Los Sagal, mendocinos cerca de la nada, pero en el centro de todo

Desde 1939, esta familia mendocina hace patria en el puesto El Durazno, en la Payunia malargüina, a muchos kilómetros toda civilización. ¿Cómo es la vida en un paraje sin luz eléctrica, gas natural, teléfono, internet, vecinos, hospitales, cafés, cemento y supermercados? El problema con los pumas, los zorros y los guanacos. Y los hijos que se van y el silencio y el imposible crepúsculo. 

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Humberto y Matilde, en La Payunia infinita.

Ulises Naranjo

En la soledad de mi pobre alma, cantaré, para recordarte. Y andaré sin tener un consuelo para mi dolor”, “La compañera”, Oscar Cacho Valles.

El puesto El Durazno, en el pecho de la bellísima Payunia, en Malargüe, está lejos de todo, pero muy cerca del cielo. Recientemente, los astrónomos han confirmado, allí, lo que los mapuches y huarpes supieron por siglos: el cielo de Malargüe es el más limpio y desnudo del mundo. Y lo saben los Sagal, desde hace 90 años. 

Aquí, cada noche y cada día, el cielo luce como una cueva abierta de par de en par y las estrellas se caen encima de los volcanes, que por momentos parecen ser elevaciones del planeta Marte y, no obstante, están a cuatro horas de Peatonal y Sarmiento.

La maravillosa Payunia.

Este lugar eligieron para vivir, en 1939, los Sagal. Aquí se afincó, con sus padres, a los 9, el pequeño Aldo. Y aquí fueron pasando las estaciones con una obstinación, al principio, asombrosa y, luego, simplemente hermosa, casi callada. Aquí se quedó, y tejió su vida, por décadas, hasta convertirse en don Aldo y vinieron los hijos y los nietos y los bisnietos y aquí está ahora, cumplida la faena, tomando mates dulces y extrañando lo que hasta hace poco hacía: montar a caballo, juntar animales en el campo, antes del anochecer, que trae un cielo estupendo, es cierto, pero también pumas y zorros que matan de lo lindo la animalada. 

Ahora, don Aldo vive con su hijo Humberto Sagal y su nuera, Matilde Escobar. Ellos tuvieron cuatro hijos y ya tienen cuatro nietos, pero las descendencias Sagal, en las últimas décadas, huyen de los puestos a la villa de Malargüe o las explotaciones petroleras, cuando consiguen empleo en los pozos.

Don Aldo Sagal, 90 años, en El Durazno.

Matilde rompe el cómodo silencio entrando a la cocina y convida de sus exquisitas sopaipillas y sonríe, Matilde siempre sonríe.

- Viene poca gente por acá. Y ya vienen poco a comprarnos animales con los precios que hay. Los criamos por costumbre, pero siempre es muy difícil, por el daño que hacen los pumas y los zorros y la distancia hasta acá… 

- Dicen que los pumas, cuando atacan, matan varios animales, pero apenas comen un poco y se van, porque no son carroñeros… 

- Es así: comen poco y el daño que hacen es muy, muy grande. Viera usted.

Matilde Escobar y sus sopaipillas.

Estamos en la cocina-comedor del puesto, cuyo patio es inmenso. Humberto entra ahora, viene de los corrales. Es más serio, pero igualmente amable: recibe un mate, mientras escucha hablar, otra vez, de pumas y zorros y mira para afuera. Y aquí, cuando se mira para afuera, se mira para afuera y la vista, preparada para ver el infinito, avanza 100 kilómetros en un segundo, va y vuelve al segundo siguiente. Humberto lo hace y, luego, dice: 

- Y sí… Fíjese usted (hace silencio, toma fuerza)… Es uno de los problemas más grandes que tenemos. Y está el zorro que es tan dañino como el puma, porque el puma mata animales una noche y por ahí pasan tres o cuatro noches y no viene, pero el zorro viene todas, toditas las noches. Y un zorro colorado te mata un chivo grandote y los zorros grises matan chivitos. Y además está el tema del guanaco; viera usted, hay muy, muchas cantidades de guanacos y se comen todo. Comen mucha vegetación y a nosotros nos re-perjudica, porque son animales protegidos. No les podemos hacer nada.

Humberto, en uno de sus corrales.

Ahora, sigue doña Matilde: “Los pumas y los zorros viven acá, en estos cerros de atrás, en las rocas altas. Y se vienen por las noches. Por eso, la poca gente acá está cansada de este daño y los hijos prefieren irse a vivir a la villa”. Y cierra Humberto: “Calcule que acá habemos tres: mi papá de 90 años, mi mujer y yo, que estamos viejos. Los hijos se han ido todos, con los nietos, buscan vivir en la ciudad de Malargüe o trabajar en una empresa petrolera”.

