Aguafuertes menducas: El fantasma de Melisa

Las "Aguafuertes porteñas" de Roberto Arlt marcaron una época con las notas del periodista sobre cuestiones puntuales que observaba en la ciudad. Sin intentar empatarlo, en la búsqueda de tomar nota de muchas realidades que se viven en un segundo plano en la vida cotidiana de Mendoza, aquí Gabriel Conte vuelca sus propios apuntes, muchos de los cuales han sido parte del libro "Los mocosos nos miran", con ilustraciones de Elia Bianchi de Zizzias y el video de Eliana Zizzias. Momentos, historias, anécdotas. ¿Realidad o ficción? Aguafuertes menducas.

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Gabriel Conte

Abuso.

Abusó de ella su padre, desde muy chica. No lo supo sino hasta grande, cuando en los sueños algo le pasaba. El amor se le transformaba en un “no lo puedo ni ver a ese hijo de puta” que ninguno de sus hermanos entendía muy bien. Pero no lo comprendían hasta que ellos mismos comenzaron a hablar más en confianza y una idea perversa les comenzó a dar vueltas por la cabeza.

Melisa ya tenía 22 cuando le taladró el cerebro la recriminación de su hermano mayor, Luis, de 27: “¡¿Qué te pasa, loca, que ni para el cumpleaños saludás al papá?!”. “¡Será que a vos no te hizo lo que me hizo a mí!”, largó, sin red, como quien expulsa un demonio. Un eructo de la conciencia.

- ¿Cómo? ¿Qué decís? ¡A mí también me fajaba de chico! ¿Pero quién no lo ha hecho? ¡Éramos terribles!

- No hablo de fajar… abusó de mí.

Un portazo. “Estás loca. Estás delirando”.

De chiquita Melisa era la nena preferida. Su papá, Esteban, se quedaba con ella, la mostraba a sus amigos, le gustaba cambiarle los pañales de bebé y la ropita de salir de niña.

Sus juegos eran extremadamente cariñosos. Dormía la siesta con él, mientras la madre se iba a dar clases, ya que es maestra, y su afecto se transformó en el monstruo que no pudo reconocer ante ningún espejo sino hasta que un caso en una telenovela, la hizo llorar tanto que, de tan empañada que tenía la existencia, se le despejó el espejo. “Fue un clic”, le explicó luego a una de sus primas, “pero el Luis no me entiende y tengo miedo que se lo diga a mi viejo… y… no sé para qué recordé todo”. El fantasma de su niñez era quien la acosaba ahora y condicionaba sus actos, su carácter, sus opiniones, su destino.

Dicho y hecho. Luis se había quedado con una espina doble: la confesión brutal de su hermana, que no terminaba de comprender del todo y la posibilidad de que fuera cierto.

Lo encaró a Esteban, su padre. Pero no sabía muy bien por dónde ir al grano. Lo rodeó en medio de una de sus afectivas charlas sobre fútbol, trabajo, estudio. Se dio cuenta, de inmediato, que nunca hablaba con su padre de sus hermanas. Que de solo mencionarlas, por ejemplo, a Melisa, recibía una cortina de acero con su clásico “ah… la loca esa”.

La mencionó de lleno: “Melisa”. Y completó: “¿Vos le hiciste algo que no debías cuando era chica?”. Pegó un salto a un costado y se apoyó en un mueble, todo, en un delicado equilibrio para no perder de vista los ojos de su padre que permanecieron esquivos.

Esperó la trompada que no llegó. Esteban se hizo un nudo, se puso chiquito. Luis se agigantó: “¡Mirame y contestame! ¡¿Qué te pasa?!”. Esteban ocultó su rostro como quien llora, aunque su primogénito no pudo verificarlo. Se paró e intentó desaparecer del lugar, en un “aquínopasanada” imposible. Lo frenó Luis que, como en las películas, se desintegró de allí y apareció aquí, cubriendo la puerta, para que su padre no se escapara.

Le dijo lo que nunca le había dicho ni pensó que podría pronunciar: “¡Habla, hijo de puta!”. Ya tenía toda la certeza de que el estallido de Melisa era cierto y la bronca de no haberla interrogado antes o, siquiera, prestado su oído a su tristeza siempre latente o, inclusive, haber estado más cerca de ambos en aquel momento.

Luis pensó, como Melisa, que “estas cosas solo pasan en las novelas”. Pero ahora todos estaban hechos triza. La familia ideal del barrio, la que tiene todo y hasta se va de vacaciones todos los años, es una mierda, pensó. Todo rápido, como en un sueño. Peor, Esteban.

Luis no se atrevió a golpear a su padre y de pura impotencia es que estalló en lágrimas.

Se arrepintió después, cuando el abusador corroboró las versiones de la peor manera: abrió el cajoncito del escritorio, del otro lado del salón que fuera testigo del quiebre familiar. Sacó el arma, que guardaba cargada, irresponsable o sabiamente, quién sabe por qué. Y terminó de un solo tiro con su culpa, dejándole a la familia, como herencia, su propio fantasma aterrador.

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