Perdón, perdón, qué grande sos...

Ya sea por corrección política o sincera convicción, se multiplican los pedidos de disculpas a escala global. Incluso los hay retroactivos. De Bono a Francisco y de Sampaoli a National Geographic, una tendencia que no se detiene.
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Rubén Valle

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Perdón, perdón, qué grande sos...

Tan vertiginosos son los cambios que estamos experimentando a escala planetaria, y no hablemos sólo de lo tecnológico (aunque finalmente sea lo que más gravita en todo y todos), que lo que ayer estaba "bien" o no era cuestionado hoy está "mal" o fuera de lugar. Esto, incluso con los mismos protagonistas.

Por caso, un sketch del inolvidable Alberto Olmedo, de innegable trazo grueso y machista, sería impensable verlo por estos días sin que fuera objetado, no sólo por las mujeres que se hacen oír cada vez con más fuerza, sino también por las nuevas generaciones que crecieron con otro chip en cuanto a cómo ver, tratar y respetar lo femenino.

Lo mismo con músicos cuyas canciones con letras otrora "simpáticas" y "explícitas" hoy no podrían escucharse sin recibir a cambio el escarnio público. Directamente van desapareciendo de sus repertorios, ya sea por una lógica autocrítica o porque un entorno con sentido común los hizo entrar en sintonía.

Por convicción, estrategia o mero marketing, lo cierto es que se ha vuelto una saludable costumbre esto de pedir perdón, disculpas o el eufemismo que resulte acorde a la ocasión.  

Japón pide disculpas por su pasado bélico. Andy Kusnetzoff perdón por el bulling a Anamá Ferreira. Cocineros argentinos por cantar el "hit del verano" (sí, el MMLPQP). La Iglesia por sus "errores históricos" (sic). Bono por los casos de acoso en One, la ONG que fundó. Rapero por haber usado lenguaje homofóbico en sus primeros discos. Canadá por pasado racista con los chinos. Sampaoli por el escándalo de Casilda. H&M por publicidad racista. Francisco por si ofendió a los argentinos con sus gestos. El Chino Ríos por insultar a un grupo de periodistas. Facebook por censurar una foto del Holocausto. BMW por sus vínculos con el nazismo...

A esa suerte de mea culpa global que no reconoce límites geográficos, políticos ni sociales, se une una prestigiosa revista como National Geographic, que consideró que debía salir a pedir disculpas públicas por haber catalogado a las personas "de color" y de otras razas de "exóticas".

En un comunicado, su directora editorial, Susan Golberg, reconoce que esa publicación tuvo durante muchos años una mirada racista. Y cuando habla de muchos habla de 130, ya que fue fundada en enero de 1888. 

En la edición de abril, National Geographic llevará en su tapa a una niña rubia y otra morena bajo el título Black and White, además de un poderoso editorial cuyo encabezado será la frase "Durante décadas, nuestra cobertura fue racista. Para superar nuestro pasado, debemos reconocerlo".

"Cuando echamos una mirada hacia atrás sabía que habría algunas notas que obviamente nunca haríamos en la actualidad, que no hacemos y de las cuales no estamos orgullosos. Si queremos hablar con credibilidad sobre el tema de las razas, más valdría que echáramos un vistazo y viéramos cómo hablábamos sobre la cuestión racial", confiesa Golberg en una entrevista con AP. 

Una jugada políticamente correcta en los tiempos que corren y, que marketing mediante, alcanzará además un impacto en las ventas; resultado nada desdeñable en una industria que viene en picada libre.

En este contexto donde la tecnología, y sobre todo las redes sociales, lograron que nadie pase inadvertido -pero tampoco impune- se impone pensar dos veces o más qué se escribe, qué se opina, y hasta qué fotos y videos se comparten. 

Atravesamos la era de las consecuencias, con una cantidad de canales de expresión como nunca se tuvo en la historia de la humanidad y, por tanto, con armas tan poderosas como la libertad y las palabras para ejercerla a pleno.

Todas estas herramientas que democratizan exponencialmente lo que piensan quienes se valen de ellas, no incluyen un manual de instrucciones, mucho menos con una app de sentido común. Quedan libradas al criterio de cada uno. De ahí lo maravilloso y aterrador de su notable alcance. Ese aprendizaje, que es de ensayo y error, no sucede al margen de lo que ocurre en la sociedad. Es causa & efecto. "El comportamiento -decía Goethe- es un espejo en el que cada uno muestra su imagen".