"El policial es un género fundamental para la actualidad argentina"
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Derrocha energía e inteligencia, intuición y saber académico, imaginación y talento. Elsa Drucaroff es una de las más interesantes y afiatadas voces dentro de la actual literatura argentina.
A sus ensayos Mijail Bajtín, la guerra de las culturas (1995) y Arlt, profeta del miedo (1998), entre otros, en octubre se le sumará Los prisioneros de la torre. Política, relatos y jóvenes en la postdictadura, editado por editorial Emecé.
En esta entrevista, Elsa Drucaroff habla de su última novela y de Rodolfo Walsh, del género policial en la literatura argentina y de la reescritura de la historia y sienta su posición frente a la gestión del Gobierno ante la temática literatura y dictadura.
- ¿Qué te llevó a elegir a Rodolfo Walsh como personaje / protagonista de tu última novela?
- Nada especial, simplemente “vi” una escena (él escuchando la noticia del enfrentamiento en Corro en una radio, solo, en la clandestinidad) y sentí que ahí había una historia, un policial negro que contara la investigación que emprende, la última de su vida. Lo cuento en el postfacio de la novela. A mí al menos me ocurre que las historias me llaman, se me ocurre algo, o escucho algo y sé que si me pongo a escribir eso algo muy profundo de mí va a aparecer, que en esa historia hay algo mío. Y entonces escribo.
- ¿Qué recaudos tuviste al tomar este episodio particularísimo de la historia de Walsh?
- No sé a qué se refiere la palabra “recaudos”. Creo que ninguno, escribí lo que fue apareciendo en mi imaginación, los personajes fueron creándose y como siempre me pasa, en un momento en que terminaron de salir de mi niebla se independizaron y se pusieron a actuar relativamente por su cuenta. Ahora pienso que en la palabra “recaudos” tal vez pensaste algún límite ideológico o político, como si hubiera que tener “cuidado” cuando se habla de Walsh. Yo creo que la literatura es arte y el arte no tiene que tener cuidado con nada. Walsh es el héroe de mi historia de espionaje, de mi thriller, es el héroe porque así lo decidí yo y obviamente en su construcción también están mis opiniones y valoraciones, pero después está lo que él como personaje de ficción se puso a hacer en mi imaginación, y yo creo que quienes escribimos nos debemos a la libertad de nuestros personajes. Yo no venero a Walsh ni a nadie, no soy creyente. Puedo querer, admirar, pero siempre desde una mirada crítica.
- ¿Cómo fue el tratamiento de los documentos? ¿Cómo manejaste las categorías de ficción y realidad para lograr y sostener la verosimilitud?
- Los documentos, la realidad, son fuentes de comprensión y de inspiración en todas mis novelas históricas. Investigo el fenómeno histórico e intento entenderlo, llegar a una interpretación mía de qué pasó, que claro es siempre personal y política. También me sirve la investigación para inspirarme y armar tramas, elegir los elementos novelescos que encuentro y resaltarlos, o reinventarlos, o inventar otros nuevos que encajen en lo que yo he comprendido. Después “me olvido” de todo eso y me entrego a la literatura, a contar la historia que quiero contar. Y claro, esa comprensión anterior está ahí sobrevolando pero tengo muy claro que ahora mi tarea es construir un mundo, un verosímil novelesco, contar una historia, envolver a quien lee en un mundo que yo también me creo, que a mí me conmueve. Algo más: pocas cosas me dan más placer que insertar cuidadosamente mi imaginación, una historia mía, inventada por mí, en hechos históricos reales, y hacerlo de tal modo que lo que yo cuento engarce exactamente con ellos, que quienes leen puedan preguntarse: ¿y si realmente pasó esto? Y todo cierre. En la saga salteña llegué a la obsesión: no hay enfrentamiento entre gauchos y realistas, por pequeña escaramuza que sea, que no haya ocurrido realmente. Todo acontecimiento público que ocurre allí coincide en fechas y características con lo que la Historia ha registrado, al mismo tiempo todo lo otro es inventado, la historia es completamente ficcional y de género, son dos novelas de aventuras y espionaje. Esto no pasa en El último caso… todo el tiempo, pero sí en varias cosas importantes.
- ¿Cuáles fueron tus temores, si los tuviste, al afrontar el género policial?
