Para el imán de la heladera: pasar del descontrol al control

Buena parte de los males que padece la Argentina tienen detrás una misma falla de base. la falta de controles. Ser un país anómico da como resultado este panorama social, político y económico imprevisible, al que ningún candidato con aspiraciones reales podrá soslayar en el 2019. Seguir apelando al librito propio, es decir adaptando siempre las normas según la conveniencia, explica por qué estamos como estamos. 

Rubén Valle

.

.

¿Qué tienen en común el accidente fatal en Uspallata (donde se desbarrancó un micro y murieron tres personas), el debate por la ley 7722 y la sustancial baja de heridos por la pirotecnia? A simple vista, nada. Pero si profundizamos un poco veremos que algo une a estos tres casos tomados prácticamente al azar: el control o la falta de este.

En la mayoría de los siniestros viales más importantes que se produjeron en alta montaña siempre hubo una pieza que no encajaba, un punto clave para entender por qué pasó lo que pasó. En este caso, el conductor admitió que se quedó dormido. Los entes que fiscalizan a los choferes deben controlar, entre otros tantos aspectos, uno fundamental: que quien conduce haya descansado lo suficiente. Hacer la vista gorda o ni siquiera mirar no puede dar otro resultado que no sea una desgracia de esta magnitud.

Respecto de la ley 7722, sancionada en el 2007, la misma establece la “prohibición del uso de sustancias químicas como cianuro, mercurio, ácido sulfúrico, y otras sustancias tóxicas similares en los procesos mineros metalíferos de cateo, prospección, exploración, explotación y/o industrialización de minerales metalíferos obtenidos a través de cualquier método extractivo”.

Este año, y en un contexto de fuerte crisis económica que ameritó plantearse un sincero debate respecto de la necesidad de apostar a la minería, siempre y cuando, claro, no viole los principios de la ley, volvió la discusión de si podemos darnos el lujo de no ampliar de una vez por todas la matriz productiva de la provincia. Y es aquí donde reaparece la palabra “control”. Buena parte de los que se resisten a modificar esta normativa, muchos de ellos políticos y funcionarios en actividad, no lo hacen por un prurito respecto de la minería sino que descreen de quién será el garante de que no habrá contaminación, daños al ambiente, impacto real sobre las personas. Ergo, un garante fiable. Tan simple, tan complicado como eso.

Pasando a algo más puntual como son los festejos de fin de año y su expresión más ruidosa, la pirotecnia, este año hubo una fuerte apuesta desde el gobierno provincial a desalentar su uso. De tal forma que a través de lo que denominó plan “Pirotecnia cero” logró sumar a su causa a 13 de las 18 comunas. El resultado, a tono con la que venía ocurriendo en los últimos años tanto a nivel local como nacional, fue una sustancial baja en la cantidad de heridos en décadas, apenas siete casos. Más que la prohibición en sí, fue la acción de los municipios evitando puestos callejeros, controlando la venta ilegal, lo que en definitiva terminó dando resultados positivos. Y no menos importante, el autocontrol, la toma de conciencia de que el disfrute de uno puede ser el dolor de cabeza de otros.

Apenas tres casos testigo de que en la Argentina el control es la llave de acceso a ese país más serio y previsible que nunca llegamos a ser, precisamente, por saltearnos caprichosamente las normas. Bajo estas reglas elementales difícilmente hubiera prosperado la enorme corrupción de la obra pública nacional, los tejes y manejes de ciertas licitaciones, las autorizaciones para construir en lugares que violan el ordenamiento territorial más obvio, las concesiones de espacios públicos para negocio de unos pocos. Y así miles y miles de ejemplos de manual. 

En mi época de estudiante secundario, ser detectado (léase atrapado in fraganti por el preceptor) tirando tizas significaba volver al otro día con una caja completa de ese material de uso diario en el aula. Es decir, el que las hacía las pagaba. No existía, como hoy parece ser norma de abogados hábiles para negociar, la posibilidad de ampararse en la figura del arrepentido para zafar. 

Controlar sigue siendo una acción a la que la clase política y empresarial le huye como a inspector de la AFIP. Ir por la vida con reglas propias, sin medir las consecuencias, da como resultado estos que somos. Un tema que bien podría estar en la agenda 2019 de aquellos que esperan conducirnos a partir del año próximo, si es que realmente están dispuestos a barajar y dar de nuevo para encaminarnos hacia un país más “normal”.

Temas
  • Opinión
  • organismos de control
  • Argentina
  • AFIP