¿Quién se encarga de ordenar ese caos que arrojan como saldo las fiestas?

¿Quién se encarga de ordenar ese caos que arrojan como saldo las fiestas?

Tras varios días de celebraciones que contaron con la noche de Navidad, Año Nuevo, juntadas de vacaciones y despedidas, una postal que se repitió en nuestras casas fue la de mesas rodeadas de afectos y amistades brindando entre risas y algunas discusiones.

¿Pero qué hubo tras las copadas selfies familiares y fotos de comida que subimos a nuestras redes sociales?

Detrás de grandes festejos siempre hay grandes esfuerzos. Existe la necesidad de limpiar baños, cocinas, comedores, livings y si llegan visitas de otras provincias o países, hay que armar camas y asear habitaciones.

Luego viene la comida con su correspondiente compra de ingredientes y horas de elaboración. Si la opción es no cocinar, entonces habrá que encargar y retirar el pedido.

Hasta hace poco y casi de manera exclusiva, la anfitriona quien generalmente era la madre de familia, se encargaba de todo. Alguna tía traía el postre y los varones quedaban casi completamente ajenos a las tareas propias de fin de año.

Hoy, las cosas difieren un poco. Cocinar, por ejemplo, se ha vuelto un pasatiempo que no tiene identidad de género ni orientación sexual. También en nuestro país es frecuente que la cena elegida sea el asado, un ritual asociado a lo masculino donde aparecerá la famosa frase “un aplauso para el asador”, tan ausente en el resto de las comidas.

Finalizada la cena aparecen quehaceres que nadie tiene ganas de realizar y ahí la situación es muy similar a la de nuestra abuelas. Levantar los platos, lavarlos y secarlos, dejar la casa ordenada, no son acciones que justamente se caractericen por ser placenteras ni valoradas y están por demás invisibilizadas. 

¿Quién se encarga entonces de ordenar ese caos que arrojan como saldo las fiestas?

Escenas donde las mujeres de la familia y/o las parejas de sus parientes varones desfilan de la cocina al comedor mientras la mayoría de ellos comparte la sobremesa se reiteran. La mujer que menos hace es la excepción. Y también lo es el varón que más tareas asume dentro del grupo.

Tal vez tengamos la fortuna de contar con servicio doméstico, el cual por cierto también estará a cargo de una mujer.

En estos encuentros vemos con claridad la persistencia de estereotipos de género patriarcales propios de un paradigma heterocisnormativo. Su consecuencia es la división sexual del trabajo que, junto con el menosprecio por las tareas históricamente asignadas a mujeres, produce altos grados de desigualdad.

En una época donde el debate se centra en el acceso igualitario de las mujeres, lesbianas, trans, travestis, intersex y no binaries a los puestos jerárquicos de poder, lo lógico sería repensar también lo cotidiano. Allí yacen aún grandes desigualdades.  

Que cada persona se haga responsable de lo que usa, ensucia o desordena es lo justo, pero a menudo no se cumple.  La única manera de revertir esta inequidad es hacerlo de forma consciente. Revisar prácticas adquiridas, consensuar, redistribuir y compartir obligaciones es la clave.

El objetivo de las fiestas es disfrutar y es un derecho de todas las personas. No podemos dejar pasar oportunidades. Los cambios son aquí y ahora. 

María José Elmelaj

Temas

¿Querés recibir notificaciones de alertas?