Robert Zaldívar: "Me gustaría planificar la Mendoza de los próximos 20 años"
Se ocupa de uno de los sentidos más sensibles del ser humano: la vista, los ojos, el espejo del alma, la conexión con el mundo, la ventana por donde vemos las cosas tal cual parecen… el último órgano del que uno quisiera enfermar. Es el médico científico capaz de operar varias horas al día, de atender 70 cirugías láser en una jornada, o la mitad de ello si se trata de lentes intraoculares. Obsesivo en la búsqueda de la perfección de los procesos, Roberto Zaldívar (54) despegó de Mendoza hace muchos años, pero no se fue jamás. Logró un modelo de gestión de salud, de nivel, de excelencia internacional, que queda muy lejos, muy por encima de donde la pobreza corroe, a apenas unas cuadras de su instituto.
A Roberto Zaldívar no le gustaría ser gobernador, aunque le han ofrecido cargos políticos. Preferiría en cambio ser el planificador de la Mendoza de los próximos diez, quince o veinte años. Ha pensado, también, cómo hacer de ésta una provincia mejor. Y propone un abordaje distinto de la inseguridad, donde piensa que el problema está mal enfocado “desde el principio”.
-¿Cómo es la higiene mental de su trabajo? ¿Con qué se distrae? ¿Tiene tiempo de pensar en otra cosa?
-Bueno… no hay mucho para hacer. A veces me entretengo con Discovery o History Channel. Me entretienen los canales de divulgación… También me gusta mucho el deporte. Tres veces por semana hago gimnasia de manera obligada…
-¿Obligado? ¿Por qué?
-La realidad es que necesito hacer gimnasia y trato de adecuar todos los horarios para ello. Lo tomo como una rutina. Hago de todo un poco… pesas… aeróbico… flexiones… En el invierno quiero ir a esquiar así es que ahora me preparo un poco. Me gusta el tenis, aunque lo juego más en verano, especialmente en vacaciones… Me gustan los deportes, lo que sucede es que es muy difícil organizarse. Ahora estoy tratando de volver al golf. Lo practiqué en los ‘80. El golf es bueno… es muy especial… no te sentís seguro nunca, por bueno que seas… Tiene además algo muy agradable… uno puede pasar dos o tres horas caminando con los amigos y conversando. Uno de los secretos del golf debe ser no tomárselo tan en serio… Si no, la pasás mal… También me distrae mucho hacer planes… pensar en construir… estar con alguna obra…
-¿De qué otras maneras se cuida?
-Trato de hacer una dieta más o menos controlada. El problema es que como viajo mucho, es más difícil… me invitan a muchas cenas y uno no puede controlar lo que come. No bebo alcohol… Cuando estoy en Mendoza trato de ordenarme.
-Demasiado avión conspira contra las dietas…
-El avión, y los cambios de horarios… Me afecta bastante el “viaje horizontal”, en dirección a Australia, Emiratos Arabes o Sudáfrica; un poco menos viajar a Europa y casi nada a los Estados Unidos. El jet lag horizontal ‘me mata’. Hace poco viajé a Indonesia, a Bali, y tardé muchísimo tiempo, muchos días, en adaptarme…
(Video documental sobre el Instituto Zaldívar)
-¿Cómo fue su relación inicial con la oftalmología? ¿La heredó, realmente quería eso? ¿Mandato familiar?
-Yo era hijo único y mi padre me llevaba a todos los congresos desde muy chico, porque no podía dejarme con nadie. Así es que tal vez al año, o a los dos años, comencé a ir de viaje a todos los eventos de los oftalmólogos, que me usaban de “mascota”, o para ayudarlos a conectar los instrumentos, o hacer cualquier otra cosa… Se fue dando de manera natural. Fue el ambiente donde crecí… Pensé en ser médico para estudiar oftalmología… Y dudé algún tiempo sobre si seguir o no arquitectura, que me gustaba mucho… Pero la mayor influencia fue sin dudas la oftalmología. Mi padre no me decía nada, pero me daba todas las facilidades para que yo siguiera la carrera. Me fui inclinando por lo que sabía. Conozco a mucha gente en la medicina que dice “yo jamás haría esto… o lo otro…” y cuando finalmente lo aprenden, después lo hacen… y aquello que parecía difícil o feo, termina siendo sencillo. Eso me pasó dentro de la oftalmología. Lo curioso fue que no seguí la especialidad que tenía mi padre…
-Bueno… en aquella época era una ciencia mucho más general… ¿no?
