Desde la cima de la Esclerosis Múltiple

La historia de un valiente que desafió a dos gigantes de una sola vez. Seguí leyendo que te la cuento. 

cecilia ortiz

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Mi papá es aficionado a la fotografía. Me acuerdo cuando lo ayudaba a revelar fotos. Era una experiencia fascinante para mí observar cómo de una placa negra, de a poco y a medida que los líquidos actuaban, iban apareciendo las imágenes casi fantasmagóricamente. De la nada, una forma, una imagen, un sentido, una emoción. Arte.

Eso, justamente eso mismo sentí cuando hablé con Rodrigo. Gerardo, un amigo de la infancia me dijo: “Vos que hacés neurociencia, tenés que contactarlo. Su historia es increíble”.

Su voz transmite energía y paz a la vez. Es de esas voces que se tragaron las angustias y las tristezas y las pudieron trabajar para gritar vivas que nada es tan tremendo.

Su historia fue muy conocida. Yo la quise rescatar para demostrar que, mirando desde otro lado, siempre se puede.

Rodrigo Navarro tenía 24 años, “la edad en la que creés que sos inmortal”, como dice, cuando la vida se encargó de enrostrarle que no es así. Junto a su madre y su hermana recibió el diagnóstico menos esperado: aquella pérdida de sensibilidad en el lado izquierdo de su cuerpo era un síntoma de esclerosis múltiple.

Su peregrinaje por la medicina había empezado un tiempo atrás, con fuertes síntomas de hipotiroidismo, a los que se sumaron depresión, ataques de pánico e insomnio.

Rodrigo cuenta que le resultó muy difícil aceptar la enfermedad: “pensé que me iba a morir, justo cuando pensás que sos inmortal”. Buscó información en google y encontró más sustos que calma.

La esclerosis múltiple (EM) es una enfermedad autoinmune (esto es, el sistema inmunitario se convierte en agresor que ataca y destruye los propios órganos y tejidos corporales, en otras palabras, el cuerpo se agrede a sí mismo) que atenta contra el sistema nervioso, comprometiendo al cerebro y la médula espinal. Las neuronas están protegidas por una sustancia llamada mielina, que resulta lesionada por esta enfermedad, lo que dificulta la transmisión de mensajes entre el cerebro y el cuerpo. Afecta más a las mujeres que a los hombres. Se diagnostica con mayor frecuencia entre los 20 y 40 años, pero se puede observar a cualquier edad. Sin embargo, la importancia de su reconocimiento apropiado radica en que es la primera causa no traumática de discapacidad en población joven.

No se sabe exactamente qué causa la EM. La creencia más fuerte hoy por hoy es que los culpables son un virus, un defecto genético, o ambos. No se descartan los factores ambientales como precipitantes.

Una obligada reclusión para comenzar un tratamiento con corticoides le propició tiempo para pensar y armar rompecabezas. Este anclaje de piezas empezó a trastocar el negativo de su historia.

Un viaje a Penitentes hizo el resto: “me fui por un par de días y me quedé mucho tiempo, solo, desconectado. Ahí caí en que esto es lo que me tocó y que tenía que llevarlo de la mejor manera posible. Volví decidido a subir el Aconcagua. Nadie me cría. Pensaban que era chiste”, cuenta.

Así, asumió el reto y en el año 2012 se puso a entrenar duro. Como fue deportista de siempre, no le costó mucho encontrar estado y adquirir disciplina. “Esto me permitió redescubrirme, conocerme”. Desde el negativo empezaban a asomarse, cual escorzos, los primeros esbozos de sombras: una nueva forma de estar en el mundo pedía permiso para quedarse.

La ascensión no es barata, así que debió golpear puertas. El ministerio de salud, la municipalidad de Las Heras y otros organismos lo ayudaron, y bajo el lema “La salud en lo más alto” comenzó su tarea de “evangelización”: motivar (y motivarse) a otras personas a sobreponerse a sus enfermedades, transmitir “buena onda a todos”.

El momento llegó y el Cerro lo esperaba. Rodrigo narra que el último tirón fue muy difícil. Recuerda que muchos abandonaron, pero que él sentía que la montaña le daba fuerzas, la montaña y los cientos de mensajes que recibió desde diferentes lugares. Cuenta que los últimos 200 metros fueron los peores, que se preguntaba “¿Qué hago acá?”, que en la cima lloró y que la bajada “no se terminaba más”.

Dice que recién disfrutó su hazaña cuando, ya en Penitentes se tomó un café con leche caliente con su familia. Esa que nunca lo abandonó, quienes le pusieron el hombro y quienes, como él dice “son mi refugio”.

Los que trabajamos en salud enfrentamos muchas personas con enfermedades, muchísimas, y podemos referir miles de historias. Pero esta, la de Rodrigo, merece ser contada y vuelta a contar millones de veces, porque habla de actitud positiva, habla de resurgir y habla, como su voz, de fuerza. Lo necesario para enfrentar cualquier adversidad, una enfermedad crónica, por ejemplo.

Hoy Rodrigo lleva una vida casi normal. Trabaja, tiene amigos, pero dice que su enfermedad le permite conectarse consigo mismo, lo “vuelve a la tierra”, le enseña que lo más importante son los afectos. Entre risas, confiesa que si no hubiera padecido EM, probablemente no hubiera encarado la hazaña del Aconcagua. Y, seguramente, el Coloso lo mira y le hace una mirada cómplice, porque sólo los dos saben los fantasmas que quedaron en el camino, porque sólo los dos conocen el valor de las lágrimas, porque los dos son testigos de la nueva imagen que, a partir del negativo, pudo respirar.

Ante el diagnóstico de una enfermedad crónica, uno tiene dos opciones: o quedarse en la queja y llorar eternamente, o tratar de encontrar una salida constructiva, aprender a vivir con eso y salir.

Y, ya yéndose, con su voz de energía y paz, remarca que es uno quien decide cómo enfrentar las cosas. Que la enfermedad debe dar la fuerza para hacerlo.

Gracias Rodrigo, por enseñar tanto.

Lic. Cecilia C. Ortiz / Neuropsicóloga, mat.: 1296 / licceciortizm@gmail.com

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