"Matar, morir, herir, sufrir", el libro de Gabriel Conte y Paula Vetrugno

Con prólogo de Leopoldo Orquín, Gabriel Conte y Paula Vetrugno recolectan en este ensayo con relatos los orígenes y alcances de un plan que nació y creció en Mendoza, pero hizo propio el mundo con el respaldo de organizaciones de muchos países que lo mejoraron y proyectaron. Las armas sirven para matar, y aquí está el libro que concentra la información del origen de la experiencia.

REDACCIÓN MDZ ONLINE

"Matar, morir, herir, sufrir", el libro de Gabriel Conte y Paula Vetrugno

Prólogo

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Conocí a Gabriel Conte siendo este un joven adolescente, inquieto e idealista que solo quería un lugar para trabajar en política cuando era intendente de Guaymallén en la Provincia de Mendoza entre los años 1983 y 1987. Desde esa época y hasta ahora el amor a los libros, a la política y a la buena mesa han hecho florecer entre nosotros una excelente amistad, pese a la diferencia de edad que aún logramos disimular.

Siendo diputado provincial en 1998 y en plena redacción de las Leyes que iban a regir nuestro sistema de seguridad y nuestra Policía Provincial después de la sublevación policial de ese año, conocí a Paula Vetrugno, quien con gran capacidad dedicación y vocación puso su juventud a disposición de ese monumental trabajo.

Cuando en diciembre de 1999 el gobernador electo de Mendoza Roberto Iglesias me ofreció el cargo de Ministro de Justicia y Seguridad tuve la suerte de poder armar un equipo de jóvenes y brillantes funcionarios entre los que se encontraba Gabriel como subsecretario de Relaciones con la Comunidad y Paula como abogado del Ministerio.

En esas funciones fue Gabriel el principal ideólogo de lo que en ese entonces se conoció como el “Plan canje de armas” y que técnicamente se llamó “Plan Integral de Control de Armas”, que después de muchas discusiones se aprobó por Ley N°6809 de la Provincia, en un verdadero acuerdo político de los Partidos con representación parlamentaria, dando continuidad a la política de estado que se había iniciado en el año 1998 al sancionar la Legislatura de Mendoza las Leyes de Seguridad y de Policías vigente.

Hoy Paula y Gabriel nos presentan el libro MATAR-MORIR-HERIR-SUFRIR donde con una prosa fluida nos narran toda la historia vivida hasta lograr la sanción de la Ley, incluyendo las burlas sufridas por parte de los ignorantes de turno que no saben apreciar el fondo y la importancia de las cosas.

Nos explican de un modo muy didáctico el daño que causan las armas a quienes las poseen, quienes en su mayoría no saben usarlas y si las usan terminan autolesionándose o presos por haber lesionado o matado a alguien que los intenta robar mientras que el supuesto ladrón, si sobrevive, se va a su casa. Nos hacen notar el daño importante que sufren las terceras personas, inocentes víctimas de tiroteos a los que son ajenos. Nos explican con detalles la directa relación entre el número de homicidios y el número de armas en circulación y con esta manía que tenemos los mendocinos de enunciar teoremas me animaría a agregar un nuevo teorema que diría que el número de homicidios es directamente proporcional al número de armas que circulan. Nos explicitan también cómo las armas son un tema de salud tanto pública como privada y porqué esta política de estado de Mendoza, que tanto reconocimiento internacional ha merecido, no debe abandonarse ni interrumpirse y yo en lo personal hago votos para que los autores logren este objetivo.

Leer este libro es una obligación para todo los que pretenden mejorar la seguridad y la vida de los argentinos, atacando sus causas reales y profundas.

Leopoldo Manuel Orquín

MATAR MORIR HERIR SUFRIR

Introducción

Una bala entra al cuerpo con demasiada facilidad: solo es cuestión de atravesar la piel. Su eficacia radica en ello: atravesar, romper y multiplicar el daño; todo depende de sus características. Ninguna, absolutamente ninguna, ha sido diseñada para que quien la reciba sea feliz por ello, sino todo lo contrario. Cuando entra en el cuerpo llega con toda la fuerza y el impulso que recibió desde el mecanismo que la lanzó, un arma de fuego, accionado por un ser humano. Algunos datos más técnicos que se conocen en criminalística –y que las películas y serias dejan de lado para evitar el miedo y para popularizar, en todo caso, la industria de las armas- da cuenta que aquellas que son de 9 mm, usadas generalmente por fuerzas policiales, vuelan a una velocidad de alrededor de 1448 km/h. Cuando llega a tu cuerpo más rápidamente que el Boeing más grande, pero allí a tu altura y en un tamaño imperceptible, se expande y agujerea todo lo que encuentra en su camino. Los órganos y tejidos se rompen. Pero es peor si la bala es de 22 milímetros y te alcanza algún hueso: rebota, rompe y multiplica su efecto destructor. Una bala no es tan solo eso. Tampoco se paga por ella tanto dinero como el que hace perder en asistencia médica en hospitales, por ejemplo. Ni hablar si se cobra una vida.