-Sí, claro… él era un profesor… era algo así como una obligación saber todo. Pero él se fue inclinando por lo que se llama “segmento posterior”, en retina. Era lo que más hacía, y de lo que hablaba en los congresos. Yo fui a Boston a estudiar y capacitarme, y me especialicé en “segmento anterior”, aquello me sirvió para lo que hago ahora, que se llama cirugía refractiva.
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Zaldivar, en plena tarea.
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-¿Cómo se llega a la excelencia desde Mendoza?
-¿Quería quedarse en Estados Unidos?
-No. El clima de Boston era muy duro y buscábamos otra cosa. Yo había tenido la oportunidad de ir a Emiratos Arabes. El jefe que tenía en Boston era a la vez jefe de desarrollo de una empresa que estaba construyendo el Hospital Rey Kalhed, en Riad. Me decía ‘venite, que allí necesitamos a alguien como vos…’ Yo estaba muy entusiasmado con esa posibilidad. Era como una aventura con la mayor tecnología de entonces, los árabes estaban en su apogeo. Yo tenía 26 ó 27 años… Nos decidimos por ir a Arabia Saudita. Yo ya vivía con mi esposa. Pero cuando nos mostraron la reglamentación a la que tenían que someterse las mujeres allí, retrocedimos. Esto fue antes de la apertura que marcó la Guerra del Golfo… Arabia Saudita era uno de los reinos más cerrados que existían. Aún conservo el libro con las reglas que tenían los árabes. Hoy parece chiste, pero el que robaba recibía 30 latigazos, si chocabas ibas directamente una cantidad de días a la cárcel hasta que se demostraba cómo había sido el accidente. Las mujeres no tenían ningún derecho… Los extranjeros vivían prácticamente en islas, las embajadas no tenían ingerencia, ni la norteamericana, ni mucho menos la argentina. Así es que decidimos volver al país. Hubiese sido muy divertido ir a Arabia… aquel hospital era increíble, con la última tecnología. Aquí el presidente era Alfonsín, y había crisis económica. El desequilibrio era muy grande. Un departamento de una habitación en Boston, donde vivíamos, costaba diez veces lo que uno similar aquí. Finalmente volvimos, y a partir de allí la decisión fue optar entre Buenos Aires, o Mendoza.
-¿Cómo tomó la decisión de instalarse en la provincia?
-Fue un desafío. Fue pensar ‘por qué no se puede hacer como en Estados Unidos’, donde hay centros trascendentes fuera de la capital, o fuera de las ciudades importantes. Allí hay muchas compañías instaladas en ciudades que no son tan grandes, y muchas ciudades realmente importantes.
-Un esquema mucho más federal…
-Claro. Uno puede hallar lo que se le ocurra. Podés pensar en algo y no necesariamente lo vas a encontrar en Nueva York o Los Angeles. Si pensás en aviones, los fabrican en Seattle… pensás dónde está IBM, en California… Los tractores John Deere, en Illinois… Todo está muy distribuido. En la Argentina es muy raro hallar algo importante que no esté en Buenos Aires, salvo lo regional, como el vino…Por eso decidimos venir acá.
-Habrá sido muy duro al principio…
-Sí. Muy duro. No existían las comunicaciones. Ni siquiera el fax. No había nada. Demoraba horas llamar a Estados Unidos. Por muchos años, fue muy duro.
-Me imagino cómo habrá sido acceder al material de estudio…
-Nos suscribíamos a todas las revistas, pero a veces no llegaban, o llegaban muy tarde, o se las robaban… o cualquiera de esas cosas a las que estábamos acostumbrados. Pero como empecé a viajar muchísimo, me mantenía conectado con el mundo de esa manera. Debo tener unos 300 viajes a Estados Unidos, unos 30 a Europa, otro tanto a Asia… Me he hecho un pasajero muy frecuente. Muchos kilómetros, y con algunos viajes muy locos.
-¿Por ejemplo?
