Mendoza enoturística: El vino y sus rutas gastronómicas

José Bahamonde escribe sobre las rutas que muestran los saberes de la cocina mendocina e internacional en los caminos del vino.

Allá por fines de los noventa comenzaron a llegar a las diferentes zonas vitivinícolas argentinas visitantes motivados por descubrir esta novedad que se presentaba al mundo como un nuevo escenario para grandes vinos. El Malbec como bandera insignia, enamoró con sus notas de frutas y violetas a los paladares del mundo que abrieron sus puertas a un país lejano y exótico apenas reconocido por el tango de Piazzolla, el fútbol en la figura de un tal Diego Armando Maradona, y la literatura de la pluma de dos eternos como Cortázar y Borges.

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En este contexto, las rutas del vino han representado para la gastronomía una gran revolución por haber generado un cambio en el perfil habitual de los visitantes de las diferentes zonas. Quien está dispuesto a recorrer una zona motivado por el vino, reconoce en éste sus características eminentemente culturales. Esto se lee como un visitante que pone énfasis en cierta sofisticación en su forma de vivir la vida.

El despertar de las rutas del vino entonces, generó en las zonas una posición diferente de quienes debían generar nuevas propuestas gastronómicas. Esto se vio y se ve reflejado en una revalorización de las materias primas regionales, su relectura, un trabajo fuerte sobre sus productores, y sobre todo una nueva puesta en valor de preparaciones pensadas desde su contacto con los vinos. Asado, chivo, cordero, trucha, empanadas, humita, locro, tomaticán, pejerrey, tomates, hongos, ajos, aceite de oliva, ciervo y frutas jamás volverán a ser lo mismo. Hoy gozan de un trato preferencial en las cartas de los restaurantes que exigen a sus proveedores cada vez más calidad, mejor presentación, mayor trascendencia.

Hoy se habla de imperdibles de Cafayate el disfrutar unas empanadas salteñas (especialmente las fritas de queso) con Torrontés, o las múltiples combinaciones del polifacético Malbec con un chivo de Malargüe, un cordero patagónico, las truchas de Tupungato, los pejerreyes de los lagos mendocinos, los ajos del desierto, los tomates de Lavalle, el aceite de oliva con sus varietales, los hongos de Potrerillos, la centolla de Ushuaia, el ciervo de Bariloche, el jabalí de La Pampa. Y son ideas que superan ampliamente la concepción de maridajes, son uniones sabias de productos, gente, historia, evolución y cultura.

Este crecimiento sostenido y exponencial de los visitantes que exigieron a las zonas de vinos más y mejores servicios, implicó que las bodegas crearan restaurantes en las entrañas mismas donde nace el vino, que los pueblos cercanos generaran restaurantes cuidados, vinerías ordenadas y variadas, hoteles con estándares internacionales y también espacios informales donde el vino penetró para llenar las copas de propios y extraños.

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Y en lo gastronómico, el repensar la actividad desde la comunión entre visitantes sofisticados con ganas de cultura local, las propuestas de concepto gastronómico, personal más capacitado, guías turísticas, y servicios afines.

Y hay un tema que no es menor que fue la llegada de los personajes del mundo atraídos por la magia de Argentina y sus vinos. Si bien en las capitales (Buenos Aires, Rosario, Córdoba) las propuestas gastronómicas desde siempre fueron muy variadas, en las zonas cercanas a los viñedos, se generó la magia de que en un puñado de lugares uno podía encontrase con figuras del mundo del vino (Antonini, Rolland, Jobs, Cipresso, Pagli, Mijares, Tanzer, Miller, etc.), con los dueños de las bodegas, con sus enólogos, con figuras del mundo del arte (Bono, Serrat, Aznar, Torres, etc) y todos compartiendo alrededor del vino, momentos y charlas, noches y días de disfrute.

Definitivamente las rutas del vino se han transformado también en rutas gastronómicas, han insertado a Argentina entre los grandes lugares del mundo en los que se puede disfrutar la vida en varias copas y varios platos, han completado un círculo virtuoso de traslucir el corazón de los pueblos a través de sus productos de la tierra, los lagos, los ríos, los corrales, los montes y las granjas, las huertas y las fincas, y el paso por los fuegos que encendieron las abuelas y hoy están más vivos gracias al vino.

