Canción de amor a los docentes mendocinos

Una sentida canción de amor a los educadores que salvan vidas, de puñados y puñados, cada año. La nostalgia revaloriza lo vivido y la vida, como siempre, está en otra parte.

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Proyección del documental en la escuela Atilio Anastasi, de La Estanzuela.

Ulises Naranjo

Ningún hecho está a priori condenado a seguir siendo para siempre el mismo hecho, porque cualquier acontecimiento, aun el más insignificante, esconde dentro de sí la posibilidad de llegar a ser antes o después la causa de otros acontecimientos y convertirse así en una historia o una aventura”, Milan Kundera, “La vida está en otra parte”.

No siempre hubo un barrio obrero, con grafitis histéricos, chocos sueltos y abuelas con la espalda vencida, allá, en La Estanzuela, el poniente hostil de Godoy Cruz. Tampoco había un Corredor del Oeste, esa cicatriz indolente, repleta de gérmenes hidráulicos que despiden destellos rojos en sus fugas, atropellando el viento despavorido y los animales inadvertidos. Muchos menos, había, sobre aquellas piedras y cactus de nadie, un barrio privado de altos muros, en el que, petulantes, esbeltas extranjeras, se alzan palmeras con rastas rubias, en jardines lookeados con peinados imposibles, al pie de las estupendas mansiones de los bienaventurados que se conmueven con charlas TEDs y monólogos sarasas de Pilar Sordo para levantar la autoestima y combatir las injusticias del mundo; hogares con columnas y puertas desmesuradas, custodiados por guardias con camisas blancas, que, cumplido el turno, vuelven a sus modestos barrios a tomar alguna sopa con pan, tras custodiar por magro salario las fronteras del paraíso.

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Conozco aquel lugar, palmo a palmo, desde hace 50 años, desde antes de que se construyera los barrios -varios pobres y dos, ricos- separados por una autopista inclemente y un muro ciego como un puño. Parte de lo mejor de mí, fue grabado a fuego -junto a mis amigos- en la espalda breve del verano de los humildes, en años tan lejanos para mí, que se asocian con la posibilidad de no haber existido o de haber existido sólo para mí.

Allí, iba a tirar con la honda y a cazar con los perros y los vagos, hasta que a los animales se les aspeaban las patas por el calor y, ya fue escrito, los cargábamos en los hombros, hasta llegar exhaustos a Los Pimientos, nuestra modesta versión del edén. Por cierto, los más jóvenes deberán buscar “aspear” en el diccionario, pues se trata de una palabra perdida casi para siempre.

Por entonces, sabíamos de cada quebrada y cada chañaral y dónde hacían camas las liebres y sabíamos dónde podían echarse las martinetas a la siesta y como dolían las espinas en las canillas y dónde se había roto el caño de agua para hacer el cebadero, antes del amanecer. Años después, más educado y correcto y menos culto e instintivo, tantas veces fui a correr en soledad hacia aquel piedemonte yermo, que ya estaba familiarizado hasta con las piedras que debía esquivar y con cada sendero inhóspito y dulcemente hermoso en el recuerdo.

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Gran parte del concepto construido de mi épica, encontró sustento en aquellos paisajes idílicos para bandadas de niños apaleados que encontraban aventura y vacaciones recorriendo cerros y quebradas tras la liebre inaudita, para luego bajar, entre silbidos y carcajadas, poderosos y lábiles, a bañarse al Segundo Zanjón, con la piel morena traspirada, las zapatillas seniles y fieles y las hondas al cuello, poderosas armas de guerra de firmes horquetas de olivo y elásticos “de tomar la presión”. Y así, hasta que el atardecer nos hacía bajar del campo al barrio, donde nuestras madres, nos esperaban con un yerbiado con pan casero y margarina, que hacía círculos de aceite en la taza al sopar, entre vapores, esa rodaja de dios.

Ahora, con los años, entiendo que la gente “bien”, al vernos venir, nos evitara y nos rechazara y que murmurara advertencias a sus hijos sin soltarles las manos: éramos sucios y salvajes, cuatreros y futbolistas, presumidos y aterradores. Estábamos naturalmente condenados al infierno; éramos todo aquello que una familia decente de clase media debía demonizar; éramos, en el fondo, la síntesis de la aversión y hasta del asco y también el paradigma del fracaso.

De todas aquellas condenas, a algunos, nos libró la educación pública argentina. Gracias a que pudimos educarnos y que nos esforzamos en la tarea, descubrimos otro mundo que se abrió ante nosotros: y, que quede claro, los guardianes de esos reinos insólitos fueron y serán los docentes: ellos y las madres, en los barrios desfavorecidos, son las columnas imperturbables que sostienen el tejido social, jornada tras jornada. Y el solo hecho de que les paguemos tan mal a nuestros docentes responde por sí mismo sobre gran parte de los males de nuestra historia.