-He ido al norte de Australia por un día. Un récord de locura. 50 horas para llegar… estar, y otras 50 para volver. Tenía una conferencia importante y no debería haber ido… tenía muchos otros compromisos tomados con anterioridad. Pero en esa época hacía todo, y si iba y volvía en el día lo podía hacer. El asunto es que la conferencia que tenía que dar era muy importante, pero en una ciudad muy pequeña que no figuraba en los mapas, que se llama Coolom. Alguien me dio el dato de que en una petrolera que estaba en Mendoza había unos australianos, y ellos me explicaron que Coolom era un pequeño lugar turístico al que era difícil llegar. No sé cuántas escalas hice, y cuantos planes… Creo que hice Isla de Pascua, Papeete, Auckland, Sidney, Brisbane, y un avión chiquitito para llegar a Coolom. Llegué destrozado, a la mañana, me liberé cerca de las cuatro de la tarde. A las seis era la cena. Yo era el invitado principal, el homenajeado, a raíz de la conferencia. Quise ‘tirarme’ a descansar media hora, y me pasó por primera vez que no escuché nada. Ni despertador, ni teléfono… vino la seguridad del hotel a despertarme. Abrieron la puerta, y pasaron… Alcancé a llegar al final de la cena, así como estaba, y después otras 50 horas de regreso…
(Video testimonial: Ricardo Darín, operado por Zaldívar)
-¿Cuáles son los factores críticos de éxito, para que el Instituto haya llegado a donde está? ¿Es más importante lo médico, la gestión, la administración, la eficiencia, cómo trabajan?
-Todo es importante. Aquí no sucede como en otros sitios, por ejemplo Estados Unidos, donde la parte institucional de la salud es profesional. Eso existe... Hay administradores de medicina y todos los sistemas funcionan. El médico que es jefe de ahí, sólo tiene que pensar en eso: ser el jefe médico. Acá, hay que rebuscárselas en soledad, o trabajar en una institución que tiene otro tipo de nivel. Para hacer algo competitivo aquí hay que empezar desde cero. Entrenar a la primera persona desde el primer nivel hasta el último, entrenar a los médicos, encargarse de las relaciones internacionales con las empresas del mundo para obtener los mejores equipamientos… Es una labor muy… ‘múltiple’. Tuvimos que pensar en logística, comunicaciones, procesos de eficiencia… Es la única manera de hacer algo bien desde aquí. Nosotros pensamos en hacer bien la medicina, pero para eso tiene que funcionar a la perfección todo el resto. Es una obligación el tener un sistema que funcione bien. Creo que hemos logrado llegar a un nivel de sistema, de funcionamiento, muy aceptable, que realmente sorprende incluso a los muchos extranjeros que vienen.
-Del 100 % de su tiempo profesional… ¿Cuánto dedica a operar, y cuánto a la formación?
-Prácticamente la mitad. Sucede que uno a veces se está formando y no lo hace de manera formal. Es decir, no se sienta a leer un libro. Pero si voy a un congreso y charlo con un colega sobre un tema en particular, estoy aprendiendo. Voy a congresos donde hablo, habla el de al lado, y todos aprendemos. Tengo muchas reuniones de “advisory boards”, los grupos que recomiendan qué tecnología usar en el futuro. Se trata de gente muy calificada, de un nivel altísimo, ingenieros y médicos, y en las discusiones internas se aprende muchísimo. Hay un gran intercambio entre los que están desarrollando tecnología. Es un aprendizaje continuo. En cada viaje tengo veinte reuniones de esas, y aprendo... Además, leo mucho en el avión… en todas partes. En todo lo que hago aprendo algo. Es muy raro que vaya a un lugar y no aprenda nada. Si a alguien le pasa eso, está en el lugar equivocado, o no sabe dónde está, o planificó mal, o algo le pasa.
-¿Qué prefiere... ser médico, investigador, o científico?
-Lo que más me gusta es la investigación clínica. Es estudiar de forma técnica y matemática los resultados de lo que hacés… Eso te da un cúmulo de información muy importante. Apasiona… es lo que permite avanzar en la medicina. Hay dos tipos de medicina. Una convencional, donde estudiás una cosa, sabés que ese es el tratamiento para alguna enfermedad, y cuando el paciente ya está bien, listo… pero hay otra, donde también aplicás lo que estudiaste, y después seguís al paciente en el tiempo. Eso te permite profundizar en otro tipo de factores, investigar y saber por qué un paciente puede estar bien, mejor, mucho mejor, o no tan bien. Es el seguimiento de todas las técnicas quirúrgicas y procesar luego esa información, para obtener nuevas soluciones.
