Qué es la habituación

En psicología se la considera como una forma básica de aprendizaje. Pero ¿puede transformarse en corset de nuestro razonamiento? Seguí leyendo y enterate 

cecilia ortiz

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La palabra proviene del latín tardío “habituare” y se utilizaba para designar acostumbramiento a una situación.

“Qué rico perfume”, nos dicen a veces, y, la verdad, es que nosotros ya no lo sentimos. “¡Qué salada esta la comida! Y al quinto bocado, ya no pensamos más en la sal. Como estas, miles de situaciones a las que nos habituamos, es decir, nos acostumbramos.

La habituación es una de las formas más rudimentarias de aprendizaje, de hecho, hasta los caracoles y las babosas manifiestan respuestas de habituación ante estímulos que, en un principio fueron amenazantes.

La historia es así: un estímulo elicita o desencadena una respuesta. Si ese estímulo es repetitivo, disminuye su potencialidad para despertar esa respuesta. Por ejemplo, las palomas de Plaza de Mayo, ¿vieron que andan por ahí, libremente, caminando y comiendo de la mano de la gente? En condiciones naturales, ante un estímulo peligroso (acercamiento de un ser que desconoce), la paloma huiría (respuesta de protección). Después de que ese estímulo se fue repitiendo, perdió su poder de generar la respuesta de huida (la paloma aprendió que ese acercamiento no es peligroso). Y ahí están, conviviendo con nosotros.

¿Y por qué pasa esto? Según las investigaciones, nuestro cerebro se rige por una ley de economía: funcionar gastando la menor energía posible. Nuestra atención tiene la misión de “rastrear” información interna o externa que necesite respuesta para lograr la adaptación al medio. Entonces, está expectante a estímulos novedosos.

Así, aquella información que se repite insistentemente, deja de ser novedosa, nuestro cerebro registra que no es importante que estemos alertas a ella. Entonces, yo estoy trabajando y al lado un taladro hace un ruido terrible. Eso genera en mí una respuesta de desagrado y hasta me pone de mal humor. Pero pasa que después de media hora de bulla fatal, mi sistema nervioso se habituó y ya no me molesta, hasta puede ser que alguien entre y comente “¿cómo podes trabajar con ese ruido?” y recién ahí yo retome conciencia de la molestia. Mi cerebro generó una modificación en las sinapsis incorporando el estímulo aversivo.

Otro ejemplo. Ciertos fármacos generan habituación, entonces, necesitamos ir aumentando la dosis para que continúe despertando el mismo efecto en el cuerpo. Así, se habla, por ejemplo, de tolerancia al alcohol: cada vez se necesita más cantidad para obtener el efecto deseado.

Una de las características de la habituación es que a menor intensidad del estímulo, más fácil acostumbrarse. Si el estímulo es fuerte (un dolor persistente y potente, por ejemplo), obviamente, no habrá habituación. Si no, recordemos “ese” dolor de muelas.

Esto ocurre a nivel fisiológico. ¿Y qué pasa a nivel psicológico? El conocido efecto de habituación, implica acostumbrarnos y tomar como naturales experiencias que no lo son.

Pasa más frecuentemente de lo que se cree, y usted, lector, a esta altura ya estará imaginando situaciones. El trato con agresión verbal, por ejemplo. Puede que, ante un insulto, se despierte en mí una respuesta emocional de tristeza o enojo. Pero esta situación, sostenida o repetida en el tiempo, genera habituación: dejo de sentirme mal ante los insultos, me “anestesio”, como digo yo.

Pensemos en cuántas situaciones actuamos “anestesiados”, cual “zombies” andando por la vida. Aumentan los precios y todos nos quejamos, pasa a ser “el tema” de conversación. Pasados unos días, ya no nos sorprende pagar lo que pagamos por los insumos.

Y, bueno, imaginen a nivel política, o en la relación con los demás, ¿cuántas veces nos “anestesiamos” para no pelear, para no generar desgaste, y empezamos a “comernos buzones” que, en realidad, no queremos digerir.

Si bien la habituación o el acostumbramiento trabajan para garantizar mayor adaptación. Su contracara es la insensibilización. De esa forma, nos volvemos impasibles a situaciones que, en un principio, nos generaron vivas respuestas emocionales. Dejan de afectarnos, dejan de movilizarnos.

Toda la actividad humana está sujeta a la habituación. El estímulo novedoso nos encanta: después, nos aburre. La situación violenta nos desagrada, después alzamos los hombros. Eso es adaptativo, sí, pero con un costo altísimo: nuestra felicidad y nuestra dignidad.

A veces viene bien parar la máquina y preguntarse: ¿Qué cosas estoy dando por sentadas?, ¿Qué creencias sostienen esta postura?, ¿Esas creencias son racionales?, ¿Cómo me está afectando la exposición repetida a ciertos ambientes, rutinas, noticias, relaciones, etc.?, ¿Frente a qué situaciones me estoy volviendo insensible? Les sorprenderán las respuestas.

Si yo tomo conciencia, puedo entender. Si puedo entender, puedo elegir y actuar. Sólo de esa manera podré darme la oportunidad de “deshabituarme” y nutrirme de experiencias que me resulten placenteras. Ojalá sirva para abrir varios ojos y sensibilizarnos de nuevo.

Lic. Cecilia Ortiz / Mat.: 1296 / licceciortizm@gmail.com

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