Me voy a fracasar a la Feria del Libro 

Los mendocinos somos livianos, perezosos, olvidadizos e ingratos. Un maestro de excepcional talla creativa puede vivir su vida al lado nuestro y nosotros, mientras él nos otorga identidad y símbolo, preferimos mirar vidrieras de lencerías, partidos de fútbol, cotizaciones del dólar o mentiras de los diarios. 

Ulises Naranjo

Me voy a fracasar a la Feria del Libro 

Me voy a fracasar a la Feria del Libro 

Esta es la historia de un fracaso, probablemente, más nutritivo que su imposible éxito.

Conocí a Fernando Lorenzo allá por 1990, más o menos, cuando empecé a trabajar en la revista Primera Fila. Yo venía de tener mis primeras experiencias comunicacionales en medios para nada masivos: revistas universitarias pajeras y hermosas, un programa radial -en 1987, tal vez- llamado “Vencedores vencidos” (homenaje a Los Redondos, claro), junto a mis amigos el Tano Faggian y Oscar Guillén, en una FM llamada Enterprice; por supuesto, imitábamos a Dolina y no nos escuchaban ni nuestras novias. También, por entonces, escribí en una revista feminista que se llamó “Entre Nosotras”, que marcó de por vida mi interés por el periodismo gráfico, por lo que agradeceré por siempre a Celia Remaggi, por invitarme a participar (mi primera entrevista fue a una mujer sagrada, Hebe de Bonafini). Fue hace unos 30 años ya y la revista, muy de avanzada para Mendoza, no pasó de unos pocos números, por supuesto. 

En aquella época, junto a dos o tres pibes que ya ni recuerdo, habíamos fundado un grupo llamado “501”, para trabajar en la oposición a los festejos del Quinto Centenario del Descubrimiento de América, que, encabezados por España y la Santa Iglesia Católica, venían con toda pompa y financiamiento. Aquel grupo se reunía en la sala que el elenco Cajamarca Teatro tenía en la calle Buenos Aires, bajo un cine; empezamos pocos, pero creció realmente mucho y concretamos acciones de más que interesantes y cumplimos nuestro propósito y nos divertimos bastante, además. 

En esas instancias, me llamaron para trabajar en Primera Fila, la revista con la que, ineludiblemente, se identificaba la high society mendocina: la crème de la crème de entonces era básicamente la misma que ahora (porque los favorecimientos se heredan) y moría por salir en la sección de sociales, “Todo & Todos”, que tenía la revista. Aunque la revista era mucho más que esa sección, muchos concluían en que la revista se resumía en sus sociales.

Decidí aceptar y no muchos de mi entorno entendieron aquella decisión: claramente, venía yo de otro palo: el barrio obrero, el potrero y el zanjón, el cultivo del rock de garaje, el tablón, los poemas en Lexicon 80 para intentar conquistar señoritas, el estudio incipiente de Letras y hasta de ganar algunos concursos literarios (cuando es muy joven, para afirmar la personalidad creativa y comprar electrodomésticos, uno quiere ganar concursos); eran tiempos de canciones hippies, ábacos químicos, poemas de Whitman, Pessoa y Quevedo y un amor que no me cabía ni en el pecho ni en los verbos ni en la despedida. De pronto, de todo aquello, pasé a ser parte de una revista tildada de concheta, y muy leída, pues se entregaba gratis a los cientos de miles de clientes de Supercanal. 

Nota de Ulises Naranjo sobre el psicoanálisis, ilustrada por Luis Scafati, en Primera Fila, año 1993

No lo dudé: quería seguir siendo quien era, escribiendo como escribía, manteniendo en lo posible mi dignidad y contando lo que sabía de mi gente y de mi origen, pero que me leyeran miles, en lugar de treinta o cuarenta. Esta intención sigue desvelándome cada día de mi vida, hasta hoy y, como ayer, aún no sé si estoy haciendo bien las cosas, mientras las hago. En esta profesión, las tecnologías pueden avanzar y lo hacen, pero los desafíos del periodista siguen siendo los mismos: la honestidad (es mentira la independencia, mentira la objetividad), la oposición (por naturaleza) al poder real (incluso al propio), la formación personal, las gambetas al aburrimiento y la pereza y la búsqueda de un estilo, más que su consecución. 

