La Cruz Negra, ese pequeño mundo legendario y popular

Un paraje, a medio camino entre la Ciudad y Tunuyán, en el que se sienten cosas: algunos, fe y plenitud; otros, la presencia del dolor que allí se fue a dejar, el penoso agradecimiento de los condenados. Algunos solo van, prenden una vela y vuelven al mundo con sus secretos. 

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Advierto que no soy devoto de la Cruz Negra, aunque, bueno, no soy devoto de nada. No obstante, de modo inevitable, sitios como ese o como la Difunta Correa o los santuarios rojos del Gauchito Gil me despiertan cierto apetito de arqueólogo amateur, ciertas ansias de espiar qué formas de la divinidad o del temor desnudan estás prácticas consagratorias populares, qué formas de la protección ante el oscuro infinito ofrecen las creencias, cuál es el rol de los dioses, para quienes creen en ellos.

La Cruz Negra.

Allí, en esos parajes con altares coloridos, las deidades -esas imposibilidades persistentes- se muestran ciertamente más atractivos y menos calculados: son indoctos y descuidados, festivos y plurales, incorrectos y sofistas, mercenarios y relajados.

En las academias religiosas, en cambio, los dioses son cínicos e inalcanzables, inequívocos y petulantes, sabios y elegantes y sólo hablan a través de sus abanderados elegidos, tipos que, disfrazados de discretos, suelen ser las personas más ególatras que el planeta jamás imaginó. Allí donde veas a un líder religioso deberás ver rockstar, un crítico de arte, un conductor de televisión, un coach o un periodista de Economía o Política: alguien que descaradamente busca hacernos creer que se las sabe todas, aunque sepa poco de nada.

La Cruz Negra.

El sitio, ubicado en la antiguamente llamada Pampa del Sebo -travesía entre Luján y Tunuyán- está limpio y las cruces se desperezan, aburridas. No hay nadie en la Cruz Negra. Es común pasar por aquí y ver que no hay nadie o casi nadie: las creencias, como los hombres, también son devoradas por el olvido.

La despensa Cruz Negra, que allí se delata, ha de haber quebrado, como tantas y tantas empresas en este país. En el sector de acampe, las churrasqueras se quejan, porque hace siglos que nadie les tira un fósforo. No obstante, hay pájaros, con registros sopranos y banda sonora de fondo de autos y camiones que, siempre, pasan de largo, apurados, cada vez más veloces.

La Cruz Negra.

Antes, pasaban jinetes en caballos y mulas y carretas tiradas por bueyes; aquel era el tránsito habitual de gauchos obreros, valientes en fuga o señoras de regreso del oasis centro. Algunos, incluso, iban y venían a Chile, puros cascos secos, en el camino al Valle de Uco, dejando huellas que ya no están.

Cuenta la leyenda que, hacia 1864, un poderoso terrateniente del valle, llamado Eugenio Bustos, envió a uno de sus hombres de mayor confianza, Raymundo Palleres, a cobrar unos dineros que le debían en la Ciudad o en Chile y que, de regreso, con la plata encima y sus fieles mulas, antes del valle presintió una emboscada.

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Así, Palleres puso el dinero en las mulas de tiro y las guasqueó con fiereza para que fueran directo hasta la estancia de Bustos. Luego, siguió y, al vencer un recodo, el gaucho se encontró con un grupo de cuatreros chilenos, quienes le dieron muerte, al tiempo que las mulas, siguiendo rutas propias, retornaron a casa con el dinero.

Eugenio Bustos, al ver las mulas sin su jinete, ordenó que lo buscaran y, bueno, pues, hallaron muerto al fiel encomendado en un paraje en el que constituyeron sepultura, plantaron una cruz negra y el espacio, con las décadas, quién sabe a ciencia cierta el porqué, se fue convirtiendo en lugar de veneración, a fuerza de promesas cumplidas.

La Cruz Negra.

Algunos creen interpretar que, desde allí, el alma pura de Palleres cuida a los viajantes, para que lleguen a destino sin que cuatreros o desgracias vehiculares los incomoden o importunen. Algunos le prenden una vela; algunos dejan una botella de agua como a Deolinda, la madre sanjuanina; algunos -con torpes caligrafías- le hacen una chapa con frases del tipo “Gracias Cruz Negra por proteger a nuestros niños” y algunos van y dejan allí objetos cargados de dolor o de esperanza: yesos, muletas, carros de bebés que mantuvieron sus latidos, bicicletas, guantes de box, rosarios, chapas de autos, camisetas de fútbol, peluches, cristos coronados sangrando a lo tonto en sus cruces, cigarrillos sin fumar, trofeos deportivos con dorados falsos, racimos de flores de plástico y más y más carteles que aseguran que la Cruz Negra obró algún tipo de milagro en hijos y propiedades privadas y que quitó dolores y que promovió triunfos artísticos y deportivos.

Un auto se desvía de la ruta. Baja una pareja silenciosa, tan silenciosa, que jamás emitirá palabra. Suben las escaleras, olvidado uno del otro, ese natural olvido, ese abandono sin despedida, esa lenta muerte en vida, que ensayan los matrimonios, con los años. O tal vez se amen tanto que ya prescindieron de cualquier ademán comunicativo.

La Cruz Negra.

Cada uno enciende su vela; cada quien agradece por sus cosas: ambas intimidades -cruelmente delatadas bajo el inmenso cielo de la Cruz Negra- se despliegan si vergüenzas ni pudor. El hombre y la mujer se persignan, como buenos católicos que son, porque, bueno, aquellos que eligen creer, empiezan creyendo en algo pequeño, un dios, por ejemplo, y, luego, van por más y terminan creyendo en toda la familia del Dios y en sus amigos y en sus enemigos y, conforme pasan los años, en una montaña de cosas imposibles, porque creer es una de las formas de permitidas de la adicción y, dicen los que creen, también de la sabiduría.

La Cruz Negra.

Así, como llegaron, unidos los desunidos, se irán. Las cruces negras y el incrédulo, en tanto, sostendrán unos minutos más la tensión, pero no habrá desenlace: cada quien recogerá sus armas y emprenderá su camino, aunque, ciertamente, los dos conducen al mismo olvido.

Ulises Naranjo.

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