La autopsia de la libertad

Una columna del sociólogo Leandro Hidalgo sobre una sociedad “que todo vuelve espectáculo, que todo vuelve imagen, que sólo desea lo que no dura, está condenada a vivir en simulacro la realidad”.

leandro Hidalgo

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A la generación millennial la asociamos generalmente con el uso de la tecnología, con los nuevos dispositivos, con lo digital. Sin embargo, ciertos episodios culturales de la actualidad se expanden hacia personas que tienen más de cuarenta, incluso más de cincuenta, o sesenta años. La reverberación que ha inventado el consumo ha extendido sus efectos por todas las generaciones, edades y estratos sociales. Una sociedad que todo vuelve espectáculo, que todo vuelve imagen, que sólo desea lo que no dura, está condenada a vivir en simulacro la realidad.

Pareciera ser que las formas socioculturales actuales operaran de una forma contraria a otros estadios de la historia. Para decirlo sencillamente, el sometimiento de hoy tiene una máscara. Y algo peor, está disfrazado de libertad.

Si pensamos las formas de dominación ejercidas sobre un esclavo, sobre un patroncito del siglo XIX, sobre un obrero fabril de principios del XX, serán muy distintas de la que recibe hoy un internauta que escribe comentarios en diarios digitales, o la de un empleado cualquiera, pero la percepción que esta víctima tiene de esa escafandra que le estalla en la cabeza, es distinta, y eso es lo nuevo, la representación que se hace quien padece la dominación, porque cree que se está realizando cuando en verdad está exhausto y estresado, porque cree que en verdad elige cuando busca series en Netflix, y cuando cree que él es libre porque no compra una cosa y compra la otra. La versión extrema de esta falsa impresión es servir amablemente (cuando no votar) a su propio villano.

Cuando la dominación reviste la forma de la libertad, entonces tiene el camino allanado. Hoy descubren la psique como una fuerza más de producción, venida del centro de un modelo sociopolítico que avanzado el siglo XXI nos necesita enteritos, entonces nos sobreexige, nos demanda, nos optimiza al cien por ciento, pero haciéndonos creer que es lo que nosotros deseamos. Esa es su mayor perversidad. Nos teclean. Nos clonan. Nos resfrían el cerebro para que estornudemos todos a la misma vez.

Las empresas más importantes del mundo ofrecen a sus empleados la posibilidad de gimnasios, salas de distracción, juegos, jornadas de coaching empresarial, talleres de management, todo lo que optimice la rendida, porque el trabajo se tornó la vida entera. Hacen negocio con la motivación y el vacío. Ludificación social la llaman, se puede guglear. Todas las páginas hablan de objetivos, aprendizaje personal, compromiso en equipo, participación, tendencias, liderazgos. No quieren poner que ya no distinguimos cuándo estamos trabajando. Bajo el humo de la motivación y el esparcimiento, se mantiene a los empleados expectantes, como en el cuento de Benedetti, cuando el niño en el circo distingue la boca cansada del hombre bajo la risa pintada y fija del payaso.

Los artefactos electrónicos también han aportado su cuota para diseminar la productividad las veinticuatro horas del día, mensajes constantes, grupos de whatsap, computadoras, teléfonos inteligentes, internet en todos lados. Respiramos una hiperrealidad. El Big Data da cuenta de esto. Se usa para fines políticos (propagandas), comerciales (propagandas), hasta las formas de gobierno son figuras del marketing. Se mixturó todo. Comercio con mercado y con política. Y ya nadie tiene que vigilarnos desde una torre, o un estrado. Nosotros solos nos ofrecemos a ser vistos, porque queremos ser mirados, ser leídos, de alguna forma también queridos, admirados.

En un mundo de megustas, en un mundo de pantallas, de táctiles, de comunicación permanente, el espacio del sí mismo es acuchillado en silencio, porque nada ni nadie discrepa fuera de lo que acontece, nadie no encaja por fuera de las circunstancias que marca la agenda, y entonces queda la escena del crimen limpia, pero apócrifa, tolerante, pero con esencia a muerte escondida.

Es la época de las encuestas por sí o por no, el universo superficial y panfletario de las frases de autoayuda, la cultura light, la alimentación sana, el cuerpo saludable, duramos más, nos jubilamos más tarde, si no qué hacemos, si nadie sabe hacer otra cosa que trabajar. Trabajar y comprar. Trabajar, comprar y mostrar. Nos olvidamos de lo demás, ya no sabemos cómo se hace. Estamos clonados culturalmente. Nada difiere de un modo verdadero, porque nadie puede ser tan verdadero para diferir en algo.

De alguna manera es esta cosa binaria, polarizada, en la que el usuario (para qué llamarlo sujeto) elige entre dos cosas más o menos distintas, y encaja. Y es el camino que marca la pauta de un consumo inabarcable, porque todo se vuelve objeto o mercancía o cosa para poner en una vidriera digital, en una red social. Hasta la felicidad parece ser una ficción, una selfie, un estado. Todas formas de una inseguridad permanente.

Conectar. Compartir. Galvanizan los verbos que tienen significado social, los esparcen por esta democracia cibernética, en la que todos tenemos algo para decir o para mostrar, donde podemos hasta elegir el perfil que más aparenta, interactuar sin materia, sin masa, sin cuerpo real (solo fotos).

Somos artefactos digitales dando señales codificadas en una pantalla táctil, sin ojos, o con una voz robotizada, o con la emocionalidad de los emojis, con la nueva pero vieja opinión que tenemos sobre cualquier tema de turno. Nada es extraño, todo nos complace, a unos o a otros, pero al fin, todo está personalizado, todo se vuelve un servicio para usted, una gratificación, este celular, este auto, este helado, no tienen las cosas una utilidad directa digamos, porque como dice Baudrillard, sin ese “usted” (que hoy podría ser vos, o el nombre de pila para más cercanía) el consumo no sería lo que es. Aunque sepamos, quizá, en lo profundo, que hay sombras, que hay rugosidades, que pensar verdaderamente casi siempre significa no encajar. Pero se necesita una temporalidad para eso, lleva tiempo. Y eso no hay. Y el que lo tiene, lo usa para postear.

Leandro Hidalgo, sociólogo.

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