- El policial había aparecido en las dos novelas de Güemes (La patria de las mujeres y Conspiración contra Güemes). Es un género que conozco, no tuve miedos especiales salvo el que siempre tengo: que me salga mal. P. D. James dice que el género es una maravillosa ayuda para quien escribe, un patrón general en el cual se puede ir engarzando la imaginación, las desviaciones, los recursos. Es cierto. Mi imaginación funciona mucho estimulada por los géneros, queriéndoles y discutiéndoles, burlándome y admirándolos. Yo me digo “este es un policial negro”, “esta es de ciencia-ficción”, “este es un melodrama” (El infierno prometido), “esta parte es un road movie” (segunda parte de El infierno prometido) y desde ahí me mando. Yendo a El último caso de R. W.: el policial tiene tal vez dos grandes temas: la Ley y la Verdad. Cuando digo ley me refiero a la ley humana, lo que “se puede” y lo que “no se puede” desde un texto social previamente escrito por los que consiguieron el poder para imponerlo. La ley nunca es abstracta, nunca es ajena al combate de clases y al combate de géneros (sexuales). Walsh en tanto guerrillero montonero desafía la ley de clases, en tanto detective e investigador es un buscador de la verdad de los hechos, un apasionado que busca que las palabras coincidan finalmente con las cosas. En su biografía, sus búsquedas de verdad fueron políticas, buscaba para imponer la justicia (que en él nunca es abstracta, es justicia de clase). Pero en este, su último caso, tal como lo construyo en mi novela, está eso pero hay un plus: busca la verdad sobre la vida de su hija y ahí aparece una dimensión tremenda y nueva que intenté explorar y que creo discute muchas cosas de la militancia de los años 70. Creo que elegí el policial para poder homenajear y también criticar la militancia de los 70 mientras homenajeaba y también criticaba el policial mismo. Pero estas son explicaciones ex post facto, en realidad lo elegí porque tenía ganas.
- Tus novelas corren, franquean o diluyen los límites de la nueva novela histórica. ¿Cuál es tu intención como escritora al remover los géneros literarios?
- No hay un propósito exclusivo, simplemente a mí me da un placer infinito hacerlo. Pero puesta a pensar te diría que los géneros literarios masivos (son los que hasta ahora al menos he frecuentado en mis libros) son un tesoro: codificaciones de sentimientos y estructuras profundas culturales de la modernidad, producidas por el cruce tan valioso y positivo del arte con el gran público, del arte que logra independizarse del rey y el papa y el mecenas, para autonomizarse y circular (igual que toda la riqueza humana) como mercancías, a través del mercado. Los géneros masivos (policial y sus variables, aventuras, ciencia-ficción, melodrama) suelen tener una raíz plebeya y “comercial” que me fascina y me conmueve. Ya sé que de todos ellos se pueden rastrear orígenes antes de que existan mercado, burguesía, modernidad, pero son orígenes que hoy se ven así. No hay género literario como tal hasta que no hay conciencia de ese género en escritores, editores y público, y esa conciencia, indudablemente, se produce en un ida y vuelta entre el reconocimiento y la demanda de los lectores, las decisiones editoriales, los escritores. Y la parte de los escritores que me interesa siempre es la de la inclusión crítica en los géneros. Al mismo tiempo que los queremos, los manoseamos, les faltamos el respeto, los reformulamos. No hay ningún gran escritor de género que no lo haya hecho. O lo inventó, o lo reformuló. Si no, nadie lo recuerda.
- Los temas de tus novelas abordan temas y problemáticas que llevan signos traumáticos de nuestra historia, de la Zwi Migdal a la dictadura. ¿Cómo definirías, si es posible, tu particular reescritura de la historia?
- Esto sí es bastante intencional, elegir temas traumáticos. La definiría con una hermosa palabra: “crítica”. Reescritura crítica. Bajtín dice que la crítica empieza cuando un conjunto de discursos, escritos, pronunciados, no importa, no se entienden como un conjunto de oraciones sino como un enunciado. Es decir, cuando los percibimos como una acción sobre un mundo concreto, palabras dichas por alguien, a alguien, en determinada situación, con determinado proyecto, cuando los entendemos como parte del devenir humano en una historia conflictiva, atravesada por luchas, de clases, de géneros sexuales. A mí no me interesa la historia como conjunto de datos ni como pasado por el pasado mismo, ni como tesoro informativo en sí, me interesa como enunciados concretos en los que seguimos peleando qué presente queremos.
