“La fugitiva”, retrato de una mujer lúcida y rebelde
Diálogo con el narrador nicaragüense Sergio Ramírez.
Intensa, vehemente, lúcida, rebelde, son características que hacen de “Amanda”, la mujer que retrata Sergio Ramírez en su última novela La Fugitiva, un personaje singular, marginado en su tiempo y marcado por la tragedia de los opuestos: belleza y aflicción, escritura y silencio.
La “Amanda” de la novela, cuya salida trajo nuevamente a Ramírez a Buenos Aires, está inspirada en la narradora costarricense Yolanda Oreamuno (1916-1956) que además de causar revuelo con su libre andar en un medio social que le fue hostil, innovó en el campo de las letras con su novela La ruta de la evasión aparecida en 1949.
Ramírez, ex vicepresidente de su país y autor de una profusa obra narrativa en la que destacan las novelas Castigo Divino, Margarita, está linda la mar y Sombras nada más, entrecruza ficción y realidad para dar a través de las voces de tres mujeres (una de las cuales alude a la cantante Chavela Vargas) el perfil de una mujer inigualable en una Centroamérica convulsa.
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-Desde que me encontré con sus huellas cuando llegué a vivir a Costa Rica en los años ’60, supe de su legendaria belleza que pude comprobar en sus fotos, de su talento como narradora, y de su lucha estéril y dolorosa contra una sociedad sorda, apática y hostil. Me fascinó como personaje, cargué con ella por años, hasta que encontré las claves para escribir la novela.
-¿Cuál es su opinión sobre la Yolanda escritora?
-Fue una mujer de vanguardia en las letras, cuando los hombres escribían una literatura vernácula, por el lado bucólico y por el lado social. Su propuesta de ruptura se adelantó a lo que sería el boom en un tiempo, el suyo, cuando la escritura de vanguardia era ignorada, Proust, Virginia Woolf, Joyce, Faulkner. En ese sentido La ruta de su evasión es una estupenda nueva novela que aún sigue sin tener muchos lectores, como ocurre muchas veces con la buena literatura.
-Otro rasgo en el que destacó fue por su lucidez…
-Tenía todo aquello que no se esperaba de una mujer: talento lúcido, inteligencia penetrante, sentido crítico, rigor en la escritura, imaginación despierta. Una mujer, por tanto, rara. Esos eran atributos masculinos; los hombres se los atribuían a sí mismos, mientras relegaban a las mujeres al recinto sacrosanto del hogar, que tenía múltiples cerradura, y cuando ellos salían a la calle se llevaban las llaves.
-¿Su inconformismo tuvo que ver con su salida de Costa Rica?
-Su rebeldía, su hastío de vivir entre las cuatro paredes montañosas de una ciudad provinciana, también porque quería volar lejos, aunque fuera Guatemala, que podía ofrecerle poco más que Costa Rica, o México, una urbe inmensa donde era fácil ser ignorado y disolverse en el anonimato. Una tragedia personal, porque buscaba lo que no podía hallar.
-Su sino trágico –medular en la novela- da idea de que la belleza puede ser también una maldición.
-Una belleza perturbadora para los hombres y ofensiva para las mujeres, porque iba acompañada de su don de libertad sexual, que en aquellos tiempos era una herejía social. Su proclama íntima de ser ella quien eligiera a los hombres, y no dejarse elegir pasivamente, rompía con todos los moldes y llamaba al escándalo. Por eso su belleza volvía a Yolanda más trágica.
-Hay un juego respecto a los títulos de las novelas. Yolanda escribe La ruta de su evasión que iba a llamarse La poseída, mientras que la Amanda de tu novela escribe La puerta cerrada, que según no de los personajes iba a llamarse La fugitiva. Da la sensación de que usted toma la posta de alguien que en la vida real dejó muchos libros a medias o extraviados.
-Una de mis fascinaciones respecto a ella es cómo va quemando sus alas en la ambición irreprimible de escribir, anunciando ideas, empezando libros, dejándolos en el camino, consumida por la literatura como un deseo insaciable. Ese rasgo suyo es esencial en mi personaje Amanda Solano. Es la escritora que escribe, pero que también sueña en escribir, toda ella literatura, aún en los libros que nunca escribió.
-¿La Fugitiva se ubica entre la novela y la biografía?
