Un tango tumbero y la tristeza más hermosa del mundo

¿Qué es lo más hermoso que recuerdo? El abrazo de una mujer uniformada a una breve mujer esposada, que ha bajado de un camión penitenciario, bajo una mañana de oro, tierras sueltas, palomas y candados. 

Ulises Naranjo

Un tango tumbero y la tristeza más hermosa del mundo

Un tango tumbero y la tristeza más hermosa del mundo

¿Qué es lo más triste que recuerdas? Todo ese tiempo en el cual no había nada que tapase la tristeza. Quiero decir que la tristeza es algo constante. Las canciones tapan la tristeza igual que el ruido tapa el silencio. Cuando las canciones se acaban vuelve la tristeza...”, Ray Lóriga, Héroes.  

A ver, ¿qué es lo más hermoso que recordás? Pongamos las reglas: no vale meter en esto a tu familia y tus amigos y boludeces por el estilo. La familia y los amigos son habituales cobertizos que los cobardes y los perezosos levantan para ocultarse de la implacable oscuridad del infinito y del secreto pavor a la propia desnudez. 

¿Qué es lo más hermoso que recordás? Saquemos ya mismo de las opciones ciertas zonzas improbabilidades –ciegas como caballos sin luna– como encuentros con dioses, profetas y rosas místicas y también esos mandatos ancestrales que disfrazan imposiciones ajenas y obediencias propias. 

Que nos quede claro: el paraíso no es un lugar ni una promesa: es la forma más acabada de la crueldad. Y la religión toda es un chiste sin remate. 

Entonces, ¿qué es lo más hermoso que recordás? Sin lugar a dudas, aquel instante en que, por una razón u otra, suspendiste un dolor o le diste sentido o aquel otro en que, por un instante, se corrió a un costado la angustia de latir. 

No aceptaremos otra respuesta, así es este juego: estricto como un barrote. 

La belleza de los recuerdos no es tal: no hay belleza en cortar con todo antojo pedazos de nuestras vida para que nos luzcan bien. Recordar es morir un poco. 

Las cosas más hermosas de la vida, invariablemente, son tejidas en las sombras por el dolor. 

Y el regocijo no es hacer castillos de arena en una playa del Caribe con tus niños, sino llegar a esa playa después de haber naufragado, así: aturdida, casi muerta y absolutamente viva (bueno, y si sos hombre: aturdido, casi muerto y absolutamente vivo). Vamos al punto. 

Estamos en la cárcel de mujeres, porque habrá un concierto de Tangos por los Caminos del Vino, asunto que, aquí, en El Borbollón, Las Heras, organiza la Secretaría de Cultura con el Servicio Penitenciario. Una vez más, como este que escribe tiene dos trabajos, urde un recital y, de paso, hace una nota al respecto. El artista en escena será Fernando Ballesteros, un tenor con vasta formación clásica y también, como tantos, con el tango como expresión de sí mismo y de sus días. 

Suspendamos la incredulidad y miremos alrededor: hay mujeres con tatuajes de cadenas y delfines; cuerpos marcados por mil batallas. Hay botellas de Manaos y mates con bombillas de plástico mordidas en las puntas y rodetes sin esmeros y algunos niños, hijos de todas, porque todas aquí, internas y empleadas, tienen caricias que les sobran, tantas como aquellas que les faltan. 

Hay dibujos en las paredes: pájaros que vuelan para irse de aquí, por supuesto, y flores asombrosas y petulantes; hay también piernas cruzadas, sujetando entrepiernas, como las de aquellas chicas de Flores que delató Oliverio Girondo y hay sonidos de piano y una voz que canta Como dos extraños: “Y ahora que estoy, frente a ti, parecemos, ya ves, dos extraños… Lección que, por fin, aprendí: cómo cambian las cosas los años”. 

Es horario de visitas: un chico abraza a su novia para que no caiga en el vacío, la abraza como si fuera a escaparse y hay una madre cinematográficamente triste, que ceba un mate con excesivo silencio y azúcar a su hija todavía abochornada: “Te dije...”, le dice la mamá con sus ojos. “Sí, ma...”, le contesta ella, con los ojos. 

