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Cuatro generaciones de mujeres: un amor que las trasciende

He sentido vivamente, desde muy temprana edad, la vocación maternal. Creo que he sido muy bendecida con mis cuatro hijos. Bendición que comienza a prolongarse en la llegada de los nietos.

Cuándo nació mi cuarto hijo, en el Hospital Naval Pedro Mallo, de la ciudad de Buenos Aires, nos alojaron en una habitación cuya ventana parece ser un “ojo de buey”, que da a la calle Ramos Mejía. Tiempo después, un amigo muy querido fue sometido a una intervención quirúrgica en el mismo hospital. Cuando fuimos a visitarlo, vimos que le habían asignado una habitación, con el
mismo tipo de ventana; pero sobre la avenida Patricias Argentinas. ¡La vista del Parque Centenario era maravillosa! El movimiento de gente, los niños jugando en la plaza, las aves sobrevolándolos, los perros correteando, los árboles frondosos, las flores coloridas y el sol coronando el paisaje con su brillo.

Inmediatamente, para mí, tuvo sentido. El paciente que atravesaba un posoperatorio, probablemente estaría más tiempo internado y bastante solo. Dado que el equilibrio emocional contribuye al bienestar físico, proporcionarle la hermosa vista del parque en todo su esplendor ayudaría a una buena recuperación. En cambio, aquellas mujeres que reponían fuerzas después de un alumbramiento (aún aquellas sometidas a una cesárea), “recreaban” la vista naturalmente en la mirada del hijo. Estructuraban esa díada maravillosa que estudiábamos en psicología evolutiva: madre-hijo.

Con mi mamá Marta, mi hija Mariana y mi nieta Luciana.
Foto: Marisa Musci

Conectaban con ese hijo que recién salía al mundo. Procuraban brindarle con los nutrientes de la lactancia, el contacto piel a piel; la mirada a los ojos; las palabras suaves; las caricias, la sonrisa, las canciones de cuna. El tranquilizador latido del corazón al apoyarlos en su pecho. En fin, estas mujeres establecían este vínculo emocional tan profundo; tan único que posibilita el buen desarrollo de cada hijo. 

Mis hijos, mi nieta y yo
Foto: Marisa Musci

Tengo una madre maravillosa que ha sido ejemplo para el ejercicio de ese rol. Quienes profesamos la fe católica tenemos, además, el modelo de madre por antonomasia. Mi esperanza es que cada mujer pueda abrazar la maternidad que se hace presente en su vida más allá de lo planificado o buscado, más allá de la edad -“esa mujer es muy joven para ser madre. Aquella otra es demasiado vieja”- más allá de la situación socio económica, más allá de cualquier realidad que, probablemente, no sea la “ideal”.

Mi deseo es que todos sepamos recobrar el sentido de esta celebración tan inmensa que es festejar el día de la madre. Que, como madres, sepamos honrar este don que se nos ha confiado y que, como hijos, sepamos agradecer lo que cada mamá pudo brindarnos.

Les dejo con mucho orgullo una frase de mi papá Alberto Musci de su libro "Páginas para mi hija": “La huella que dejaste en la vida de tu madre, no desaparece jamás.... La huella que dejó tu madre en vos, tampoco se borra jamás.”

* Marisa Musci es Comunicadora y docente, mamá de 4 hijos y abuela de Luciana.