La huerta como espacio terapéutico: sembrar y esperar
Más que producir alimentos, la huerta invita a reconectar con los ritmos de la naturaleza, el cuidado y la transformación personal.
La huerta es un espacio donde el sujeto entra en relación con algo vivo que requiere atención y cuidado.
Archivo.En una época marcada por la velocidad, la inmediatez y la necesidad de obtener resultados rápidos, la huerta propone otra lógica. Una lógica donde el tiempo no puede ser acelerado y donde cada proceso tiene su propio ritmo. Sembrar una semilla, preparar la tierra, acompañar un crecimiento y esperar una cosecha son acciones simples que ponen en juego algo profundamente humano.
La huerta no es un lugar donde se producen solo alimentos
La huerta es un espacio donde el sujeto entra en relación con algo vivo que requiere atención y cuidado. La mano que remueve la tierra, que planta, que riega y que observa, recupera una experiencia corporal fundamental porque hay algo significativo en trabajar la tierra con las manos. La huerta devuelve una experiencia sensorial primaria. La textura de la tierra, la humedad, la elección de la semilla, el contacto directo con aquello que está en proceso de transformación. En una vida cotidiana muchas veces atravesada por pantallas y escenarios digitales, volver a lo manual recupera una forma de presencia.
Te puede interesar
Huerta en casa: 3 verduras para plantar en junio en el jardín
Esta dimensión adquiere especial valor en adultos mayores
La huerta permite sostener una actividad significativa, mantener el movimiento, estimular la coordinación y favorecer la conexión con una tarea que tiene un propósito concreto. Pero además ofrece algo más profundo: la posibilidad de seguir creando. Frente a una mirada que muchas veces asocia la vejez con la pérdida, la huerta introduce otra escena: alguien que continúa sembrando, esperando y viendo aparecer un fruto. Cuidar una planta implica también un encuentro con aquello que no depende completamente de nosotros. Se puede preparar el terreno, elegir las semillas y acompañar el crecimiento, pero nunca se domina totalmente el resultado. Existe siempre un margen de incertidumbre. Allí aparece una enseñanza fundamental: la vida no responde completamente a la lógica del control.
Desde una perspectiva subjetiva, la huerta tiene una potencia simbólica cercana a los procesos de transformación personal. Algunas cosas ocurren lentamente, incluso antes de ser visibles. Lo que parece quieto debajo de la tierra puede estar desarrollándose. La cultura también ha pensado esta relación entre la tierra y la transformación. Masanobu Fukuoka, en “La revolución de una brizna de paja”, cuestionó la idea de dominar completamente la naturaleza y propuso una relación más atenta con los procesos vivos. Su pensamiento convirtió la agricultura en una reflexión sobre nuestra manera de habitar el mundo.
Henry David Thoreau, en “Walden”, narró su experiencia de vivir durante un tiempo en contacto directo con la naturaleza, cultivando y observando sus ritmos. Aunque no es un libro sobre huertas específicamente, su reflexión sobre la vida sencilla, el trabajo manual y la relación con la tierra resulta cercana a la experiencia de la huerta: volver a una temporalidad donde las cosas crecen por procesos y no por exigencia. Florencia Gallino en “Huerta Urbana. Guía para cultivar la tierra” (Ediciones El Ateneo, 2026) con ilustraciones de Margarita Borzone nos presenta consejos prácticos y técnicas sencillas para conectar con la naturaleza pero con algo más. Gallino es creadora de @Sitopia.ar un lugar en Instagram que acompaña tanto a principiantes como a entusiastas del cultivo en el camino hacia una huerta saludable y sostenible. Su libro resulta imprescindible.
Su frase que responde al espíritu de la publicación es “en un mundo de inmediatez hacer una huerta es un acto revolucionario”. En las sociedades actuales, donde muchas veces predominan el aislamiento y la soledad, cultivar puede ser también una forma de pertenecer. Quizás por eso la huerta tiene una potencia terapéutica: porque recuerda algo esencial que la cultura de la urgencia suele olvidar. Que crecer no es acelerar, que transformar no siempre es visible ya que todo proceso vital conocido, necesita un tiempo propio.
La tierra no solamente alimenta. También puede producir encuentros, memoria y nuevas formas de habitar la vida.
* Carlos Gustavo Motta es psicoanalista y cineasta.