Hoy recorrer las zonas de vinos comienza a ser un grato problema para concebir una agenda gastronómica, en cada región de vinos existen propuestas para todos los gustas y posibilidades económicas. Los restaurantes en bodegas han perfeccionado sus fuegos. Mis favoritos en Mendoza son La Vid en Norton con su propuesta perfecta de menú del día y una carta corta muy cuidadosa, Chandón y un lugar impecable por su altura gastronómica y la ambientación, Casarena y un marco impresionante, Osadía de crear en Dominios del Plata riquísima comida en ambiente distendido, La Casa del visitante es perfecto y Pan y Oliva todo lo que se puede comer alrededor del aceite de oliva de familia Zuccardi, Piatelli en la mítica calle Cobos y junto a la laguna con sauces. Mis favoritos en bodegas de Cafayate son el restaurante de Nanni clima imperdible y comida muy buena Piattelli con una propuesta muy integradora, Patios de Cafayate en El Esteco relectura de la gastronomía argentina.

En tanto en Mendoza restaurantes en las calles recomiendo Brindillas, Nadia OF, 1884 de Francis Mallman, Florentino Bistró, El Ceibo, Azafrán, Sushi Club. En el Valle de Uco, en Tupungato, el Ilo es siempre un lugar adonde ir, Divino Tupungato, La Juntada en Vistaflores, el Almacén de Uco cerca del Manzano histórico y la tradicional Posada del Jamón junto al estreno que ha cambiado la cara de la zona el Siete Fuegos de Francis Mallman en The Vines of Mendoza. Para tomar unos vinos al atardecer prefiero la Posada de Salentein.

En Cafayate pueblo, es ineludible el paso por El Rancho con su propuesta autóctona y su folclore, Terruño, Baco y la casa de la empanada y por supuesto el restaurante de la Bodega Piattelli.

(*) Testimonio de José Bahamonde en el libro "Turismo del vino. La experiencia del vino". Gabriel Fidel, Ediunc, Mendoza 2016.

La experiencia del vino

Por Gabriel Fidel

A lo largo del libro hemos definido nuestra visión del enoturismo, avanzando en un concepto propio sobre este. Hemos ido explorando las definiciones y conceptualizaciones del término a partir de nuestra propia concepción y de la visión de muchos expertos en la materia. Además, hemos podido ver los avances importantes que hemos experimentado en Argentina y en el mundo a través de un recorrido por el turismo del vino en regiones tanto del viejo y el nuevo mundo vitivinícola. Esto nos ha permitido entender que estamos en presencia de una rama que se ha transformado en un componente importante del turismo temático mundial para todos aquellos viajeros que, esencialmente, buscan experiencias vitales y quieren ser protagonistas del ser vivo de una comunidad, de una región, de su identidad y de su patrimonio. Precisamente, vimos cómo en nuestro país, a partir de un crecimiento de la oferta y de un desarrollo sostenido de la demanda, el enoturismo ha crecido aún más que el promedio de crecimiento del turismo en la Argentina.

Hemos podido comprender que estamos en presencia de la conjunción de dos actividades maravillosas, que forman parte de las experiencias más importantes del hombre contemporáneo, el vino y el turismo. Como pudimos ver, junto al fenómeno de la globalización, el enoturismo ha crecido de la mano del aumento de los flujos de turismo mundial y de la mano del mayor consumo de vino de calidad y de la curiosidad por saber más de su origen y de su proceso de elaboración.

Como lo ha expresado el experimentado hombre del vino español Rafael del Rey1, en una ocasión en que tuve de compartir con él unas jornadas de enoturismo en Barbastro, en octubre del 2009 en España, cuando definíamos el concepto de enoturismo, él señalaba que "enoturismo es "eno" más turismo. Por eso expresa que hay "dos sectores, dos mundos, dos tipos de profesionales, dos planteamientos". En tal sentido, indica que la visión hay que ponerla "sobre la base del consumidor (lo que quiere, lo que busca, lo que demanda), y no solo del productor, para lo cual hay que tener ‘profesionalización específica".

Del Rey también se refiere al doble objetivo que persigue el enoturismo, en cuanto al negocio en sí mismo, como así también en el refuerzo de ventas y de imagen. Por eso, nos recuerda unas cifras que debemos tener en cuenta. "En tan solo 6 mercados, hay 17 millones de personas que suelen considerar el vino dentro de sus vacaciones (aunque 12 millones en Estados Unidos posiblemente para turismo domestico) y 95 millones que no lo descartan". Excluyendo Estados Unidos, para el caso de España, "el potencial es de 5 millones que ya lo hacen y 43 millones que podrían considerarlo".