- En lo personal, ¿qué aprendiste de él, qué te acerca y qué te distancia de Walsh?
- Me acercan su amor por la verdad, su voluntad de coherencia, su toma de partido por los débiles y los humillados y los oprimidos, su amor por la escritura y la literatura. Me alejan su masculina convicción de que hay que privilegiar lo público sobre lo privado (lo que no supone de ningún modo que yo invierto la fórmula, para nada; simplemente no creo en esa oposición, me parece dañina e inhumana). Su masculina idea del estoicismo y el sacrificio para someterse a “una causa” (me molesta ese singular, y además tener causas no tiene por qué implicar el ahogo de razones que provienen de otros lugares valiosos y no tienen por qué ser desoídas). Igual estoy hablando de Walsh personaje, de cómo yo lo imagino.
- ¿Advertís una reactualización del policial en Argentina?
- El policial es un género fundamental para la actualidad argentina. ¿Por qué? Transcribo para responderte el magnífico Decálogo del policial negro argentino actual que escribió Carlos Gamerro, el escritor de una de las mejores novelas argentinas de los últimos treinta años, Las islas, policial negro, ella también. Escribe esto antes de este final de la impunidad al que estamos asistiendo, me parece importante subrayarlo porque si bien mucho a lo que alude sigue teniendo actualidad, creo que hay cosas que están cambiando: 1. El crimen lo comete la policía; 2. Si lo comete un agente de seguridad privada o —incluso— un delincuente
común, es por orden o con permiso de la policía; 3. El propósito de la investigación policial es ocultar la verdad; 4. La misión de la Justicia es encubrir a la policía; 5. Las pistas e indicios materiales nunca son confiables: la policía llegó primero. No hay, por lo tanto, base empírica para el ejercicio de la deducción; 6. Frecuentemente, se sabe de entrada la identidad del asesino y hay que averiguar la de la víctima. A diferencia de la policial inglesa, la argentina suele comenzar con la desaparición del cadáver; 7. El principal sospechoso (para la policía) es la víctima; 8. Todo acusado por la policía es inocente.
Hay algunos nombres muy interesantes, nombraría además de Gamerro, a Leonardo Oyola, Germán Maggiori, Marcos Herrera, Alejandro López, Beatriz Vignoli, Lucía Puenzo, Alejandro Parisi, Ricardo Romero, Cristian Rodríguez, Martín Malharro, Miguel Ángel Molfino y otros. Todos ellos incursionaron en el policial negro o en el thriller de modos notablemente nuevos y diferentes entre sí, como Claudia Piñeiro cuando construye su ama de casa detective corrupta en Tuya, o Guillermo Martínez cuando arma sus policiales donde lo que se cuestiona es el límite mismo de lo que es un crimen. Acaban de ganar un premio acá en Mendoza dos escritores (Gabriel Dalla Torre y Lucía Bracelis), es la novela que estoy leyendo en este momento y por ahora me gusta mucho y también me parece que da una vuelta de tuerca al género.
- ¿Creés que el Gobierno nacional está recuperando legítimamente a los escritores que padecieron la dictadura o que sólo están siendo utilizados como propaganda oficial?
- Muchas cosas con que disiento en la formulación de esta pregunta. Por empezar, a Walsh no lo recuperó el gobierno nacional, desde el comienzo de la democracia se escribe sobre él, se lo lee muchísimo, las academias de distintos puntos del país le dedican congresos, clases, publicaciones. Hay una montaña de bibliografía crítica especializada sobre Walsh desde 1983. No precisaba ser “recuperado” porque nunca se olvidó, incluso durante la dictadura siguió siendo conocido. Su Operación masacre fue llevada al cine en los primeros años de los 70. La cantidad de ediciones que llevan vendidos muchos libros de Walsh en estas décadas es enorme y no tiene que ver con el gobierno nacional. Por otra parte, si un poder político (cualquiera) recuperara –saca del olvido- la figura de algún intelectual o artista (no es el caso de Walsh), no veo por qué eso podría ser “ilegítimo”. A lo mejor es ilegítimo ese poder (no el kirchnerismo, que ganó siempre democráticamente), pero no la recuperación en sí. Recuperar un hecho cultural es siempre válido, permite que todos leamos y en todo caso discutamos si es valioso o no.
