Los gauchos de Güemes: guerras de independencia y conflicto social

Beatriz Bragoni, historiadora, investigadora del INCIHUSA-CONICET, UNCuyo, nos acompaña en esta fecha recordatoria de Miguel Martín de Güemes.

Beatriz Bragoni

La muerte de Güemes.

Miguel Martín de Güemes fue un personaje clave de la revolución de independencia rioplatense. De Mitre a Bernardo Frías, y la nueva historiografía de las independencias, han subrayado las características de un liderazgo social y político construido al calor de un proceso de movilización popular y campesino inédito comprendido en el cruce de la crisis imperial y la guerra de recursos que azotó las sociedades y economías de los valles salto-jujeños. Un liderazgo fulminante, y al mismo tiempo dramático que permite caracterizar las condiciones de locales de su emergencia, y el tenso equilibrio que reguló el vínculo con el gobierno en Buenos Aires, y con las elites propietarias salto-jujeñas hasta su muerte en 1821. ¿De que especificidad se trata? ¿Como se explica el liderazgo social y político de Güemes?

En un libro que vale la pena leer, Sara Mata ofreció algunas importantes claves para interpretarlo. En primer lugar, y como en otras jurisdicciones del antiguo virreinato rioplatense, el despertar de la Revolución en Salta exhibió los pormenores de una convulsión política que puso en escena las tensiones sociales acumuladas en los últimos tramos del orden colonial conmovido por las rebeliones indígenas altoperuanas, la resistencia de las elites urbanas a los nuevos funcionarios borbónicos que cercenaron las autonomías locales, y la crisis de los circuitos mercantiles que hizo tambalear la prosperidad de los clanes familiares enriquecidos con el comercio de mulas. Fue justamente la vinculación comercial, social y familiar con el espacio altoperuano la que facilitó el avance de las tropas realistas a Salta en el curso de 1812, el restablecimiento del pendón real y la jura de la Constitución de Cádiz a comienzos de 1813. En ese marco, se entiende bien el impacto del casi inmediato triunfo del ejército de Belgrano en la célebre batalla del 20 de febrero. No sólo porque introdujo un giro decisivo a favor de la revolución sino además porque activó un proceso de movilización miliciana inédito que incluyó a la plebe urbana y el paisanaje rural. Esa experiencia política colectiva y la resistencia campesina al despojo de sus bienes por parte de las tropas dirigidas por el jefe realista Joaquín de la Pezuela, no sólo consolidó la opción revolucionaria entre los sectores plebeyos urbanos y rurales. También convirtió la guerra de guerrillas como estrategia eficaz para esmerilar el poder realista en Salta, y su área de influencia, y a Güemes en su único jefe militar.

Güemes.

Otro rasgo a tener en cuenta es que el ascenso de Güemes a partir de 1814 fue correlativo a la movilización miliciana y a la afirmación del poder revolucionario en la flamante provincia. Convertido por orden del coronel José de San Martín en comandante de Avanzada del Ejército Auxiliar, el líder salteño activó los vínculos con contingentes de hombres movilizados que incluía a negros, mulatos y pardos, algunos esclavos, tributarios indios de procedencia altoperuana, “españoles” o blancos pobres y mestizos. Esa construcción de poder no sólo sería observada con desconfianza por los grupos propietarios abroquelados en los cabildos de Salta y Jujuy; también estaría condicionada en su base por la densa red de jefaturas militares, sociales y territoriales intermedias de cuyo poder dependía, y de las concesiones o beneficios que debía otorgarles a sus gauchos. Sara Mata discriminó los móviles que estimularon y mantuvieron la movilización, y destacó que el goce del fuero militar (que permitía eludir la justicia ordinaria), la expectativa de ascenso social a través de la carrera militar, el acceso a tierras o eludir el pago de arriendos constituyeron estímulos primordiales de la insurgencia gaucha. Esa dimensión material y simbólica de la movilización salteña no parece haber sido excluyente. Por el contrario, el margen de autonomía desplegado por la maquinaria miliciana local frente a los oficiales del ejército porteño, se convirtió en un motivo de atracción adicional de adhesión a Güemes. Sería sobre todo la creación de un cuerpo de milicianos propio, la “División de Gauchos de Línea Infernales”, independiente de la cadena de mandos militares instituido por el gobierno revolucionario, la formación militar que serviría a la profesionalización militar de curas, pequeños productores, jueces rurales, estancieros vecinos, jefes de milicias locales e incluso esclavos, peones y arrenderos.

El accionar de Guemes en esa esfera no resultó ajeno al momento político que atravesaban las Provincias Unidas en los primeros meses de 1815, y esa coyuntura es la que optimiza las condiciones para transformar la jefatura militar en jefatura política de la provincia: mientras la sobrevivencia del Directorio pendía de un hilo, Güemes fue electo gobernador por aclamación de las milicias gauchas en el corazón de la ciudad, y esa unidad de mando es la que brindó condiciones favorables para que Salta enviara sus representantes al Congreso soberano celebrado en Tucumán, y apoyara la declaración de la independencia de España.

La incertidumbre de la revolución, y la amenaza latente de la plebe militarizada es la que hace soportar a las elites no sólo el liderazgo de quien les ha arrebatado el gobierno y la justicia, y les impone periódicamente confiscaciones y contribuciones forzosas para sostener la guerra, sino también las condiciones del ejercicio del poder guemesiano que toleran pero no aceptan: esa hostilidad es la que alienta la reunión de voluntades para conspirar contra el líder que incluye a antiguos subalternos del cuerpo de infernales, corroído por rivalidades y las dificultades de cumplir con los servicios milicianos.

Ni Jujuy ni tampoco Salta dejaron de representar un espacio estratégico para quienes bregaban por sofocar a los “insurgentes porteños”: ello explica no sólo el liderazgo del salteño en el espacio altoperuano posterior a 1817, sino también la última incursión realista en la jurisdicción salteña en 1820. Pero para ese entonces el clima político es muy distinto: el colapso las Provincias Unidas por la acción de los jefes federales del Litoral, la precariedad fiscal para soportar los costos de la guerra, la creciente oposición de las elites salto-jujeñas urgidas por restablecer el orden social en la campaña y el comercio con el Perú, y la deslealtad de antiguos compañeros de ruta en la carrera de la revolución desmenuzaron las bases de su poder, y determinaron el quiebre definitivo de una veloz y fascinante trayectoria política y militar que, iniciada en las heroicas jornadas porteñas que rechazaron al invasor inglés, había sido radicalmente modificada por la insurgencia popular que acompañó el curso de las guerras de independencia en la jurisdicción salto-jujeña.

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