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Atenas sacrifica soberanía fiscal a cambio del segundo rescate europeo

Los países que ponen el dinero, liderados por Alemania, reclamaban condiciones como una especie de seguro para cubrirse ante un eventual incumplimiento de las promesas de austeridad griegas.

La historia económica y financiera está plagada de acontecimientos inimaginables que se acaban convirtiendo en inevitables a una velocidad asombrosa. Europa ha evitado de madrugada, con las ya habituales dosis de melodrama y nocturnidad, uno de esos peligrosos lances: la ruptura de la eurozona -al menos por el momento- por el eslabón más débil, Grecia.

El club del euro ha aprobado, con varios días de retraso y a ultimísima hora, el nuevo plan para evitar la suspensión de pagos de Grecia: 130.000 millones de euros en créditos baratos a cambio de una enorme cesión de soberanía por parte de Atenas, probablemente la mayor realizada por un país en tiempos de paz. La alternativa era una suspensión de pagos desordenada y un efecto contagio peligrosísimo en los mercados de deuda y en el sector financiero. A primera vista, ese obstáculo se ha salvado: el euro y los mercados reaccionan positivamente al pacto, pese a que la incertidumbre se ha mantenido hasta el final, según informa hoy el diario El País.

El día de la verdad para Grecia ha servido para constatar una de esas máximas inapelables: en economía no hay comidas gratis. El segundo rescate llega vía créditos internacionales, a unas tasas de interés menores que el primero (en mayo de 2010 los préstamos pactados implicaban intereses usurarios, superiores al 5%; ahora esos tipos serán sustancialmente menores), pero sobre todo con un reguero de exigencias. Atenas ha aprobado todas y cada una de las condiciones impuestas por sus socios: recortes de gasto, de sueldos, de pensiones y de funcionarios, y el compromiso por escrito de que gane quien gane las próximas elecciones esas promesas de ajuste draconiano se mantendrán a rajatabla. Ni así ha logrado el Gobierno del tecnócrata Lukas Papademos que Europa deje de desconfiar: la clave del segundo rescate a Atenas es el pliego de condiciones de las ayudas, que implica una exigente cesión de soberanía fiscal.

Los países que ponen el dinero, liderados por Alemania, reclamaban condiciones como una especie de seguro para cubrirse ante un eventual incumplimiento de las promesas de austeridad griegas. No se fiaban de la capacidad, incluso de la voluntad de Papademos para aplicar la drástica cura elegida para poner en vereda la economía griega. Pero desde el lado de Atenas las concesiones rallan la humillación para una ciudadanía que lleva cuatro años muy, muy duros a sus espaldas. Grecia ha capitulado de madrugada al aceptar una cuenta bloqueada para que el dinero recaudado se destine a satisfacer los intereses y el principal de su deuda, antes de poder tocar un solo euro para pagar las facturas, los sueldos de los maestros y las pensiones. Además, ha admitido una representación permanente de sus socios (la troika: Comisión Europea, Fondo Monetario Internacional y Banco Central Europeo), una especie de comisario en Atenas que comprobará que los ajustes se cumplen caiga quien caiga. Las presiones alemanas han sido extremas: Papademos ha llegado a desmentir en las últimas horas que Bruselas estuviera en condiciones de nombrar un comisario con derecho de veto en cada uno de sus ministerios.

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