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Ahora mismo, pienso en “La vida está en otra parte”, una novela de Milan Kundera que supo conmoverme en mi juventud. Se trata, básicamente, del deseo osado, casi desesperado, de un joven por afrontar la vida como un viaje o como una fuga, tal vez de retorno a la infancia o de evasión de ella, pero siempre hacia el despeñadero de su propio destino. La vida siempre está en otra parte y nuestro corazón verdaderamente late, si estamos dispuestos a cotejarnos con los distintos. No diré más del libro: vayan y léanlo, en lugar de perder el tiempo en un diario como este, que publica en sitio destacado irrisorias postales mendocinas.

Estas cosas -aventuras y lecturas- recupero, mientras estaciono mi estupendo auto en el patio de la escuela Gerónimo Sosa del barrio La Estanzuela, donde funciona un Cebja y el Cens “Dr. Ernesto Che Guevara”, de la DGE. Apago la calefacción, me ato un cordón de mis aerodinámicas zapatillas, ajusto mis lentes de precisión, subo el cierre de mi pólar de microfibra comprado en el extranjero y bajo a la tierra sagrada, como un astronauta que regresa ileso de Marte, y descubre que el planeta ha sido arrasado por simios negligentes y rencorosos.

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Allí, adentro del edificio, puñados de alumnos hermosos, semejantes al niño que fui, miran un documental que hice hace unos años: “No llegués hasta acá”, se llama, y habla de la vida en las cárceles de Mendoza y del abandono escolar y de las drogas y del encierro y de la criminalización de la pobreza y la destrucción familiar y otros asuntos por el estilo.

Las pibas y los pibes están en silencio; no puede haber mayor recompensa que presenciar esa devolución a una obra. Es evidente: hay una complicidad inequívoca con las imágenes. Son demasiado jóvenes, adolescentes plenos, pero saben de qué trata cada puto segundo de la película, porque -directa o indirectamente- ya la han protagonizado, ya han crecido conviviendo con la inseguridad, la falta de morfi, el abandono escolar, los parientes en cana y la portación de rostro, cada vez que bajan del barrio, por ejemplo, en busca de laburo o simplemente salen a pasear.

Sin embargo, ellos son, contra lo que se suponga o nos quieran hacer creer algunos encantadores, las víctimas perfectas de este tremendo animal social -carnívoro frenético y cruel caníbal- que supimos conseguir como pueblo, porque es un hecho ineludible que la única clase social que paga con cárcel sus delitos, es la de los humildes (y si no, consulten cuántos de los presos son pobres y escucharán: la inmensísima mayoría).

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La charla fue genuina, por momentos, emocionante. Uno de los chicos resultó ser un rompehuevos fenomenal que, mientras hablábamos, se reía irónico, ponía música en el celular, hacía comentarios cancheros, se movía, se bajaba la gorra hasta la nariz. Todos, no obstante, especialmente los docentes, lo tratamos con cariño, porque no queríamos que abandonara el aula y hasta le dimos la palabra, cuestión que rechazó con un movimiento despectivo de cabeza. Viene, quizás, al caso decir que, además, era un chico guapísimo: rubio, de buen lomo y con ojos verdes transparentes e inhóspitos. Al finalizar, ya en el patio, mientras nos sacábamos fotos, los profesores me contarían que parte de su familia, incluyendo el padre, está en cana y, entonces, todo terminaría de cobrar sentido, también el amor con el que lo trata su comunidad educativa y con el que intentan mantenerlo en el sistema, para que no se lance por el precipicio.

Allí, en La Estanzuela, día a día, hora a hora, en las escuelas, se libra una batalla por la vida, que encuentra réplica en otras semejantes de Puente de Hierro, 5000 Lotes, La Isla, el Bajo, el Pappa, el Pablo VI, el Santa Teresita, La Favorita, la Triple Frontera y tantos otros. Y son los docentes y no docentes de los colegios quienes la libran, con indecible amor y solapado dolor y carencias personales que dejan a un lado.

Si acaso la fábula de Dios y su paraíso fuese cierta, pues Dios debería ser un docente y el paraíso, definitivamente, no sería parecido a Palmares, sino a La Estanzuela, donde, por las tardes de otoño, el sol jamás se marcha sin besar cada una de las mejillas de los vecinos, hartos ya de ponerlas setenta veces siete, para que nosotros -con nuestro desprecio- los surtamos a cachetadas. 

Ulises Naranjo.

Postdata:

Una confesión final: terminada la proyección en La  Estanzuela, sentí necesidad de ir hasta el frente de la casa de la Señorita Persoglio, la maestra jubilada que me preparó  durante mi séptimo grado, para que me presentara a rendir el ingreso en la escuela "Martín Zapata", a cambio, mi madre modista le confeccionaba ropa. Jamás olvidaré el amor con que me preparó esa mujer. Gracias a ella, pude entrar a esa escuela y, hoy, vuelvo a agradecer su dedicación, que ayudó a torcer mi vida. En fin, amigos, yo anduve siempre en amores, qué me van a hablar de amor. 

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