G. Conte

Así estudian la vida mendocina en un lugar de muerte

Los cadáveres intactos que tienen mucho por decir, lo que delatan los huesos de un asesino serial y por qué la vida late en medio de tantos cadáveres.

Como hemos podido apreciar en notas anteriores, un Cementerio es mucho más que lo que las sensaciones, la mística o las creencias indican que es. Representa, fundamentalmente, un insumo valioso que la Historia no puede perder en ninguna de sus páginas. 

Parecerá irónico, pero para los arqueólogos y, centralmente, los bioarqueólogos, los cuerpos y hasta los huesos despojados de todo ser, hablan. Y ellos están capacitados para traducir sus múltiples dialectos, preservados aun ante el cruel paso del tiempo.

Un equipo de investigadores inició en noviembre del año pasado una compleja intervención arqueológica en el Cementerio de la Ciudad de Mendoza. Se trata del integrado por el director del Área Fundacional, Horacio Chiavazza, Daniela Mansegosa, investigador del Conicet y Sebastián Giannotti becario del Conicet. 

Lo admite el propio "dueño" del lugar, el intendente Rodolfo Suárez: "El Cementerio está hecho un desastre". Pero, ¿alguien imagina que sencillamente se puede pasar una topadora por allí y, listo, a otra cosa, mariposa? Si se es serio, no. Hay que intervenir científicamente, resguardando muchos costados. Lo que allí yace es la antigua vida de Mendoza, que espera para escribir, reescribir y hasta borrar páginas de la Historia en caso de que eso se haya hecho en forma errónea, apurada o desinformada.

Por eso el equipo tiene un objetivo macro que Horacio Chiavazza resumió en "ponerlo en valor patrimonial".

Una historia de la muerte en Mendoza: así vivían los mendocinos y de ésto murieron

Antes de la Revolución de Mayo las iglesias católicas eran las únicas propietarias de la vida y la muerte. Recién en la década de 1840 en Mendoza fue 1810: tardó al menos 30 años en llegar la actualización normativa que le quitó a la Iglesia el monopolio de la data. Hasta entonces, los que nacían se inscribían en una parroquia y los que morían, allí se enterraban. Dominaban el Cielo y la Tierra, al cien por ciento. Por ello la tarea que hoy se evidencia en un complejo trabajo de excavaciones, identificación y preservación de piezas en el Cementerio de la Capital comenzó con pozos que se realizaron en cinco iglesias coloniales de la Ciudad, en donde se encontraron restos humanos.

Luego de que los ecos de Mayo llegaran a estos suelos pedregosos -según hablan los cuerpos allí hallados por el equipo antes mencionado- comenzaron a regir otros rituales y condicionantes morales frente a la vida y su apagón, la muerte.

Horacio Chiavazza le explicó a MDZ en qué consiste su tarea y lo dividió ordenadamente en tres partes:

1- Juntacadáveres. Recuperar los cuerpos humanos en estado de abandono por roturas en los ataúdes o recipientes de entierro. Se trata de esqueletos, salvo una excepción de la que después hablaremos.

2- Una historia de los cuerpos que trasciende la historia de los seres que allí habitaron. Tener un sumario seleccionado e identificado de restos óseos. Eso conformaría una osteoteca. Lo que se busca es tener a mano los parámetros que permitan analizar enfermedades que afectaron a los huesos, con un equipo de bioantropólogos", explicó Chiavazza. Con esto se podrá saber cómo afectaron diferentes enfermedades, condiciones climáticas, costumbres de época a las personas. 

3- Un devenir arquitectónico. Se busca establecer las características arquitectónicas del Cementerio que precedió a la actual. Se trata, según lo sabe contar Chiavazza, de "una historia compleja". En la tarea ya realizada han hallado pisos por debajo de otros pisos, materiales y sedimentos diferentes que dan cuenta de se siguió construyendo sobre sitios que cayeron, ya sea por impulso sísmico, como el terremoto inolvidable de 1861, o por sus secuelas, o por lo que fuere: hay que determinarlo para conocer la verdad histórica.

Qué dicen los huesos de Ambrosio, "El carnicero de Cañada de Gómez"

En el estudio de los mausoleos existentes en el Cementerio de la Capital, el equipo de expertos se concentró en el de un personaje de la historia que nació en Uruguay y que anduvo matando gente por todo el país, hasta que le tocó a él estar del otro lado, cosa que sucedió en 1863. Ambrosio Sandes era hombre de Domingo Faustino Sarmiento -por entonces gobernador sanjuanino desiognado por Bartolomé Mitre para dirigir la represión de los insurgentes de la "montonera" contra su gobierno- enfrentó a los federales. Sandes Venía de vencer al Chacho Peñaloza, pero el riojano invadió San Luis y obligó a Mitre a firmar el Tratado de La Banderita. Peñaloza entregó sus prisioneros, pero Sandes no pudo hacer lo mismo: los había matado a todos. De allí su apodo de "El Carnicero": no le perdonaba la vida a nadie a su paso.

Tumba sandes

El oriental desconoció el tratado y sus implicancias y siguió degollando gauchos por Cuyo. Pero había uno al que le había perdonado la vida. Y de él recibió la venganza de tantas decenas de muertos. Fue herido al salir de una pulpería y murió una semana después producto de las heridas.

Tumba sandes
Sandes

En las excavaciones realizadas por Chiavazza, Mansagosa y Giannotta en el mausoleo de Sandes encontraron que no solo le habían hecho mella los cuchillazos y los combates en los que lo tuvieron como "perro de caza" de ese tiempo de luchas intestinas. "Sufría de artrosis", indican sus huesos, que ahora hablan luego de haber sufrido su "reducción" y reentierro. "Hay una foto con el torso desnudo en donde se redescubren las heridas, pero empiezan a aparecer del estudio de sus restos las patologías que también lo afectaron", contó Chiavazzza.


Lo que queda por investigar: los cuerpos intactos

La puesta en valor del Cementerio de la Capital deja para adelante una tarea pendiente, que seguramente despertará interés.

Hay un numeroso número de féretros que fueron sellados con plomo, de acuerdo a las primeras décadas del siglo pasado, que los transforman en una especie de "Tupperwares" mortuorios, que al no permitir alteraciones de ningún tipo, se presume que han conservado los cuerpos lo más intactos posible.

Esa presunción tiene un origen cierto: hace unos años se abrió en el camposanto capitalino -sin que haya habido atenuantes científicos- un ataúd de esos y hallaron a una niña con sus rasgos intactos. A muchos les recordó el caso de Rosalía Lombardo, la niña fallecida en Sicilia, Italia, hace 98 años y de quien su buen estado de momificación hace soñar a los más crédulos con que abre y cierra los ojos, generando un desfile de turistas hacia su tumba, en las catacumbas de Palermo. (MDZ estuvo allí en 2014 y lo contó en una nota que podés leer haciendo clic aquí).

Esos cajones por ahora no se tocan. Encierran historia viva aun en la muerte. Y en casos registrados en otros sitios del mundo, hasta virus ya erradicados, por lo que la tecnología y la ciencia tendrán que reunir los recursos necesarios para que todo salga como tiene que salir.


Opiniones (1)
20 de junio de 2018 | 14:20
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20 de junio de 2018 | 14:20
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  1. este tipo de notas las hacían los hermanos sevilla en diario uno hace una década. suerte que el público se renueva
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