El problema no es de sencilla solución, pues, por supuesto, no se trata de que los puesteros salgan a matar pumas, zorros y guanacos. Alternativas que se han ofrecido a algunos pocos son las del perro pastor y los “disuadores” de luces, que se encienden con intermitencias, cerca los corrales, cuando los pumas y zorros se acercan; también hay disuasivos sonoros, olfativos y gustativos. Sin embargo, casi nadie los tiene y hay mucho por hacer al respecto para lograr la convivencia armónica de puesteros con depredadores de caprinos y guanacos insaciables. De este modo, tal vez, lograrían que los hijos no se vean obligados a abandonar sus tierras, sus identidad y cultura.

Matildes muestra su plancha, en la Payunia.

Los Sagal son excelentes anfitriones: mates y sopaipillas van y vienen como columpios. Para calentar agua, tienen calderos –teteras gruesas y alargadas– comprados en corralones, que resisten el fuego directo y calientan rápidamente. Y la dieta familiar es fuerte en carnes, azúcares y harinas.

- Y además somos hinchas de San Lorenzo de Almagro, suelta el cuervo, risueño, ahora, mientras caminamos entre dóciles animales y hacemos planes no santos, para una futura visita. 

Hablemos de paradojas: a pesar de que viven en una de las zonas más productivas el mundo, en cuanto a petróleo y gas, aquí, en El Durazno no hay electricidad ni gas (tampoco hay gas natural para la mayoría de los malargüinos) ni energía solar; no hay tampoco internet ni posta sanitaria ni mercados, verdulerías, cafés, escuelas o vecinos. Aquí hay que querer a los propios, quererse uno mismo y convivir de manera saludable con el silencio, la oscuridad, la intemperie y el frío. 

Solemos quejarnos del centralismo de Buenos Aires, pero replicamos cínicamente el mismo esquema con los mendocinos que no viven en el Gran Mendoza, esos que, cuando viajan a nuestra ciudad, dicen “me voy a Mendoza”, porque, para ellos, Mendoza es algo distinto a lo que viven a diario, una tierra que les hace creer que no es su tierra. 

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¿Cómo es posible que Malargüe, uno de los mayores productores de petróleo y gas de Argentina, reciba miserias de regalías? Si Malargüe es un departamento pobre, que lo es, pues esa pobreza es una condena que nosotros hemos decretado. Y nos hacemos los zonzos con ellos y sus necesidades, cínicos y confortables, para después criticar a los porteños y pedir federalismo. 

Así de injustos somos con esta gente, nuestra gente.

El día avanza y es hora de abandonar a los Sagal a su suerte, del mismo modo en que ellos nos abandonan a la nuestra. La Payunia, zona sagrada mapuche, se extiende como una manta de colores sobre todos los secretos del mundo. Y es tan grande que, por lo agujeros de la manta, se asoman todas las eras del planeta, cuestión que atrae a estudiosos de todos los continentes, porque aquí, en Payunia, las épocas del mundo son constantemente delatadas. 

Dejamos atrás El Durazno, hasta donde nos condujo el mejor guía del mundo en Payunia, Johnny Albino, en un vehículo 4x4 preparado para soportar los rigores de las huellas, entre los casi 800 conos volcánicos que atesora esta área protegida. En algún momento, nos dirá: "Payunia tiene una estructura propia y distinta a la de cualquier lugar del planeta. Es importante desde lo paleontológico, lo vulcanológico, lo geológico, lo biológico y lo social". 

Johnny Albino. 

Una manada de guanacos nos sorprende, pero el grupo no se sorprende. Los hermosos animales elevan sus cuellos, altivos, y sólo nos desafía el macho líder, el llamado Relincho, con su mirada segura: “El Relincho es el que protege a todos, pero nadie lo protege a él”, suelta el guía, mientras conduce. 

Más allá, al desembocar en una pampa secreta, Johnny nos advierte que veremos bandada de choiques y tal milagro se produce: allá van, preciosos  saltarines, con sus charitos y charabones, terminando el día, bajo ese cielo. 

Un choique en La Payunia (foto de Malargüe a Diario).

- Cuando la hembra queda preñada, el macho construye el nido y es él el encargado de empollar los huevos, no las hembras. Y más vale que no te acerques, cuando está empollando, porque defiende a los huevos con su vida, dice Johnny y luego, calla.

El día se marcha, con escasas nubes incendiadas en el punto del crepúsculo más hermoso del mundo que jamás hayamos compartido. La Payunia es demasiado para los ojos. Y también para el silencio. 

Ulises Naranjo

2 Postdatas:

1- Quienes quieran conocer Payunia, deben ingresar con guías autorizados. Nosotros recomendamos a un experto, el guía Johnny Albino (+54 9 260 4402439). Hay que ir, además, en vehículos especiales con doble tracción (los guías disponen de ellos). Una visita a la Payunia consume, por lo menos, un día entero recorriendo maravillas. 

2- La familia de puesteros Sagal acepta visitas a El Durazno, incluso, que se queden a comer un chivo que ellos mismos preparan y cobran adecuadamente. Recomiendan, para tal plan, coordinar previamente con Johnny Albino.  

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