Tampoco me convence que la pregunta hable de “recuperar a los escritores que padecieron la dictadura”. Padecer la dictadura no es un valor literario y el kirchnerismo no recuperó “escritores”. Lo que hizo (y es una de las cosas más importantes que ocurrieron desde 1976) es terminar con la impunidad de los que ejercieron la represión, tortura, desaparición y muerte contra mucha gente, alguna de esa gente fue escritora. Lo que recuperó (ahora sí) fue la relación entre los delitos y las penas, algo esencial para el funcionamiento de cualquier sociedad, sea de izquierda o de derecha. Hay mucha gente desaparecida que dejó obra, Walsh es uno. En ese sentido, en tanto desaparecido por la dictadura militar, “recuperar” a Rodolfo Walsh no es recuperarlo como escritor sino como víctima de la dictadura. El Estado ahora le reconoce esa condición y se propone castigar a sus victimarios. Si con “recuperación legítima” te referías a si es porque escribe bien o porque fue desaparecido, te diría que no es pertinente su valor artístico para esa “recuperación”. Como tantos otr@s intelectuales desaparecid@s, Walsh simplemente es una prueba más de que las víctimas de la dictadura pertenecieron a los estratos más dinámicos y pensantes del país.
En cuanto a la pregunta por si eso es “propaganda” oficial, no veo qué cosa “propagandizaría”. Lo que hace es rehacer la relación entre delitos de lesa humanidad y castigo a quienes los cometieron. Si propagandiza eso, me parece muy bien que se divulgue e instale la idea de que delinquir ya no es más impune. Porque entonces tantos delitos posteriores permitidos, no castigados y hasta auspiciados desde el poder, que tiñen la Argentina desde 1983, puede quebrarse. La gente ahora piensa dos veces antes de delinquir de modos atroces sin castigo alguno, como ocurrió con los pollos de Mazorín en el alfonsinismo, con el propóleo envenenado en el menemismo, con las muertes de Kosteki y Santillán, ordenadas por el poder, con tantas otras atrocidades que no tuvieron castigo. Quien cree que entre la corrupción estructural del sistema político argentino y la impunidad a los represores que el alfonsinismo primero y el menemismo después se encargaron de sancionar no hay una relación, está muy equivocado. Quien cree que entre el fin de esa impunidad y el hecho de que Pedraza esté preso no hay una relación, también.
No digo que ha terminado la corrupción estructural del sistema político entero, para nada. Digo que está terminando la impunidad y que más allá de hipocresías oportunistas de la mayor parte de la oposición, la corrupción del sistema político no es un hecho puntual que se explica por la deshonestidad personal de un funcionario, sino un modo sistémico de acción y funcionamiento desde al menos la mitad de los ochenta, que se instaló en la médula social, con el consentimiento activo de los mismos que hoy se rasgan las vestiduras con las declaraciones juradas de los funcionarios, y que ese enquistamiento profundo del delito en el poder tiene directa relación con la impunidad enfermante y traumática en que vivimos hasta que empezó a terminarse en 2003, con el gobierno de Néstor Kirchner.
Para una sociedad no es gratis que torturar, tirar gente viva al río, secuestrar bebés, hacer fortunas robando casas de víctimas, etcétera, no tenga castigo. Haya o no guerrilla, haya o no lucha armada, hayan hecho las víctimas lo que hayan hecho, hay cosas que no se pueden hacer ni justificar nunca. Una sociedad que las justificó y no las castigó es una sociedad que se descompuso. Si recordar a Walsh sirve para propagandizar que la impunidad se terminó, me parece completamente legítimo. Tengo muchas críticas para hacerle al kirchnerismo pero no esa. Néstor Kirchner dijo una vez “nos atacan por lo que hicimos bien, no por lo que hicimos mal”. Estoy completamente de acuerdo. Yo los aplaudo por lo que hicieron bien y frente a los que los atacan por eso, los defiendo.
Patricia Rodón