaciones psicológicas, desestimó toda posibilidad de recibir en casa a su amigo recientemente divorciado, no se libró de que ella le recordara su error poniendo a su amigo de ejemplo.

Destruyó cualquier material comprometedor despidiéndolo en un duelo silencioso. Y para no activar el recordatorio permanente, se hizo experto en el zapping de emergencia cada vez que la trama de una película iba sobre una infidelidad.

El rechazo físico hacia él no disminuía y Pablo intentó todo. Reiki, masajes tailandeses y hasta tiró algunos movimientos de streaper dentro de la habitación. ¿Saldo? Negativo.

Si bien había logrado reinstalarse y sacarse de encima la impensable posibilidad de entregar el 50% del capital de toda su vida, tenía sentimientos encontrados. Aquella aterradora soledad de esos meses fuera de casa había sido reemplazada por una incómoda mirada constante sobre su nuca 24 / 7. Ahora usaba el baño para chatear con su grupo de boxeo. Por suerte su madre cumplía estrictamente la orden de no enviarle ningún mensaje con emoticón de corazón, por ningún motivo.

Cambió de estrategia e intentó pasar él alguna factura pero siempre al final Laura ponía sobre la mesa La Factura de Oro. Saldo deudor, sin cambios.

Abrumado por esa financiación insostenible comenzó a sospechar que aquel día del perdón había firmado un Ahora 20 (20 años). Y ya sin recursos, sin nuevas ideas, ahogándose en los vencimientos impagables, entendió que esa deuda era imposible de renegociar.

Reconociéndose en mora eterna, imaginó su futuro, comiendo solo frente al televisor, sintiendo la misma mirada, ahora con cataratas, sobre su nuca. Recibiendo con temblequeo de manos facturas que depositaría sobre la enorme pila de las demás. Suplicando porque le dejaran a mano la bolsa de agua caliente. Se vio siendo entregado, sin plus, a las impiadosas manos de PAMI.

Sintió esa misma soledad de aquellos meses en el departamento de su primo. El mismo frío por la espalda de aquella ducha que fallaba. Y el malestar estomacal que le provocaban aquellas minutas de delivery.

Y un domingo, impulsado por la melancolía de los atardeceres de invierno, llenó la valija más grande de todas con la mayor cantidad de cosas innecesarias que pudo encontrar. No olvidó ese alicate. Le tocó el timbre a su primo, prometiéndole unos días mientras desocupaban ese depto en la Villa Mediterránea en donde le habían dado el dato de la existencia de un micro hábitat de separados en tránsito.

Eligió dejar impago ese crédito en cuotas a su mujer. Invertiría los próximos años en encontrar otro con menos interés y en una nueva entidad, sin tanta memoria.

La infidelidad de los hombres se paga muy caro.  Un cuento original de Viviana Muñoz / Relatos en el Aire

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