Así se refiere al futuro del enoturismo en España, afirmando algunos conceptos que bien pueden trasladarse al caso de Argentina y de otros países enoturísticos. Además agrega que "este futuro pasa por la máxima profesionalización turística, más que enológica, y mejor venta de la oferta enoturística en los canales tales como los hoteles, los tour operadores, las agencias e internet", tal cual lo hemos explicado en este libro.

Rafael del Rey agrega algo interesante acerca de la experiencia enoturística, y es que "el enoturismo es parte de un viaje, pero no tiene por qué ser el viaje en sí". Debo decir que tengo total coincidencia con esta afirmación, pues, como lo hemos descripto y afirmado a lo largo del libro, el enoturista busca algo más que simplemente visitar una bodega. El enoturista, aun el más enófilo, por supuesto que quiere degustar vinos, conocer los viñedos e interactuar con los hacedores del vino, pero también quiere llevarse una visión integral, comprehensiva y fecunda de la región que visita.

Por eso decimos siempre que el enoturismo es mucho más que un tour de bodegas. Tan es así que cuanto más diferenciada y única sea la experiencia, mejor será la respuesta, mayor será la repercusión de cada visita, habrá más ventas directas de vinos en bodega, habrá un contacto permanente con el visitante, felicitaciones en las redes sociales, en los blogs y en los medios de comunicación, crecerá la oferta, la demanda crecerá a través de nuevas visitas y el enoturismo se consolidará como atractivo turístico y como producto.

Los Recursos en el Turismo del Vino, como hemos visto, son muchos y de mucha riqueza cultural y patrimonial. Así lo hemos descripto detalladamente y de esta forma lo reafirma uno de los queridos amigos que hice gracias a esta actividad tan bella y noble como es el enoturismo, el antropólogo Luis Vicente Elías Pastor, ya mencionado en páginas anteriores. El nuevo concepto de patrimonio, la arqueología, la arquitectura, el arte, el paisaje y el territorio, las actividades agrícolas, la visita a bodegas, la degustación, la hotelería en bodegas, la gastronomía y el vino, los recursos enológicos, los espacios del vino, los museos del vino y el patrimonio inmaterial son todos los elementos que conforman las diferentes Rutas del Vino en todas las regiones del mundo como hemos visto.

Por ello en el libro hemos puesto un especial énfasis en todos los factores que componen la experiencia enoturística. Siempre decimos que el turismo es esencialmente compartir una experiencia. El turista contemporáneo es cada vez más curioso, temático, experiencial. Podemos afirmar que lo que buscamos tras un viaje es trascender, sumar, crecer. Conociendo paisajes, culturas, gente, comidas, arte, historia, lo que intentamos es nutrirnos de eso para incorporar nuevos elementos que nos hagan sentirnos plenos. Hoy, la mayoría de la gente busca estas vivencias, y cuando no las tiene, se siente frustrada. Basta con ver lo que relatan y muestran los sitios de viajeros, en donde, por sobre todas las cosas, sus usuarios comparten experiencias vitales.

La experiencia vital, lo único, lo irrepetible, es lo que busca el enoturista. Por eso, como hemos visto, el visitante no trata solo de visitar bodegas, sino que también anhela vincularse con el territorio a través del disfrute de experiencias. Cuando nos transformamos en enoturistas, pensamos en vincularnos con un espacio y su identidad, los productos, principalmente la comida y los vinos locales y su historia y el paisaje, son los principales característicos y atractivos de un destino. Estos productos contienen una referencia fuerte al territorio en cual él se produce. Representan simultáneamente en el mercado a un área geográfica, sus tradiciones y su patrimonio cultural, identificando a una comunidad local y también su identidad.

Es que el vino, como ningún otro, identifica la singularidad de un lugar y representa un valor cultural. Es la experiencia cultural del turismo lo que le da valor al producto. El vino por sí solo es apenas un recurso que puesto en valor se transforma en una experiencia capaz de ser vivida. El consumidor o turista identifica territorios, marcas, etiquetas y quiere conocerlas. Como lo he expresado en este libro, siempre recuerdo cuando en los comienzos del turismo del vino en Mendoza, siendo el responsable del área de Turismo de la Provincia, comenzamos con el desarrollo de la estrategia. Promocionábamos el enoturismo pero aún algunas bodegas se resistían a abrir a los visitantes. Todavía no estaba maduro el producto y no había conciencia de lo positivo que era el turismo para el desarrollo vitivinícola. Llegaban los turistas y, naturalmente, vinculaban la experiencia al territorio y a sus marcas, las que consumían en sus mercados. Con el tiempo, esto cambió y todos comenzaron a ver los beneficios que se podían obtener, y hoy esa etapa es solo historia. Está claro que las marcas de los vinos de un territorio están vinculadas a la identidad y es a través de ellas que nos vinculamos al territorio.