Mi primer impacto fue revelador; cuando entré a esa revista conocí a un montón de profesionales sólidos, figuras notables en lo suyo (perdón, desde ya, por los olvidos): Luis Abrego, Ricardo Colombano, Jaime Correas, Andrés Gabrielli, Yoyo Giúdice, Mirta Leucrini, Valeria Méndez, Alejando Parigi, Alfredo Ponce, Alejandra Rodón, Patricia Rodón, Mirko Ruggiero, Mauricio Runno, Silvina Ruiz Díaz, Jorge Sosa, Patricia Stillgher, Pedro Straniero, Rubén Valle, Gustavo Verzbickis, Alfredo Yanzón... Todos y cada uno me dejaron enseñanzas imperecederas. Encima, descubrí dos maravillas maravillosas: muchas de las tapas eran del talentoso Luis Scafati y el corrector no era otro que el exquisito Fernando Lorenzo. 

Fernando Lorenzo, Luis Abrego y Ulises Naranjo.

Para quienes no lo conocen, o sea, la inmensísima mayoría de los mendocinos, Fernando Lorenzo (1923-1997) fue poeta, dramaturgo, narrador, actor y director de teatro, profesor de Bellas Artes, traductor, crítico de arte, publicista y columnista y corrector de medios de comunicación. Su obra alcanza las alturas mayores de la literatura argentina. Citemos sólo su novela “Arriba pasa el viento”, antecedente válido del boom latinoamericano, junto a “Pedro Páramo”, de Rulfo, y “Zama”, de Di Benedetto. Su obra poética es altamente metafórica, discursivamente elegíaca y lírica hasta lo prístino y su dramaturgia es existencial y sarcástica, con perfiles absurdos y grotescos y pinturas sociales desencarnadas y perdurables. 

Así, pues, un buen día, ahí estuvo, frente a mí, Fernando Lorenzo, nada menos que corrigiendo mis textos, algo así como que Messi te enseñe, a diario, a hacer payanitas y combarla en los tiros libres. 

Conocer a Fernando, leerlo, admirarlo y quererlo, fue una sola actividad que no me involucró más de una semana. Con los años, hasta su muerte, disfrutarlo a diario, releerlo, admirarlo más y quererlo más (y junto a él, a su entrañable familia) fueron actividades incesantes, al punto de que lo considero una de las personas más influyentes de mi vida. 

Entre tantos recuerdos, un par de veces alquilé departamentos muy cerca del suyo, en pleno centro, y, entonces, nuestra amistad creció. Salir a beber a los bares con Fernando, luego de hacerle una rica cena en mi casa, era una fiesta que me regalaba un par de veces a la semana. Mis novias, irremediablemente, se enamoraban de él a poco de escucharlo: era exquisito y circunspecto, atildado y hondo, seductor y refinado, amante de la belleza en todas sus formas, dueño de un delicioso humor ácido y negro y de una erudición que compartía, generoso, si te quería y te respetaba. Y si no, pues te despreciaba con alta elegancia y te dejaba ir, para siempre. 

Así, pues, entrar a aquella revista me dejó varios amigos entrañables; uno de ellos, Fernando Lorenzo fue -es- una de las figuras más trascendentes de la historia cultural de Mendoza y, no obstante, prácticamente nadie lo conoce ni lo lee, por lo cual, me he propuesto ir a fracasar, en su nombre, a la Feria del Libro. 

¿Por qué nadie lo conoce? Pues porque somos mendocinos: livianos, perezosos, olvidadizos, ingratos y poco apegados a los bienes simbólicos. Un maestro de excepcional talla creativa puede vivir su vida al lado nuestro y, mientras construye símbolo y nos brinda identidad, nosotros preferimos invertir la vida (porque eso hacemos, no vivimos, sino que invertimos) mirando vidrieras de lencerías, partidos de fútbol, cotizaciones del dólar o las meticulosas mentiras de los diarios. 

Ulises Naranjo, en la escuela Fernando Lorenzo, de Maipú.

Fernando escondió su tesoro en el lugar imposible: a la vista de todos; su obra es un Aconcagua traslúcido. Nunca esperó reconocimiento de esta sociedad conservadora y pacata y fue sabio, también por no sentarse ni un segundo a esperar nada. Pasados los años, sigue siendo un extranjero en su tierra. 