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Zaldivar, y su clásico gorrito "de Argentina".
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-Usted se ha apoyado mucho en la tecnología para desarrollar su tarea…
-Eso es muy común ¿no? ¿Es cuando se deforma la cornea?
-Claro… la cornea está ovalada, y con la cirugía se redondea. Trabajamos en mejorar las tecnologías para que las cirugías sean menos invasivas. Que resuelvan el problema de otra manera. Nosotros estamos usando una tecnología que hemos desarrollado, que lo hace de manera “casi” mágica con una técnica que también hemos hecho nosotros. Redondea la córnea casi sin tocar el ojo. Cuando uno disminuye la agresividad de la técnica, la recuperación es mucho más espectacular y hay mucho menos problemas postoperatorios.
-Bueno… igualmente no hablamos de una ciencia exacta…
-Nada es exacto. Yo siempre les digo a las personas, cuando preguntan “doctor el riesgo de que haya problemas es ‘cero’”, que eso no es medicina. Lo que uno intenta hacer es disminuir los riesgos cada vez más y trabajar para que estos sean infinitamente menores. Ahora, si vos tenés un médico que ha hecho eso unas cien mil veces de manera exitosa, es lógico que el margen para que haya problemas es muchísimo menor. Si a su vez ese médico está operando en un lugar de alta tecnología que ha desarrollado técnicas, métodos y aparatología para que él haga esas operaciones, el riesgo es menor aún. Y si además la administración, la gestión, los sistemas de ese lugar son altamente profesionales, el riesgo es menos que minúsculo, pero jamás es “cero”.
-Ya cumplió más de 30 años de carrera… ¿Encuentra todavía casos que le sorprendan?
-Siempre. Es muy difícil que en medicina haya algo en lo que no aparezca una cosa nueva. Son miles de factores que se combinan. A lo mejor en algunos casos hay diez factores iguales pero uno no lo es y eso hace diferente el caso. Es lo mismo que en la lotería. Hay siete números que uno puede acertar pero el octavo lo cambia todo. Siempre hay cosas nuevas. La diferencia es que tenemos mucha experiencia, hemos operado mucho y es raro que haya muchas cosas que nos sorprendan. Pero siempre aparecen… Operamos mucho. Cuatro días de la semana y el quinto, con los residentes para la gente que ingresa a través de la Fundación.
-¿En qué momento empezó a hacer trabajo social con el Instituto?
-Hace mucho… lo que sucede es que la Fundación ha tenido un perfil muy bajo, pero hemos atendido a muchísima gente, unos 40.000 ó 50.000 al año. Funciona con presupuesto del Instituto, mayoritariamente, y con algunas donaciones particulares. Los que más donan son pacientes del Instituto, especialmente los de afuera de Mendoza, que son el 90 % de las personas que opero.
-¿Cómo es su relación con Mendoza?
-Muy buena, imaginate que todo lo he hecho por acá… Desde el inicio, cuando tomamos la decisión de instalarnos en Mendoza. Mi relación con la provincia es excelente y me gusta Mendoza. Tengo una clínica en Buenos Aires donde pasan el 60 ó 70 % de los pacientes que tengo, es decir, la mayoría, pero uno de los valores agregados del Instituto es que se hizo acá. Si yo me fuese a operar a Buenos Aires se que terminaría viviendo allí, y no quiero. Me encantaría que en Mendoza hubiese muchos polos como éste, no tradicionales. A ver… el vino lo hizo y es muy bueno lo que han logrado, pero era lo que había que hacer aquí donde es la tierra del vino. Me hubiera encantado que hubiese en Mendoza distintos polos de desarrollo tecnológico, por ejemplo. Yo hice muchísimo esfuerzo para que empresas de alta tecnología se instalasen en Mendoza. Traje presidentes de todo tipo de compañías mundiales. Hace un mes hablamos con el presidente de AMO Medical Optics, para que se instalen aquí. AMO es de Abbott, uno de los dos gigantes mundiales de medicina con una rama óptica, y se están expandiendo. Quería que se instalasen en Mendoza. Tienen plantas en la India y Malasia, pero esta parte del mundo han elegido Costa Rica. Cuesta mucho convencer a las empresas de que se instalen aquí.
(Video testimonial: Francisco De Narváez)
-Claro… ¿qué ventajas podemos ofrecer como provincia?
