Presenta:

Buscando el lenguaje del volumen

El escultor Chalo Tulián en su lado más íntimo: un recorrido de la reciente muestra del gran escultor mendocino en la Nave Cultural.
Foto: Ulises Naranjo / MDZ.
Foto: Ulises Naranjo / MDZ.

El problema del escultor es complejo: un lenguaje que no todos comprenden, con una resolución difícil en el plano espacial. La premisa del escultor: todo debe poder ser expresado en el volumen. El Chalo nos cuenta que primero buscó dentro de su cabeza, luego indagó en la materia y, por fin, como de la nada, vio que iban aflorando y corporizándose esas ideas.

Aunque la materia es reacia a la seducción de la imaginación, el escultor violenta las cosas, y en una mezcla de amor y de pasión, las ideas se abren camino a través de la materia.

La última exposición de Chalo Tulián es un proyecto masticado durante seis años; una idea obsesivamente perseguida y regada. “El infierno de la vida” expone exhaustivamente, en cada uno de sus rincones, este infierno único, habitado por símbolos, recuerdos, mascotas, chivos, serpientes míticas y mesas que parecen configurar las múltiples caras de mandinga. 

- Lo profundo de la búsqueda en la víbora y estas mesas, en realidad, es la representación de una cosa que no se ve: un perfume, un sonido. ¿Qué forma tiene el camino de un perfume hasta que llega a vos? Esta muestra pareciera decir que no hay nada que no se pueda representar con la escultura.

Todo va madurando y se conecta con variadísimas lecturas; la exposición entera parece el cuaderno de notas de un observador compulsivo.  El Chalo Tulián no ha dejado de buscar una nueva manera de decir por medio de la escultura y ha encontrado algo que conmociona a los espectadores. El resultado es también “la pesadilla de todos los días”.

De la faena al mundo del Mandinga

 Lo primero que capta la vista del espectador es el cadáver gigante de un animal faenado, eslabón que conecta el actual trabajo del autor con épocas anteriores de su producción. La obra se llama “La faena” y tiene su origen en un recuerdo de infancia del Chalo: el cadáver de una vaca, lista para comenzar la ceremonia de la faena. El Chalo en dos planos: la mente y en la realidad. La mente cincela a través del tiempo hasta encontrar el recuerdo que resignifica lo que se hace:

 - Primero hice esta escultura y después me dije con sorpresa que era la representación de un recuerdo mío de muy chico, cuando un tío  mató a una vaca en frente mío y la faenó. Y el hecho es bonito porque indica que en la reflexión volvés a nacer, volvés a andar la idea.

 El Chalo vuelve a transitar una idea que revive como un recuerdo recuperado, como si la memoria fuese parte de la materia que moldea el escultor.  

 - Lo del Mandinga porque es una forma de llamar al diablo de una forma muy cuyana. Y el Mandinga aparte de ser el Diablo, es una palabra que vino con los negros africanos. 

El Mandinga adopta un variado repertorio de disfraces, entidades a la vez ominosas y juguetonas, que van del desafío a la provocación: el silencio elocuente de una mesa con anónimo gorro militar, de metal, junto a la huella de un arma (Interrogatorio de campaña); la sombra de una mesa invisible que incita al desconcierto del espectador (La mesa invisible); una boca que grita desde la madera de otra mesa (El aullido del Mandinga). Cada representación es una historia para armar, o, si se quiere, una terrible historia que no se ha terminado de contar, un texto que por su dureza exige que no se lo devele en todos sus detalles. 

 Odio los uniformes

 - De Cornelio Saavedra para acá, aborrezco todos los uniformes.

En varias piezas el Chalo exhibe su punto de vista con respecto a la impunidad que detentan los grupos que se arman de poder y que lo proclaman a balazos. En una de las piezas más hermosas y trabajadas de la exposición, “Quiero vale cuatro”, se pueden ver tres balas enormes sobre una mesa que apenas puede sostener el peso. Una de las balas ya fue usada. A la mesa se le abren cuatro cajones con un ancho del truco en cada uno:

- En cuanto a esa escultura yo me pregunté qué sentido tiene, es decir, quiénes son los que usan las balas del modo más vil. Y son los militares, o los supuestos revolucionarios, en fin, gente que mata gente… A  diferencia de otras, esta obra es un juego puramente racional.

En otra de las obras (La palmeta), muerta de un golpe fulminante, aparece una mosca:

- La nuestra es una historia dura… Lo que unos hacen con humanos, yo lo hago diariamente con las moscas.

Las mesas asesinadas

- La mesa para mí es símbolo de la racionalidad.

Lo primero que uno siente cuando ingresa en la muestra del Chalo Tulián es que todas las mesas han sido asesinadas: a una la cruza una espada y le pende una gota de sangre que se parece demasiado a una lágrima; otra agoniza tras un hachazo; otra es abrazada y asfixiada por una culebra colosal. El Chalo asesina a su racionalidad, le impide que obstruya ese flujo creativo que lo excede.

- La obsesión de la mesa ya es una vieja costumbre en mí. Una exposición anterior se llamó “La rebelión de los vegetales”. Mesas con vegetales encima, retorciéndose como si estuvieran luchando.

En el centro y atrás, al terminar el recorrido de la exposición, llama poderosamente la atención una mesa enorme y oscura, abrazada por una serpiente que parece tener movimiento propio y que mide unos siete metros de largo por un metro de circunferencia.

- ¿Qué le está haciendo esa víbora a la mesa?

- Esa obra es una de las piezas que más me gusta. Uno los dos símbolos. Es una lucha, la lucha entre lo natural, lo salvaje y lo racional, lo humano.

¿Cuál es el límite? ¿Hasta dónde llega el arte?

La pregunta es siempre la misma, pero el caudal de respuestas es inagotable. ¿Se puede vivir del arte? ¿Cuánto hay de valor simbólico y cuánto de económico?

- Es algo difícil de contestar. Hay gente que vive de lo que hace, de las ventas de sus producciones, y entonces a veces está condicionado para vender. Ahí viene la pregunta ¿Cuál es el límite? ¿Hasta dónde llega el arte? Vos no le podés decir a un tipo “che, eso que hacés no es arte”, pero no por cuestión moral, sino porque se vive de eso. Es difícil convencer de que uno trabaja nada más por el espíritu. Eso no te lo cree nadie. Un arquitecto me pregunta si de verdad pienso vender todo esto. No. No voy a vender nada de esto. No podría hacer nada de esto para tener más dinero, no me sale directamente.

 Definitivamente el juego no es crear un producto. Pero la ecuación no es siempre justa con el artista: el creador debe gastarlo todo, debe entregarlo todo, sangre, sudor, lágrimas… tripas. En este infierno se deja el cuerpo y el alma. ¿Valdrá la pena tamaña entrega? El Chalo está conforme, y sorprendido  por el cambio que se produce en el mundo del espectador, mientras sigue acumulando ejemplares en su colección de mitos particular. 

 - Esto es lo único de lo que estoy seguro: esto no tiene precio.

Es una broma y al mismo tiempo una definición de su arte. El juego del escultor debe sustraerse al sistema de los objetos, a la lógica de la compraventa. El Chalo exterioriza sus fantasmas, traduce los símbolos que atraviesan su imaginación, disfruta de todo el proceso –el antes, durante y después- y consigue el milagro de pronunciar casi todo mediante el lenguaje del volumen.

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Una colaboración de Ramiro Quiroga y Alberto Bistué para MDZ.