¿A qué viene todo esto? Es que el miércoles 17 de octubre, a las 19, resulta que iré a la Feria del Libro, del Centro Cultural Le Parc, a fracasar con todo éxito, como decía. Allí, sabrán, daré una charla titulada “Fernando Lorenzo, el extranjero en su tierra y su faceta popular”, sobre una investigación que hice de la obra más desconocida de este escritor mendocino, realizada junto a su hijo, mi querido amigo Ramiro Lorenzo. 

En verdad, temo que casi nadie vaya a la charla y, entonces, me aprovecho de contarlo en un diario para despertar la piedad de algún lector; además, desde ya, pienso recurrir a amenazas varias para conseguir asistentes, empezando por mi familia, por supuesto. Algunos de mis amigos ya saben que que no les haré más asados ni les cantaré, cuando ya estén ebrios, canciones de Spinetta, Silvio y Calamaro y, otros, saben que, si no van a la charla, les cantaré canciones de Spinetta, Silvio y Calamaro. Nos estamos yendo de tema, otra vez. 

Decía que los mendocinos somos bastante cabrones: olvidamos con facilidad. Esto no es ninguna novedad: nos cuesta mucho reconocer a nuestros hacedores y, por lo común, esperamos a que mueran para hablar bien de ellos y sólo vamos al teatro cuando estamos de vacaciones y muy al pedo, en otro país. Y, a veces, ni siquiera: preferimos pagar una hamburguesa antes que pagar entrada a un espectáculo o comprar un libro, de autoayuda, en lo posible. 

De hecho, debo confesar, mi propia pereza y mis olvidos hicieron que yo mismo esperara a que mi amigo muriera para hacer -¡y lo hice!- el documental sobre su vida “Fernando Lorenzo, extranjero en su tierra”. Ahora, me siento y escribo, hablo bien de él y amo a lo que queda de su familia y doy charlas, incluso, en la Feria del Libro. 

Fernando Lorenzo, mi amigo y maestro es para algunos, entre los que me cuento, una de las cúspides más lúcidas de la literatura argentina.

Aquí, en Mendoza, somos unos dos millones, ¿cuántos de nosotros hemos leído a Fernando Lorenzo? Hay por ahí una docena de sus obras plenas de maravilla, de talento, de sutilezas, de profunda belleza, de confrontación con lo que uno mismo piensa de uno mismo, de duda, ante tanta estúpida certeza circundante.

El miércoles 17 de octubre, si tenés ganas, si de algo sirvió llegar hasta acá con esta fatigosa lectura, te espero en el Le Parc, para intentar que Fernando renazca, por un rato, en sus palabras. Y brindaremos por ello y por tantos magníficos fracasos. 

Ulises Naranjo

Pd: un poema de Fernando Lorenzo 

Los Ojos

Cómo se estorban las hormigas y los astros. 
Ya no cabemos. Ni el amor de los perros  ni los dientes de un piano 
tienen espacio puro para trotar y enloquecer subiendo por el filo de una espada. 
Sólo tus ojos claros pudriéndose en el tiempo han quedado fuera. 
No cabe ni una lágrima perdida, 
ni una gota de lluvia reflejada, 
ni la tiniebla: 
apenas cabe aún el recuerdo de tus ojos claros pudriéndose en el tiempo. 
Hemos cerrado el mundo atroz y respiramos 
el mismo tedio, los besos con espinas, esas flores nacidas en el humo, 
la pesada fragancia de los cuerpos dormidos 
en un barro de estrellas caídas, fatigadas, sin cielo. 
Nuestros nombres gastados yendo y viniendo 
como una sola corola de tiniebla que hace eco en la nada. 
Vengan a comprobar cómo hemos hecho de las cosas un bloque sin perfume. 
Ha cerrado la noche hasta el último párpado: 
nos estorbamos, ciegos, trasladando papeles y cubriendo la última ola viva: 
hemos perdido el nombre, remamos, solamente. 
Fuera quedó la vida, 
sólo tus ojos claros pudriéndose en el tiempo, remamos, solamente. 
Amor que fue dulzura, ojos que fueron labios, 
dientes que fueron agua, silencio que fue canto, 
nada queda aquí dentro, nos hemos devorado todas las primaveras en un salto de tigre. 
En la piel ya tenemos la marca. 
Un ángel con escamas da gritos en la sombra, y no lo vemos. 
Sólo vemos aquellos ojos claros pudriéndose en el tiempo, 
aquellos ojos claros que nos amaron pudriéndose en el tiempo.
 

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