-La historia parte de los elementos esenciales que me entrega la vida de una mujer que estudié a profundidad, pero que deja de ser biografía apenas empiezo a escribir la novela. Amanda no es Yolanda, quien nunca tuvo amores con Salomón de la Selva, Amanda sí. Yolanda nunca se encontró con Garrido Canabal en su exilio de San José, Amanda sí. Yo imagino con toda libertad, tal como Yolanda se hubiera imaginado a sí misma como personaje, y nuestro punto de encuentro es que los dos somos novelistas.
-Su novela contiene algunas microbiografías; la de monseñor Sanabria, la de García Monge, etc.
…
-Tomo de sus vidas lo que me parece atractivo en ellos. Monseñor Sanabria dice e su sermón en plena misa dominical en la catedral de San José que no es pecado votar por los comunistas. Eso es ser personaje de novela.
-La descripción pormenorizada del ambiente histórico, social y literario de Costa Rica ¿es para contextualizar al personaje?
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-Tanto el título de su libro como el de la novela de Oreamuno (La Ruta de la evasión) aluden a una fuga, ¿a un autoexilio?
-Amanda se fuga de Costa Rica para encontrarse y no lo logra, y se fuga de sí misma para encontrarse y tampoco lo logra. Siempre está huyendo hacia adelante, persiguiéndose, y por eso será siempre una fugitiva, aún después de su muerte; ser una muerta en una tumba sin nombre es seguir huyendo, seguir fugándose…
-Es interesante como utiliza el argot y los modismos de Costa Rica y México, ¿le son comunes esos vocabularios?
-Uno aprende con el oído matices, vocabulario, cuando vive en un país largos años, como viví yo en Costa Rica, y cuando está tan familiarizado con otro, como México. Es a través del lenguaje que bajo hacia las tres mujeres que narran la historia, es mi modo de entrar en ellas, haciéndolas hablar y hablando como ellas. Hablan las primeras dos como ticas y la última como mexicana, pero más difícil que hacerlas hablar en su lenguaje, es hacerlas hablar como mujeres.
-Parece clave la frase de “Yolanda/Amanda” de que: “solo a la muerte se llega demasiado temprano”, ¿era consciente ella de que su vida se quemaba rápido?
-Alguien que desde el principio vive en el escenario de la tragedia, aprende a ver su vida de manera trágica, y esas vidas nunca llegan a ser largas. Siento que Amanda, solitaria, incomprendida, enferma, pobre, nunca esperó una vida larga, y cada vez más sentía que el final se hallaba más cerca. Murió en la plenitud de la vida, pero ya estaba acabada.
-Queda en el enigma el tema de sus novelas extraviadas o solamente pergeñadas en su imaginación…
-Como ya te dije, alguien que vive dentro de la literatura de la manera en que ella vivió, escribe a medias y a veces no escribe del todo, pero se imagina escribiendo. Sólo dejó una novela y unos cuentos que dan para un libro. Ése es el testimonio de su vida y de su tragedia de escritora. Yo creo que es suficiente. Escribió la mejor novela costarricense de todos los tiempos con La ruta de su evasión.
-Aparecen en su libro otras personas –como la poeta Eunice Odio y la cantante Chabela Vargas- de vidas intensas, conflictivas, ¿compitieron con el personaje central al momento de la escritura?
-Eso es parte de las vidas paralelas que crea la novela, y el conflicto entre todas estas mujeres está en la novela, en ninguna otra parte. Ni siquiera hay pruebas de que Chabela haya conocido a Yolanda. Pero entre Manuela Torres y Amanda hay un conflicto sin el cual la novela no existiría. Sobre Eunice, lamento que en mi novela tenga un papel secundario, merece una novela parte. Una poeta también extraordinariamente bella, otra exiliada, otra rebelde, y cuya muerte son aún más trágicas. Y Chabela Vargas… allí hay otra novela en su vida. Pero yo tengo a mi Manuela Torres en La Fugitiva, que compite con ella.
-¿Es interesante el armado de las voces, los relatos de esas mujeres que conocieron a Amanda, ¿se le cruzó la idea de contar la historia a través del mismo personaje?
-Alguna vez pensé que la novela debería ser contada por la propia Amanda, era lo justo. Pero en el camino vi que debía buscar la manera de que la relataran a ella, no yo, sino tres mujeres que la conocieron a fondo. Inventé entonces esos tres personajes, cada uno con su propia voz, con su propia visión, que hablan de manera independiente frente al entrevistador, sin saber lo que las otras dicen, por lo que sus testimonios son contradictorios, disímiles. Tres historias diferentes. Era lo que yo quería, porque la vida de alguien, cuando es contada por otros, en cada relato es una vida diferente.