Por qué los argentinos debemos envidiar a Perú

Más allá de la gastronomía, las calles limpias y el progreso económico, Perú ha recuperado algo que Argentina perdió: el orgullo por su seleccionado de fútbol. Irónicamente, se lo deben a un argentino.
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Mariano Bustos, desde Perú

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Ni bien uno aterriza en Lima, se encuentra con un tema predominante en cada letrero de la vía pública. Pero eso es sólo un síntoma de la epidemia que se vive en Perú, un país completamente afectado por la fiebre mundialista. Luego de 36 años, han clasificado a la Copa del Mundo una vez más y en las calles se puede percibir no sólo la alegría de ese logro, sino la ilusión que tienen en su equipo. No pretenden ser campeones, pero tampoco se conforman con clasificar.

Mendoza ya tiene vuelo directo a Lima con frecuencia diaria gracias a la apuesta de la aerolínea Avianca. Para estrechar esos vínculos MDZ viajó al país incaico a conocer de cerca las virtudes que ofrecen a los mendocinos, más allá de las innumerables conexiones internacionales que pueden conseguirse gracias a la apertura de esta ruta. Pero además de la gastronomía -la mejor del mundo-, su cultura milenaria y sus hermosos paisajes, en Perú se puede observar algo que genera envidia y no de la sana. El orgullo deportivo.

Camisetas del seleccionado peruano, grandes letreros en la vía pública y productos alimenticios con etiquetas alusivas al conjunto al que Ricardo Gareca le devolvió la esperanza. Todo junto parece poco si se lo compara con la ilusión de un país de 32 millones de habitantes que celebran que su seleccionado haya vuelto al escenario principal del deporte más popular del mundo.

Más allá de las limitaciones y de la carencia de figuras superlativas, todos los peruanos reconocen en el "Tigre"Gareca a un líder que fue capaz de disciplinar a jugadores que habían olvidado el significado de la palabra equipo. Deportistas de élite que se sentían más que sus pares y desobedecían órdenes de los entrenadores de antaño.

Ya al tomar el primer taxi uno se da cuenta de lo que significa para una nación entera el estar clasificados a Rusia 2018. En el espejo retrovisor del auto, al igual que en el de millones más, cuelga el distintivo del seleccionado. Allí acompañará a Rody, el conductor del rodado, al menos hasta que Perú se despida de la competencia.

Gabriel es guía turístico y cada vez que se refiere a las civilizaciones precolombinas se deja a las claras su devoción a la cultura incaica. Sin embargo, la misma pasión demuestra al referirse a los conducidos por el técnico argentino.

"Vamos a clasificar a octavos de final", asegura. No habla de finales ni sueña con levantar la copa. Ningún peruano lo hace. No necesitan ser campeones para recibir a sus jugadores como héroes. Ya lo son y están convencidos de que todos darán lo mejor de si para llegar lo más lejos posible.

Y así es como un pueblo orgulloso de sus raíces rinde pleitesía a un ex futbolista argentino que lo único que hizo fue recordarle a los más talentosos que el fútbol es un juego de equipo. Que la habilidad y la destreza de algunos destaca sobre el resto, pero que no hay victorias particulares, sino que todas son compartidas.

Quizá, hoy la figura de Ricardo Gareca pueda considerarse como uno de los tres hombres más idolatrados en Perú. Junto a él lo ubican al goleador Paolo Guerrero, mientras que el tercer lugar también queda en manos de un argentino: el Papa Francisco.

Más allá de Gareca y Guerrero, hay un rostro que está representado en varios muros de Lima y es el del sumo pontífice. Su visita a un país donde el 81% de los ciudadanos son católicos y más de la mitad practicantes, lo han convertido en un ser especial para los peruanos.