Aguafuertes menducas: "Esas putitas"

Las "Aguafuertes porteñas" de Roberto Arlt marcaron una época con las notas del periodista sobre cuestiones puntuales que observaba en la ciudad. Sin intentar empatarlo, en la búsqueda de tomar nota de muchas realidades que se viven en un segundo plano en la vida cotidiana de Mendoza, aquí Gabriel Conte vuelca sus propios apuntes, muchos de los cuales han sido parte del libro "Los mocosos nos miran", con ilustraciones de Elia Bianchi de Zizzias y el video de Eliana Zizzias. Momentos, historias, anécdotas. ¿Realidad o ficción? Aguafuertes menducas.

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Gabriel Conte

El cuadro de Elia Ana Bianchi de Zizzias.

El “señor ayudante de fiscal” lo miró fijo a los ojos. “¿Es usted el señor denunciante?”. “Lo soy. En mi carácter de funcionario público. Es mi obligación hacerlo”. “Muy bien”. El empleado judicial se acomodó los lentes sobre su nariz, presionándola hacia los ojos, lo que le dio un aspecto casi de enmascarado. En cuestión de segundos, los anteojos volvieron a su posición normal, sin tomar nota de su imposición.

“¿Qué hago? Me siento, me toma declaración… ¿Qué hago?”. “No. Quédese ahí no más. Este tema lo quiere ver el fiscal personalmente. “Ok”.

Personalmente –cosa que el resto de los empleados subrayó con una mirada de sorpresa y acompañaron con un ajustamiento de anteojos en simultáneo, en una escena digna de cuatro segundos de cine- el fiscal abrió la puerta y lo invitó a pasar a su despacho. Estrechón de manos y convite a sentarse en la principal silla junto a su escritorio. “Vengo con el abogado de la institución…”. “No no. Pase usted no más. Es una charla informal lo que quiero tener”. “Ok”.

“Bien”, dijo el hombre de la Justicia, tomando tres cuerpos de un expediente cosidos con piola, aunque rebeldes y deformes, con tendencia a desatarse.

- ¿Usted es consciente de lo que ha denunciado, no?

- Sí claro. Tomé conocimiento por los reportes de las operadoras sociales que dos chicas, menores de edad, eran utilizadas para ejercer la prostitución. De inmediato, como me corresponde como jefe del área pública, lo informé a la justicia por medio de los abogados que, le repito, uno de ellos está afuera y puede ampliarle técnicamente el asunto. Yo simplemente hice lo que creo que corresponde.

- Está bien. Pero, ¿es consciente?

- Sí. No. Bah, no le entiendo la pregunta. Si no lo fuera, no estaría aquí sentado, discúlpeme. ¿Me está tomando declaración o me quiere plantear algo que no entiendo?

- No no se altere, que alterados tengo a los acusados. ¿Sabe usted lo que implica privar de libertad a una persona, desde hace por lo menos tres meses?

- ¡Es muy grave! Es tal vez lo peor que le pueda suceder a un ser humano.

- Mire… no sé… ni idea de quiénes son los acusados… pero a juzgar por la actividad por la que se los está acusando… No sé, peor que dos chicas de 12 y 13 sean empujadas a prostituirse, ni siquiera sé desde qué edad, me parece bastante jodido, ¿no le parece?

- Tengo entendido que esas chicas habían estado siendo controladas, con anterioridad, por la institución que usted dirige…

- Sí, claro. Por lo que he leído, sus padres las abandonaron. No tengo en claro su historia personal ni por qué pasó aquello, pero sí, han estado institucionalizadas más de una vez.

- O sea señor… ¿es consciente que la institución que usted dirige no las cuidó como correspondía?

- Es posible. ¿Hay alguna acusación en tal sentido? Tengo entendido que hay varias investigaciones sumarias en la institución por ello…

- No no no no no. No se altere, solo estamos charlando. Una charla de amigos.

- Bueno… disculpe, pero no somos amigos y yo, la verdad, tengo mil asuntos que atender y no entiendo este diálogo… Yo fui citado…

- No no no. No fue “citado”. Fue “invitado”, por eso estamos hablando, amablemente, como gente adulta, para comprender la dimensión del problema en el que estamos metidos.

- ¿Cómo dice?

- ¿Usted lee los diarios?

- Sí, ¿por?

- Se dará cuenta que hay crímenes irresueltos que hasta pueden hacer caer a ministros y que ponen al Gobierno en riesgo permanente y… yo ¿tengo que ocuparme de dos putitas porque a usted se le antoja? ¡Y aguantarme las amenazas de los defensores de los acusados, privados de la libertad desde hace tres meses, tres meses señor, porque se le escapan las chicas que tenía que cuidar!

- Mire, si quiere que sigamos hablando, deje pasar al abogado y llame a quien tome nota, creo que esto debe quedar en el expediente.

- ¡Pero señor! ¡No sea hipócrita! ¿Te puedo tutear?

La verdad es que creo que no. En estos términos… me parece bastante desubicado…

- ¿Vos no te llevarías a la cama a una pibita de 15? ¡Son un producto de la historia del mundo! ¿Y vos lo querés borrar con una denuncia en donde se te ve la hilacha de que no actuaste como correspondía en su protección integral, como dice la ley?

- Perdón, creo que esta conversación, como dicen ustedes, si no está en el expediente, nunca existió. Actúe como crea que corresponda. Yo ya veré que hacer.

El funcionario se paró. Arrastró la silla un poco e hizo ruido. Incómodo, la solivió levente de atrás. De los nervios, sin saber si saludar o no, la acomodó prolijamente en su lugar hasta que, sin mirar al fiscal, escudriñó el inmenso salón buscando una salida. Y atinó, por suerte, con rapidez. Abrió y se fue. Desde el pasillo miró para atrás como para decir “bue día” o “hasta luego”. Pero nadie lo miró, enfrascados en sus rutinas.

Desencajado, se secó la transpiración a la vista, en su frente, sobre todo, y cuando el abogado se puso de pie, lo tomó del brazo. “¿Pasamos ahora? Qué quería?”. “Vamos afuera. Tomemos un café o algo y te cuento”.

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