-Hay factores que no ayudan, y hacen que no sólo no tengamos ventajas comparativas sino que aparezcan desventajas. En riesgo laboral, estabilidad jurídica, conflictividad, vamos “para atrás”. Ellos buscan saber si es fácil exportar, o importar insumos para fabricar aparatología, si hay conflictos… Se supone que uno fabrica alta tecnología y necesita materiales de Suiza, o Alemania… ¿es fácil traerlos?
-¿Le afectaron de algún modo las restricciones a las importaciones impuestas por el gobierno nacional?
-No aún porque la parte quirúrgica no ha sido muy afectada. Sí la de medicamentos, porque hay algunos que son insustituibles. Justamente estuve reunido con el presidente de una firma norteamericana instalada aquí, importante, y me dijo eso: tienen problemas para importar medicamentos.
-Con tanto mundo encima… ¿cómo ve hoy Mendoza?
-Me da la impresión que es un lugar mucho más fácil de vivir que, por ejemplo, Buenos Aires. Creo que ha mejorado mucho en oportunidades. Lo palpo con el turismo, con la gente que veo en los aviones… Antes veía turismo de paso y ahora veo otro tipo de turismo, con la mitad del avión hablando en otro idioma. Veo aquí en el Instituto el tipo de gente que llega. Pero Mendoza debería tener 30 veces más oportunidades de las que tiene, terminar de ordenarse, de hacer las cosas que se deben hacer para ser una isla de atracción.
-Nunca termina de explotar sus potencialidades… ¿no?
-No, no termina… Mendoza podría haber progresado exponencialmente si hubiésemos atraído al turismo calificado nacional. El extranjero, vendría lo mismo. Si a un chico de Buenos Aires de 20 ó 25 años, bien formado, de “primera clase”, le ofrecemos condiciones suficientes, se viene volando, porque en Buenos Aires la gente vive estresada. Pero acá se encuentra con que no tiene nada que hacer. Por eso digo que habría que generar esos polos de tecnología, desarrollar cosas que sean atractivas. Eso hubiese hecho explotar Mendoza. Tenemos mejor clima, mejores condiciones de vida…
-Bueno, pero si yo necesito ahora el cargador de esta computadora, lo más probable es que lo tenga que conseguir en Buenos Aires… ¿no?
-Sí, es lo que estoy tratando de transmitir. Hay muchas cosas que la provincia no terminó de desarrollar… no sé por qué…En una Mendoza desarrollada hubiese sido más fácil, incluso, un instituto como éste. Lo que sí puedo decir es que hubo un cambio monstruoso en la vitivinicultura y en el turismo internacional, y ayudaron mucho los hoteles, claro.
-Le ha tocado convivir con muchos gobiernos nacionales de distinto tipo… ¿cómo ha sido la relación? ¿Quiénes le han hecho más sencillas las cosas, al ser el Instituto una marca de excelencia de la Argentina?
-Creo que he tenido una relación cordial con todos, básicamente porque no tenemos ningún tipo de dependencia del gobierno nacional. Al contrario, a través de la Fundación atendemos gratis a mucha gente que viene del lado del gobierno. No tenemos ningún tipo de subsidio, ni nada que se le parezca, con nadie. La relación ha sido cordial. Ahora, tampoco ningún gobierno se ha preocupado por ayudarnos a desarrollar alguna cosa, a hacer algo… Eso ha sido “cero”. Todo lo que hemos hecho ha sido iniciativa privada. Habrán ayudado a destrabar alguna cosa normal, pero nada más.
-¿Le interesaría ser un actor de la política, participar, meterse, ser candidato?
-Yo lo he pensado muchas veces e incluso me han ofrecido algunas cosas. Pero la realidad es que por mi forma de actuar, es muy difícil que pueda participar en política.
"Si me dijeses 'te gustaría ser gobernador' la verdad es que no me gustaría. Tendría que dedicarle mucho tiempo a cosas a las que no le tendría paciencia..."
-¿Por qué?