Pasa una chica con una camiseta del Tomba y otra con un tatuaje indefinido que le ocupa todo el muslo moreno. Hay una con lencería roja que, tiempo atrás, sirvió para enloquecer a alguien y que, ahora, sirve para enloquecer a alguien (el deseo y la sed, ustedes lo sabrán, son astillas del mismo palo). 

Suena Melodías de arrabal, en las manos y la voz de Ballesteros. El tango, esa música de despedidas, comenzó en los barrios, en las afueras, en el rústico puerto y el conventillo, entre maleantes, putas, marineros y changarines. Ahora, en esta mañana de fines de año, el tango se siente a gusto entre las condenadas y las condenadas se sienten delatadas por el tango. 

Hay trabitas en el pelo, frases muy cortas, estúpidos rosarios en los cuellos, ojotas fatigadas y bolsas de supermercado Átomo y colillas de cigarrillos y otro tango, que habla de las ausencias y pega en los ojos de las mujeres indefensas de la primera fila. 

Es una cárcel de mujeres. ¿Qué esperaban? 

Aquí lo único que no cae, que no olvida, que no envejece y que no traiciona, son los tatuajes. Por eso, y porque estas féminas ya no recuerdan lo más hermoso de sus vidas, ahí están sus tatuajes, como mayor forma de honestidad ante el dolor que se obstina. 

Hay tango, sin caminos del vino: pasa Garufa, Cambalache, Cafetín de Buenos Aires y Siga el corso y muchas chicas siguen el hilo desde las estrictas ventanas de sus calabozos. 

Ya en el final, las más fervorosas piden un bis fuera de catálogo y el artista habrá de complacerlas: la cueca “Póngale por las hileras”. De pronto, todos estamos haciendo palmas, como si el mundo fuese un lugar digno y, sin darnos cuenta, el humilde milagro se produce. 

¿Qué es lo más hermoso que recordás? Ese instante, esa cueca de cosechadores que deben llenarle de uva la bodega al ricachón. Entonces, en alguna de sus estrofas, se suspendió todo dolor y se adormeció toda angustia. Y no sería todo. 

Al marcharnos, algo aún más hermoso nos aguardaba… 

Casi al salir, presenciamos un ingreso: es una mujer mayor, con sus manos esposadas al pie de su estrecha espalda. Varias guardiacárceles salen a recibirla, contentas; alguna, incluso, abraza su delgada y silenciosa figura, con sincero y medido afecto. 

Casi al pasar, alguien me susurra que esa abuela hace unos días se quiso ahorcar y no le salió el asunto. Por eso, ahora, regresa avergonzada a su hogar, la prisión, y es recibida con atenciones la muy hija pródiga. 

Aquí, en familia, no habrá de faltarle un mate bien dulce y una palabra de aliento y, tal vez, alguien que le regale el tatuaje tumbero de una soga que se corta, porque no soporta el tremendo peso de la congoja. Y es que la presencia de la muerte es tan grande en las prisiones, que las tímidas respuestas de la vida sintetizan la hermosura de los días. 

¿Qué es lo más hermoso que recuerdo? El abrazo de una mujer uniformada a una breve mujer esposada, que ha bajado de un camión penitenciario, bajo una mañana de oro, tierras sueltas, palomas y candados. 

Minutos después, volviendo a casa por el camino más largo, atravesando basurales humeantes y sembradíos con verduras, esquivando chocos desgraciados y bicicletas flacas, mujeres con niños y obreros con gorras y camiones con ladrillos y carretelas con cartones, la vida vuelve lentamente a su indolencia habitual. 

A los favorecidos, la ciudad nos exige acorazarnos y matar para vivir. Una cárcel de mujeres, en cambio, te pone el hocico desprevenido ante extrañas formas de la ternura, pero te pide que las olvides de inmediato, porque la verdad es francamente insoportable y no sobreviviremos si nos decidimos a enfrentarla. 

Ulises Naranjo

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