Como hemos visto, hay una gran diversidad de productos y experiencias en las rutas del vino de los numerosos países y regiones del mundo que cuentan con enoturismo y, según venimos enfatizando, hacen a la esencia del viaje, que va mucho más allá de visitar bodegas o viñedos.

Como estoy convencido de que lo que busca el turista son las experiencias y como venimos afirmando, el enoturismo exitoso es aquel que brinde una experiencia inolvidable al visitante, en los destinos turísticos donde me tocó trabajar o bien dar una conferencia o un seminario, he insistido con enfatizar los aspectos vivenciales. Tanto a nivel de una bodega o de cualquier prestador en general, hay que brindar una experiencia única para el visitante. El destino enoturístico será recordado, referenciado y recomendado en la medida que sea capaz de ser creativo e innovador en los productos que ofrece. Muchas veces, el destino turístico, la región, tiene recursos magníficos que deben ser puestos en valor y que probablemente atraigan más al turista que otros productos tradicionales que no atraen al turista. De allí que es esencial que pongamos en valor esos recursos y los transformemos en productos enoturísticos atractivos para posicionar el destino y cautivar al turista-

Para ejemplificar lo que vengo diciendo, me he tomado el atrevimiento de elegir algunas experiencias en la Argentina que reflejan la diversidad de actividades y sensaciones que se pueden vivir en el territorio. Este tipo de atractivos debe ir acompañado de infraestructura y servicios, pero, en definitiva, son ejemplos de cómo se puede transformar con mucha creatividad e ingenio.

Empezando por todo lo que podemos hoy hacer en las bodegas (desde visitar el viñedo, conocer el proceso de producción, hacer degustaciones y jugar con el aprendizaje del vino hasta comer, aprender de maridajes, recorrer las zonas vitivinícolas a caballo o en bicicleta, visitar muestras de arte en viñedos y escuchar conciertos, entre tantas otras experiencias), hemos seleccionado algunas de las vivencias que consideramos más innovadoras en la Argentina. Ellas no son las únicas, y seguramente cuando acabemos publicando este libro ya haya nuevas. Pero al menos conozcamos algunas de las formas en que el enoturismo sorprende al visitante a través de sus experiencias.

He elegido un conjunto de experiencias que a mi criterio, sobresalen en la Argentina ya sea por la envergadura que han tomado, por su impacto, por su profesionalismo y porque sirven de ejemplo para la identidad de la Argentina como país de vino. No son las únicas y seguramente cada día se irán superando. En estos ejemplos quise poner de relieve la creatividad, la pasión, el amor que pone mucha gente en la actividad.

Cuando era la autoridad de Turismo de Mendoza y hacíamos el máximo esfuerzo por empezar a desarrollar el enoturismo y junto a ello intentar ser innovadores en el desarrollo de productos enoturísticos, pudimos sumar a nuestro desafío a un grupo de entusiastas amantes del vino y de los autos de colección. Hugo Pulenta, quien fue pionero en el consagrado Rally de las Bodegas, además viene de una familia de tradición bodeguera. Junto a un grupo de amantes de los autos clásicos y antiguos, me ayudó cuando era la cabeza del turismo en Mendoza a armar este producto. De allí surgieron muchos rallyes y competencias en Mendoza y otras provincias y esto ha permitido posicionar al enoturismo en un segmento de mercado de alto poder adquisitivo. Año a año muchos corredores y aficionados disfrutan recorriendo las rutas del vino en sus magníficos autos.

Alejandro Sánchez Cadelago, fue uno de mis grandes colaboradores para el desarrollo de la Música Clásica por los Caminos del Vino. La idea de unir a la música clásica y al vino la pensamos como una manera de crear un nuevo producto en torno al vino que permitiera aprovechar la enorme calidad de los músicos mendocinos, de sus dos importantes orquestas (La Filarmónica de la Provincia y la Sinfónica de la Universidad Nacional de Cuyo) y crear una nueva propuesta para el visitante. Teníamos el desafío de innovar, de elevar el gasto per cápita del visitante, de alargar las estadías, de romper la estacionalidad, de posicionar Mendoza, de sorprender al visitante. Fue todo muy rápido y lo logramos.