-Porque soy una persona muy ejecutiva que lo que sabe, lo hace. Y en un sistema político se necesita de muchísimos acuerdos para hacer algo… Tendría problemas para llevar adelante todo. No estoy acostumbrado a sistemas tan deliberativos. Más bien, me gusta que si hay un problema, veo lo que pasa y lo resuelvo. No tengo mucha paciencia. Lo de estar logrando consensos para cada cosa… la verdad, no me veo en ese papel… Si vos me dijeses “te gustaría ser gobernador”, la verdad es que no me gustaría. Tendría que dedicarle mucho tiempo a cosas a las que no le tendría paciencia, esa es la verdad. Pero si me dijesen “Le gustaría ser ministro de planeamiento de Mendoza para los próximos 20 años”, y planearla íntegra desde lo urbanístico, arquitectónico, y social, me gustaría. Algo que no tuviese que someterme al deterioro diario de si una cloaca tiene que pasar por aquí o por allá, eso sí me gustaría. Claro que ese tipo de cargos no existe, habría que ‘fabricarlos’. A mí me encanta planear, y soy obsesivo del funcionamiento. Si algo no anda, me pondría 20 veces a ver por qué no funciona. Tiene que ver con los procesos, con la manera de hacer las cosas. Nosotros recibimos gente de todos lados y no somos destacados en el Instituto sólo por eso, sino por nuestros sistemas de funcionamiento. Somos eficientes en los tiempos de cirugía, en el flujo interno de los pacientes, hemos mejorado mucho nuestros procesos, al punto de ser una de las clínicas más destacadas por su eficiencia.
-Usted destaca la eficiencia, justamente algo que no se ve demasiado en términos médicos en Mendoza, desde sacar un turno y que el médico llegue tres horas después, hasta que anulen el horario de un estudio clave que el paciente necesita…
-La eficiencia es una materia. Hay que incorporarla. Tiene que ser natural, innata, y acá lo innato es lo contrario de la eficiencia. Yo me peleo en el Instituto todo el tiempo con todo el mundo por todas las cosas para lograr procesos más eficientes, y no es sólo un tema de horarios. Si uno no analiza por qué se produce un problema de ineficiencia, va a suceder cien veces, como sucede aquí. Hay que estar todos los días encima. A ver… si uno tiene un trámite o una compra y ve que el mismo día siempre se arma la misma cola de gente, y no analiza y descubre que justo ese día se juntan los que tienen el apellido con la letra tal, y que son más que el resto, no lo va a resolver, y no va a descubrir que tiene que poner nueve bocas de salida en vez de una. En esas cosas soy muy obsesivo, muy perfeccionista. Por eso me hubiese gustado trabajar en el planeamiento de diez o quince años de Mendoza, y no estar en los asuntos diarios de resolver algo de una mañana para la otra. Cuando es así, es difícil que salga bien. Yo quiero planear “cómo hacer para que Mendoza sea la segunda más importante de la Argentina en diez años”, en todo: en calidad de vida, en orden, en respeto, en oportunidades, en desarrollo, en seguridad… eso sí me encantaría…
-¿Cómo ve el problema de la inseguridad?
-Es un tema muy amplio como para tratarlo de manera liviana. Pero creo que no se han puesto en marcha ni se han pensado mil soluciones distintas que podrían practicarse… desde cómo se piensa un nuevo complejo habitacional. Ya ese complejo no está concebido pensando en la seguridad. Es decir, pensar desde el principio. Uno le tiene que dar soluciones habitacionales a las mismas personas en los mismos lugares, que hoy no tienen capacidad de trabajar. El problema va a seguir, porque esa persona no tiene capacidad de trabajo. Yo les he sugerido a varios, hacer “ciudades turísticas”, así, entre comillas, en lugar de barrios donde sólo entran los vecinos. He visto en Túnez, en Marruecos, en Arabia, soluciones que se pueden aplicar aquí. Sin en lugar de los complejos habitacionales habituales que hacen los gobiernos, construyen algo mejor, atractivo desde lo arquitectónico y lo urbano, casas económicas pero con muy buen gusto… y después a los habitantes de esas casas se les capacita y se les da herramientas de trabajo en manufacturas como la hilandería, artesanías, dulces, pequeñas producciones muy atractivas, ese barrio va a ser interesante para el turista, y para el vecino, que además de su casa va a tener la dignidad del trabajo. En vez de ser una cueva aislada, tiene que ser un lugar al que el turista se pelea por ir, siempre y cuando no lo asalten. La inseguridad va a bajar porque esa gente va a estar comiendo, va a sentirse digna, va a trabajar, va a tener su casa bonita y va a progresar. Eso es una forma distinta de combatir la inseguridad, con respecto a las soluciones que se tienen ahora.
