¿Por qué no podemos dejar de volver cada año a Reñaca?

Aunque este año haya cruzado el fin de año a Chile la mitad de gente que durante el año anterior, y que las oportunidades de turismo hagan del mundo "un pañuelo", al que con ingenio y oportunidad se puede llegar a bajo costo, seguimos yendo a Reñaca. Algunas razones aquí para que vos le agregués las tuyas.

REDACCIÓN MDZ ONLINE

¿Por qué seguimos yendo a Reñaca cada año cuando aquí, cada vez que podemos, hacemos alarde de otras aguas otras playas otros mares, que cálidamente nos abrazan y reconfortan? La pregunta tiene muchas respuestas prácticas e inconscientes posibles:

- Queda más cerca que otras playas

- Necesitamos comer frutos de Mar frescos de vez en cuando.

- El aire de mar nos hace bien por nuestra condición mediterránea.

- Costumbre familiar, generación tras generación.

- Tenemos casa/departamento.

- Es la forma más fácil de viajar con amigos y pasarla bien juntos.

- Para ver los fuegos artificiales de Año Nuevo.

- Los más jóvenes están seguros en un lugar en donde se conocen todos, como una “mini Mendoza”.

Pero hay probablemente otras razones. Si bien pocos son los que aguardan el ocaso en la playa, apurados por salir de la arena rumbo a los bares o las duchas unas dos horas antes, el atardecer en el Océano Pacífico es una buena razón para cruzar la cordillera y superar todos los escollos que la burocracia va dejando en el camino, como espinas a sortear, pero cuya pinchadura muchas veces nos infectan las ganas de volver. Y volvemos.

En donde se oculta el Sol está amaneciendo. Es el mundo desconocido, la cara oculta de nuestra vida cotidiana: allá está la lejana Asia. Podremos no estar físicamente en la playa a la hora del poniente, pero de reojo desde el after beach , abrazados desde una cama, en la ducha y por la ventana, en el balcón, en la ruta, se impone una imagen magestuosa que nunca podemos ver desde Mendoza ni desde ningún otro lugar de Argentina porque ese muro mañoso, pero tan fácil de vencer, lo niega, oculta y genera la tentación de volver.

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Allí en Reñaca si no hay ofertas, si el cambio de moneda nos desfavorece, estamos igual. En verano o Semana Santa. Pero estamos. Y basta caminar 10 metros para encontrarnos con un conocido, y otros 10 para que se repita el suceso. Quieras cruzártelos o no, pero es una zona de armisticio para los problemas que aquí podamos seguir criando eternamente.

En las playas, ardidos por un Sol que es impotente frente al frío del mar, los políticos toman mate y se encuentran con amigos y comparten palmeritas y barquillos con sus hijos. Nadie se animará a increparlos: es una territorio de paz. En los cafés ya hay mesas pendientes para tales o cuales, y si este año no está Justo allí, es tema de debate o preocupación. Sin corbatas pierden el poder que en Mendoza los vuelve inalcanzables. La ropa de playa -como el uso del mate- los iguala y los vuelve más humanos ante el resto. Ni hablar si además usan

Pero debe haber más motivos para reincidir con Reñaca, en donde ahora está la primera cadena mendocina de hoteles que cruza la frontera internacional, en donde muchos conocen ya con nombre y apellido a los anfitriones chilenos que ofrecen la mejor comida o el mejor alojamiento. Y si bien las mejores empanadas están llegando a la rotonda de Concón, en Reñaca las hay a mano, a buen precio y con la rapidez que requieren familias enteras que necesitan alimentarse para arrojarse a las arenas a cargar la batería para seguir trabajando del otro lado de la montaña.

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En cierto modo, de aquel lado, en donde el Pacífico hiela los pies y casi siempre se muestra arisco para los bañistas, están las playas de Mendoza. Aunque el resto del año reneguemos una y mil veces del lugar, o simplemente lo engañemos con aguas más calmas y arenas más blancas en lejanos sitios al alcance de una app de ofertas, siempre volvemos al primer amor.

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