Le pedí entonces a Alejandro que nos aportara su mirada como alguien que trabajó mucho a mi lado y que fuera un gran protagonista en la estructuración del proyecto. Por otra parte, me pareció muy bueno que se conociera la labor de un hombre de perfil bajo de la cultura de Mendoza, de un empleado muy dedicado del Gobierno de Mendoza, anónimo como tantos otros que tenemos en la Provincia, de alguien que tuvo un destacado papel durante muchos años en el crecimiento de una propuesta que hoy está ya consolidada.

Esta idea de unir la música clásica al vino fue algo que se me ocurrió apenas comenzamos. Había que buscar ideas innovadoras y crear productos nuevos. Mendoza tiene una magnifica escuela de Música en la Universidad Nacional de Cuyo con músicos muy destacados, la mayoría de los cuales son integrantes de de la Orquesta Sinfónica de la Universidad y otros de la Orquesta Filarmónica de la Provincia, además de ser parte de grupos de cámara locales.

En nuestra búsqueda de crear atractivos y de buscar nuevos segmentos de demanda, fuimos a planteárselo a quien en ese momento era el Secretario de Turismo de la Nación, Hernán Lombardi. Debo decir que en tiempo record, con su ayuda única y desinteresada, habiendo asumido en diciembre de 1999, en abril del 2000 fuimos capaces de montar el primer festival que aun sigue vigente. Hoy cuando lo pienso, no puedo creer que en cuatro o cinco meses ya lo teníamos en marcha, pero cuando hay voluntad y convicción, las cosas se consiguen.

Además del aporte de los músicos locales, tuvimos la presencia del maestro Calderón y la Orquesta del Colón junto al maestro Lisy. La repercusión fue impresionante, con miles de personas en todos los conciertos. En Alejandro Sanchez, tenemos el testimonio de un comprometido empleado del Estado que como tantos otros, hicieron posible que fuera una realidad.

Indudablemente, en este recorrido de atractivos o experiencias fundamentales del enoturismo, no podíamos dejar afuera a nuestra gran Fiesta Nacional de la Vendimia. Sin dudas es nuestro principal orgullo como mendocinos y desde hace décadas, en época de cosecha transforma a Mendoza en algo diferente. Vendimia no es solo una fiesta, es mucho más que eso. Además del festejo central, único, vivo, original y con una gran inversión, son casi dos meses de festejos donde cada departamento de la Provincia organiza su fiesta, con innumerables festivales, degustaciones y tantos atractivos más. Lo especial de esta fiesta es que, aunque recibe miles y miles de turistas, su existencia no depende de ellos. Su razón de ser son los mendocinos.

Una verdadera marea humana, sumergida en un amor y una pasión inexplicable, se agolpa en las calles para ver y acompañar a las reinas en el carrusel y la vía blanca, mientras en esos días, entre los mendocinos de todas las edades no existe otro tema de conversación. Dado que la Fiesta de la Vendimia es tan importante y es el producto enoturìstico por excelencia, le pedí a mi querida Josefina Di Pietro que nos hiciera su valioso aporte. Ella me enseñó mucho cuando yo estaba en el gobierno acerca del amor de Mendoza y los mendocinos por la Fiesta de la Vendimia. Por eso, tenemos el honor en nuestro libro, de tener el testimonio de esa maravillosa reina del año 1946 y una de las principales promotoras y conocedoras de la Fiesta, el sentido y la grandiosidad de esta. Precisamente, le pedí a Josefina que nos contase sobre ella.

Guillermo Barletta, coordinador del Departamento de Turismo de Bodegas de Argentina, un entusiasta y creativo trabajador del enoturismo argentino, quien tanto contribuyó junto a la institución que representa a hacer posible este libro, también nos cuenta sobre un exitoso ciclo que es el Golf por los Caminos del Vino. La conjunción del vino y el golf permiten mostrar a las regiones de vino desde otra mirada y conquistar nuevos espacios en el mercado. Por otra parte se ha logrado difundir el producto en todas las regiones del país lo cual es un vehículo para posicionar a todas las provincias argentinas donde se produce vino, desde Salta hasta la Patagonia.

