Nuestro cerebro y sus recompensas

Que hay cosas que nos agradan y cosas que no, lo sabemos. Ahora, ¿existe en nuestro cerebro un circuito que nos guía al placer? Te lo contamos.
Avatar del

Cecilia Ortiz

1/2
Nuestro cerebro y sus recompensas

Nuestro cerebro y sus recompensas

Nuestro cerebro y sus recompensas

Nuestro cerebro y sus recompensas

"Mientras tengo un deseo, tengo una razón para vivir. La satisfacción es la muerte", George Bernard Shaw

"Amélie cultiva el gusto por pequeños placeres: hundir la mano en un saco de legumbres, partir el caramelo quebrado de la Crema Catalana con la cucharilla y hacer rebotar las piedras en el canal Saint Marthin", decía André Dussollier, narrador y creador de la historia de la película "Amélie".

¿Qué pueden tener en común comer o beber algo que nos gusta, leer un libro, practicar algún deporte, apostar, perderse en una charla con amigos, escuchar música, salir de compras, tener sexo, manejar un vehículo a alta velocidad? Dejarnos con una inmensa sensación de bienestar que nos descoloca, nos colma con una apacible satisfacción, que paulatinamente se va desvaneciendo, y nos hace buscar más de aquello que la generó.

El cerebro es un órgano diseñado para garantizar nuestra adaptación al medio, con el objetivo de cumplir tal misión, buscará que repitamos las conductas que resultan efectivas a tal fin y evitar las que no. ¿Qué mecanismo utiliza para eso? Asociar conductas con sensación de placer, de esa forma, si nos hace sentir bien, seguiremos generando esa conducta.

El sistema de recompensa está compuesto por centros dentro del Sistema Nervioso Central, que obedecen a estímulos específicos y naturales. Está regulado por neurotransmisores y posibilita que las personas llevemos a cabo patrones de conducta aprendidos.

Este sistema se activa frente a un estímulo externo y envía señales para que se liberen los neurotransmisores responsables de las sensaciones de placer, que son la dopamina y la oxitocina. El circuito de recompensa se ubica en una zona del cerebro conocida como área tegmental ventral y abarca sus proyecciones dopaminérgicas hacia el núcleo accumbens. Termina en el lóbulo frontal, encargado de la conducta flexible y de la toma de decisiones.

¿Con qué objetivo se activa? Simplemente, para que queramos repetir esos comportamientos que garantizarán la supervivencia. 

En el ser humano, el mecanismo se complejiza. ¿Por qué? Pues, porque tenemos la capacidad de aprender, entonces, empezamos a desear estímulos que, de por sí, serían neutros para nosotros. Así, podemos decir: "Tengo sed, me tomaría una cerveza o una Coca helada", o "quiero un Porsche porque puedo ir a 250 km" y tantos ejemplos más. Empezamos a buscar satisfactores que vinculamos con sensación de bienestar.

Tomando como punto de partida la teoría de Pavlov, Burrhus Frederic Skinner, psicólogo estadounidense, se preocupó por estudiar cómo aprendemos. Fundamentalmente, él concebía que nuestros comportamientos están influenciados por las consecuencias que tienen en el exterior. Esos efectos refuerzan o no la probabilidad de que una conducta se repita.

Entonces, si un resultado externo activa nuestro circuito de recompensas interno, "voila", nuestro cerebro, como un GPS, nos guía para que ese objeto (o situación) pase a ser codiciado. Así, no solamente comer nos dará satisfacción, sino que será "esa comida que tanto me gusta", con la que sueñe. O reposar no será solamente lo que me satisfaga, sino haciéndolo viendo una película. Y a veces, no es sólo la película, sino también acompañada por pororó.

Capítulo aparte merecen las adicciones. En las que la asociación se establece con una sustancia o situación que son nocivas para la subsistencia.

Skinner decía que las respuestas que se vean reforzadas desde el exterior, tenderán a repetirse, y las que reciban castigo, tendrán menos probabilidad de ocurrencia. Si lo relacionamos con nuestro sistema nervioso, los refuerzos activarán el circuito de recompensa, mientras que los castigos no lo harán.

Para el mencionado psicólogo, un refuerzo es un proceso de aumento de la frecuencia de ocurrencia de una conducta a través de un estímulo presentado poco después de su aparición. Por ejemplo, si un niño saca una buena nota en una prueba y como consecuencia recibe felicitaciones de sus papás, éste hecho reforzará la conducta de seguir estudiando para sacar buenas notas y así continuar recibiendo halagos. En este caso, hablamos de reforzadores positivos, porque son consecuencias que se presentan después de la acción.

También están las situaciones en las que la consecuencia elimina un estímulo desfavorable. Por ejemplo, un día salgo de mi casa a las 8 y hay un tráfico terrible. Al día siguiente, me propongo salir a las 7 y noto que hay mucho menos tránsito. Entonces, la consecuencia de no toparme con tantos autos y llegar tranquilo a destino hará que los días siguientes salga más temprano. Aquí, decimos que los refuerzos son negativos, porque, como consecuencia de mi conducta se evita una situación desagradable para mí.

También podemos aprender conductas a partir de castigos. En estos casos, las consecuencias serán la aparición de una consecuencia no deseada la que hará que no queramos repetir la acción, entonces, me porté mal, mamá me retó (situación aversiva), con lo cual, evitaré portarme mal.

Otra posible consecuencia es la disminución o desaparición de una consecuencia deseada: si robás, vas preso.

Así, las consecuencias externas van modelando nuestra conducta, fortaleciendo o no las redes neuronales que conforman nuestro circuito de recompensa. 

Como nuestro cerebro es complejo, las asociaciones van creciendo paulatinamente e incorporamos una copiosa cantidad de estímulos que se enmarañan cada vez más, enroscándose con aspiraciones personales. Así, el placer que les genera correr, hace que Betty, Silvina y Paula compitan en ultra maratones, o la felicidad de ver jugar a la selección lleve a miles de argentinos a viajar a Rusia.

Hay personas que tienen claro qué es lo que buscan. Y hay quienes van por el mundo buscando sólo lo que les da placer, sin importar el precio que se paga por ello.

Cerebro y medio externo se complementan en una danza que puede resultarnos un maravilloso vals o una serie de pisotones desacompasados. Nuestra libertad como seres humanos está en darnos cuenta y elegir cómo queremos bailar la vida.

Lic. Cecilia C. Ortiz /mat.: 1296/ [email protected]