-Los famosos que se atienden en el Instituto… ¿vienen aquí por problemas estéticos más que médicos? ¿Cómo llegan a Zaldívar?
-La mayoría de ellos tienen en verdad defectos en la vista, y llegan aquí porque lo han escuchado de otro. Ha funcionado mucho el “boca a boca” en este sentido. Durante los últimos 20 años hemos visto y atendido todo tipo de personas. Desde los actores y políticos más importantes de Buenos Aires, al ciudadano más pobre de Jujuy. He visto a tres premios Nobel aquí en Mendoza, o me ha tocado operar a la esposa de Leloir, o personas importantes como una sobrina del rey de Malasia… o gente trascendente de Asia, Estados Unidos… Hace unos días estuvo Ricardo Montaner… En la política, han venido aquí de un extremo al otro del arco ideológico. Es por el prestigio que se ha ganado el Instituto. En Mendoza no se conoce bien el nivel que tiene el Instituto. Aquí recibimos entre un 90 y 92 % de gente de afuera de Mendoza. Hace unos días hicimos el cálculo: hemos traído a Mendoza en los últimos 15 años cerca de 300.000 personas de afuera de la provincia, para atenderse en el Instituto. Muchas de esas personas no habían venido nunca antes a Mendoza. Muchos de ellos se entusiasmaron, hicieron miniturismo, empezaron a comprar y hacer bodegas, a tener negocios aquí, les termina gustando esta provincia.
-¿Cómo va la tercera generación de oftalmólogos Zaldívar?
-Estamos haciendo un esfuerzo muy grande para preparar la próxima generación de oftalmólogos mendocinos, con nuestra residencia, donde en general entran dos al año, a veces tres. En una de esas generaciones está mi hijo Roger. Creo que lo está haciendo muy bien, empapándose de muchas cosas muy asimétricas, como lo hice yo. Muchos viajes… congresos… Hace mucho tiempo me di cuenta de que la rama que nosotros hacíamos estaba muy relacionada a la óptica física, a la ingeniería, todos los desarrollos son de esa rama; así es que lo estuve entusiasmando con eso, para que estudie más sobre ese aspecto. Pasó unos meses en Houston, estudiando, y después otros seis en la Universidad de Ingeniería Optica, en Tucson, Arizona. Él estudia mucho más de lo que estudia un médico 'promedio' sobre estas cosas, y le va a ser de gran utilidad en su carrera. Tiene muchas ideas y conocimientos sobre estos aspectos técnicos, que le dan otra mirada cuando tiene que discutir investigación clínica con los ingenieros de las empresas de desarrollos. El idioma de intercambio entre médicos e ingenieros es difícil. Hubo que desarrollar un idioma común para entender qué quiere cada uno.
-Es muy desafiante…
-Claro… Cuando uno ingresa a la facultad de medicina cree que no verá nunca más matemáticas, integrales, física… y estos desarrollos implican todo aquello.
-La vista, los ojos, son órganos muy sensibles ligados al sentido. ¿Los pacientes, del más rico al más pobre, manifiestan temores a la hora de la operación?
-Hay de todo. Gente que viene con muchísima confianza, que incluso llama la atención, como otros que llegan muy estresados. Nosotros operamos una cantidad importante de personas, y te diría que los que están desbordados de los nervios, son muy pocos. Es una cantidad muy baja. Obviamente, nosotros los preparamos para que estén muy confortables y tranquilos. Muchas veces el estrés preoperatorio depende del lugar. Nosotros hacemos un esfuerzo grandísimo y real para que la gente se sienta contenida y bien tratada. Yo siempre les digo a los que atienden a la gente, a los técnicos, a los médicos jóvenes… “¿cómo te gustaría que te traten?” Bueno, ese es el parámetro. La amabilidad debería ser lo normal.
-En los pacientes específicos de Mendoza… ¿nota alguna patología común, algo relacionado al ambiente, o al clima?
-Lo más común que traen es el “ojo seco”, por la escasa humedad del ambiente. Es una patología bastante importante hoy. La polución hace que se destruya la lágrima, y su calidad. En los lugares como Mendoza ese problema es peor por la escasa humedad.
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(*) Ricardo Montacuto. Periodista. Ex director de MDZ Online. @montacuto en Twitter. www.facebook.com/ricardo.montacuto