El Monteviejo Wine Rock, de la mano de su creador, el gran enólogo Marcelo Pelleriti es otra de las experiencias que he querido destacar en este libro. Después de unas primeras ediciones, el festival se ha consolidado mostrando otra cara del enoturismo, en una bella región como es el Valle de Uco. Muchos amantes del rock, viven un día único, ya pasada la cosecha en pleno otoño mendocino, degustando grandes vinos y de la gastronomía local. Este festival, que es una creación totalmente privada, liderada por este gran profesional mendocino, nuclea a muchos visitantes de todas las edades, abuelos, padres e hijos rockeros que la pasan muy bien juntos.

José Bahamonde, especialista en comunicación, marketing y creatividad, escribe habitualmente sobre gastronomía y vinos para publicaciones en Argentina y el extranjero y asesora proyectos gastronómicos y de vinos. Nos conocimos hace algunos años cuando fundó el restaurante La Sal, en Mendoza, que fue uno de los pioneros en la renovación de la cocina contemporánea en la provincia. Por eso a él le pedí que nos cuente cómo ve la gastronomía en la Argentina del enoturismo.

Creo que la gastronomía es un elemento clave y complementario en el desarrollo de las rutas del vino. El enoturista es lo primero que espera, un buen vino con una buena comida y además espera que la gastronomía tenga identidad y represente el lugar. El vino no solo se marida con las comidas sino con la identidad, la geografía y la historia del lugar. Esto es esencial en la experiencia del vino. Por eso, a pesar de que nunca le perdoné a José que cerrara uno de mis lugares favoritos en Mendoza, como era La Sal, no podía dejar de sumar a quien día a día con su pasión tanto hace por el vino y su cultura.

Finalmente, entre los testimonios de las experiencias enoturísticas en los territorios, le pedí a José Luis Mounier y a su esposa, Mercedes Romero, que nos contasen sobre su ya tradicional y divertida "Vendimia en las Nubes". Podríamos también mencionar a la Fiesta de la Vendimia de Animaná, organizada por ese municipio, que es un lindo evento con un desfile de carrozas en la noche del viernes y un festival folklórico en la noche del sábado. Sin embargo, como experiencia enoturística, preferí compartir la vivencia que significa la Fiesta que se organiza en la bodega de los Mounier. Como ellos mismos dicen en su invitación, la convocan la Familia Mounier y el personal de la bodega, "gente apasionada".

Es la pasión, la humildad, la generosidad y la creatividad, lo que hace que lleven ya tantas ediciones cautivando a muchos participantes que la pasan muy bien con la hospitalidad de la familia Mounier. Además, este es un buen ejemplo de que no es necesario invertir sumas millonarias para generar un producto atractivo, sino que por el contrario, es la experiencia lo que más cuenta. En este capítulo, los Mounier nos cuentan su historia. Ellos compraron el terreno en el año 2000 y de apoco fueron plantando las vides, y desde 2003 realizan en el Divisadero, a 1.850 metros sobre el nivel del mar, en Cafayate, Salta, la Vendimia en Las Nubes. Participar en ella es vivir una jornada de trabajo y alegría, en la que, según dicen los Mounier, "abrimos las puertas de nuestra casa para compartir la tarea con los amigos".

Mercedes Romero y José Luis Mounier son un matrimonio mendocino maravilloso a quienes conocí de tanto andar por Cafayate y que terminaron siendo muy queridos amigos. Trabajadores incansables, buenos anfitriones y buenos amigos. Además, José Luis Mounier ha sido uno de los anónimos transformadores de la vitivinicultura local, elaborando grandes vinos y colaborando con importantes proyectos en la zona. Con su esposa y gran compañera, en esa finca pequeña levantaron una bodega boutique donde producen 60.000 botellas anuales, de las cuales casi la mitad lo venden a turistas que visitan su establecimiento.

Unos años más tarde, lograron fama en la zona por festejar la cosecha como en Mendoza en una fiesta que ellos bautizaron "Vendimia en Las Nubes".

Mercedes Mounier cuenta que cuando cosecharon por primera vez querían agradecer a Dios por lo conseguido. Por eso "invitamos a amigos que fueron sumando más gente y así se armó por primera vez en el año 2004.

Hoy es una fiesta que junta a casi cientos de personas que llegan desde distintos lugares del país y el extranjero.

En Salta los Mounier son los únicos que hacen algo fuerte en vendimia con formato enoturístico y cuentan en parte, con el apoyo del Ministerio de Turismo de Salta. Debo decir que en el resto del país no hay algo parecido a lo de los Mounier.

1 Rafael del Rey, Observatorio Español del Mercado del Vino, II Congreso Internacional de Turismo Enológico, Barbastro, España, 21 octubre 2009



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