Hoy estamos confrontados en una situación coyuntural que excede a la vitivinicultura
Se trata de uno de los nombres más reconocidos de la enología moderna en nuestro país. A propósito de su incorporación a este prestigioso foro, Roberto recibió a un grupo de periodistas y habló de este desafío, de sus orígenes y aprendizaje, recordó a su padre, el gran Raúl de la Mota, y opinó sobre la realidad del vino argentino.
- ¿Cómo llegaste a la Academia internacional del Vino?
- Este reconocimiento llegó de la mano de Mariano Fernández Amunategui, actual presidente de la Academia. Mariano, quien es chileno y también diplomático –ejerció como canciller en el gobierno de Bachelet- pensó que no era posible que esta institución integrada por 104 miembros de 17 diferentes países no tuviera ningún miembro argentino.
Para formar parte de esta Academia te tienen que proponer por lo menos dos miembros, y luego debe aceptarte la comisión de elección. Varias personas fueron las que me propusieron, como el periodista inglés experto en vinos Stephen Spurrier, el prestigioso bodeguero italiano Angelo Gaja o el icónico Bruno Prats.
Preparé un importante trabajo que presenté en diciembre, en Ginebra –donde se realiza la asamblea anual-, y fui incorporado.
Esto para mí tiene un gran significado, sobre todo cuando pienso en mi padre. Para Él hubiese sido muchísimo más importante aún.
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- ¿Cuál es la diferencia de esta institución con tantas otras ligadas al vino? ¿Qué la hace tan prestigiosa?
- Bueno, en esta Academia, se toma y se analiza el vino desde el punto de vista de su legado cultural. La institución nace en 1971, en el marco de todo el progreso del vino y las innovaciones que se venían haciendo en la vitivinicultura. Su fundador, Constant Bourquin –un editorialista amante del vino-, ve con los que fueron luego los primeros integrantes que había una necesidad de crear un foro con una base intelectual de soporte y mantenimiento a aquellos vinos que denominaban ‘nobles’, para seguir investigando sobre la calidad del vino y lo que uno puede lograr desde un vino de terruño, pero incluyendo la investigación científica que hay detrás.
- Es muy fuerte el legado de tu padre. ¿Cómo se hace para sortear la obligada referencia a Él? ¿Cómo se logra el brillo propio?
Nota: Don Raúl de la Mota, padre de Roberto, fue el primero en el país en vinificar por varietales; y fue reconocido mundialmente como el mejor enólogo argentino del siglo XX.
- Sinceramente, nunca me planteé algo semejante. Su legado fue muy fuerte. Mi papá era un tipo muy exigente, sobre todo con Él mismo. El me enseñó la importancia de laburar. Había que laburar, que investigar, que estudiar, que leer. Nunca ‘quedarse’.
Tuve la suerte de trabajar nueve años con Él, y te juro que no fue fácil: es más, en algunos momentos no lo consideré precisamente ‘suerte’. Era un tipo muy reconocido en la misma materia en la que uno trabaja. Pero pude verlo cómo hasta los últimos días de su vida siguió estudiando, trabajando y preocupándose por aprender cada vez más y entender la vitivinicultura y la enología como ciencias.
Su enseñanza es el principal legado que recibí. Una anécdota. Cuando tuve la suerte de partir a estudiar a Francia, me dijo algo que al principio me costó entender: “Si es por la técnica, yo creo que no te hace falta ir a ningún lado. Tenemos una biblioteca enorme, y la técnica está acá. Pero si vos lográs entender y sobre todo percibir la manera en que ellos allá conciben y viven la calidad del vino, el viaje está pago”.
A mediados del cursado, como pasantía de la escuela fuimos a una zona del sudeste de Francia y me tocó estar junto a un productor que tenía 14 hectáreas. En ellas trabajaba él y su mujer. Entre ellos manejaban el viñedo y la bodeguita, que estaba pegada a la casa. El alquilaba, pero su intención era trabajar a brazo partido, hacer el mejor vino, para alguna vez hacerse de esa viña. Haber escuchado la forma en que él y su mujer hablaban del vino que hacía, ser testigo de esa pasión, de esa devoción; me produjo a mí una revelación: “Eso es lo que mi papá me quería decir”, concluí.
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Roberto, en la cabecera, junto al grupo de periodistas que recibió en Mendel.
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- Pregunta obligada: ¿Cómo ves la realidad actual, como hombre que trabaja en esta industria?
- La Argentina ha llevado a cabo una transformación, una reconversión sorprendente de su viticultura en los últimos 15 años. Yo no conozco ejemplos en el mundo que puedan equipararse: había un 85% de vinos comunes, y en pocos lustros hay ahora un 80% de uvas finas. El cambio ha sido récord para el estrecho período de tiempo. Se trata de una inversión gigante, monstruosa, que ha hecho la Argentina para instalarse: desde el punto de vista vitícola, tecnológico, enológico, y hasta arquitectónico.
Hoy estamos confrontados con una situación coyuntural que excede a la vitivinicultura y que hace que estemos todos sufriendo por tener costos elevados, y por tener un precio internacional que nos está sacando del mercado. Nuestra situación no es diferente a la de otras economías regionales del país.
Creo que deberíamos pensar muy seriamente cómo hacer para que todo este esfuerzo que ha hecho la Argentina en el ámbito del vino no se pierda: sería una catástrofe.
- No solamente se reconocen los vinos argentinos, sino, como en tu caso, a los hacedores de vino. ¿Los enólogos argentos están de moda?
- Los enólogos argentinos que tuvimos la suerte de trabajar en esta época, a fines de siglo XX, somos parte de toda la transformación que antes te exponía. Hemos logrado vinos que son grandes a nivel mundial.
Antes los que viajaban eran los bodegueros. Los enólogos estaban metidos en la bodega recibiendo la uva, que le llevaba un agrónomo, por lo cual no tenían idea de cómo era la viña. Hoy el enólogo tiene incumbencia dentro del viñedo, y además tiene la posibilidad de viajar, para ver y comprar su vino con los del resto del mundo. Esto es fantástico.
En la enología argentina hay mucha creatividad.
- ¿Qué te gustaría aportar, desde la Argentina, en la Academia internacional del Vino?
- Me gustaría que ellos se lleven, cuando vienen, la idea de que la Argentina produce vinos de la más alta calidad con tanta nobleza de origen como la de cualquier otro vino en cualquiera de las otras capitales internacionales.
La Academia es conservadora, y que se sumen miembros del 'nuevo mundo del vino' es esencial. A mi me toca explicar, debatir, enseñar que un vino de zonas irrigadas puede ser tan noble como los de zonas donde no se necesita agua de riego.