Detrás de cada arma hay una historia

  • Un hombre tiene un arma, llama al 0800. Explica: “No tengo qué comer. Quiero entregar mi arma a cambio de los vales de comida”. Los coordinadores van a buscarlo. Zona difícil: el vehículo oficial se hunde en una laguna. Finalmente lo encuentran. El hombre vive primitivamente en una enramada. Con él vienen tres personas más con sus armas envueltas en papel de diario. El hombre recibe los cien pesos, se abraza a su mujer y le dice: “Vieja, tenemos comida, pero para todo el año”. Cuenta un poco de su historia: sus padres eran contratistas, pero después la familia pasó de esa posición a la marginalidad.
  • En Las Heras una mujer de unos 40 años se presenta a entregar su arma. Cuando se le van a dar los tickets, dice: “No, yo no quiero nada. Me basta con que alejen de mí ese revólver. Llévenselo, ¡por favor!”. Esa mujer, la semana anterior, había intentado matar a sus hijos y suicidarse.
  • Otra mujer llama con voz de urgencia. Pide a los coordinadores que vayan a su domicilio a las once en punto. A esa hora no está su marido y su hijo adolescente duerme. “Mi hijo anda con malas juntas.” Pide que se lleven el revólver que el joven ha empezado a frecuentar, iniciado en el delito menudo.
  • Otra mujer entrega las armas que hay escondidas debajo de una maceta. Son de sus jóvenes sobrinos. En los dos últimos casos el desarme se produce por iniciativa de familiares de jóvenes precoces en el delito.
  • Susana D. es docente y está casada desde hace seis años con Antonio R., comerciante. No tienen hijos. Cuenta ella: “Nuestro matrimonio se volvió muy conflictivo hará unos dos años. Yo intenté, en tres oportunidades, concretar la separación porque la relación se tornó insoportable. En las dos primeras ocasiones mi marido me señaló el revólver que guardaba en el placard, amenazando con su suicidio si me iba. Ante eso me quedé en casa. Hace seis meses reiteré mi propósito de separación. Al ver que me iba él sacó el revólver y esta vez me amenazó a mí. Hizo un disparo que dio en el piso, a unos dos metros de donde yo estaba. Salí corriendo. A principios de diciembre pasado Antonio me vino a ver, me propuso que reencauzáramos lo nuestro y me juró que entregaría su revólver en el Plan Canje. Fuimos juntos a eso y hemos reanudado nuestra relación. Veremos si nos arreglamos. Por lo menos ahora somos dos, no hay más triángulo: ya no está el revólver en casa".

“Madres desarmando” es el texto que el escritor Rodolfo Braceli utilizó en la entrevista que publicó la revista “Nueva” el 18 de febrero de 2001 para dar a conocer a toda la Argentina algo que estaba sucediendo en un rincón del país, Mendoza, en donde se echaba a rodar la idea/plan/política/desafío de sacar las armas del medio. Contó, entonces, que “detrás de cada arma hay una historia” y salió a buscarlas a los centros de canje. E iniciamos este trabajo con su mirada, su experiencia, su sensibilidad y testimonio junto al de aquellos que se sacaron de encima las armas y ganaron vida.

En primera persona: No solo son víctimas los que mueren

Una concepción arraigada en las sociedades es cuantificar estadísticamente las personas que mueren cuando se habla de armas, balas y disparos. Eso sirve, siempre, de parámetro. Así está aceptado universalmente. Pareciera que hay que morir para ser alguien, aunque ni siquiera tamaño precio logre cambiar el rumbo de la realidad de la violencia armada.

Sin embargo, hay sobrevivientes en cantidades que superan a los que mueren y a quienes también hay que considerar. Sus experiencias frente a las balas, sus traumas, sus lesiones –graves o leves- dicen mucho sobre la epidemia que muchos lugares en el mundo está sufriendo, más allá de que se trate de sociedad subdesarrolladas o con un altísimo nivel de desarrollo.

Para este informe, recolectamos algunos casos ocurridos en Mendoza, Argentina, de gente que vivió para contarlo:

Martín E., “el del milagro”

Trabajaba junto a su suegro en un negocio que buscaba ofrecer soluciones rápidas a los vecinos que sufrieran una rotura en su vivienda. Materiales de construcción, cables, caños: todo a disposición, en un local ubicado en una zona suburbana. Corría el año 2002. Sintió disparos en la calle a la hora de la tarde, con el sol todavía candente. Se asomó –solamente se asomó por la ventana- y volteó contra un grupo de herramientas cuando un balazo que dio de lleno en su frente. Era un calibre .22. Lo llevaron a la Guardia del Hospital Central. Allí el pronóstico era el peor. Lo operaron. Lograron sacarle algo, pero restos quedaron en la parte frontal del cerebro. Cuando lo fui a visitar al hospital, ya estaba fuera de peligro. Me recibió su esposa, que estaba con una sonrisa, situación que resultó insolita:

¿Cómo está?

Bien, por suerte muy bien. Habló conmigo. Dolorido e hinchado, pero bien.

Pensé que se trataba de la esperanza eterna de los familiares. “El amor es así”, guardé hacia mi interior creyendo que era una sensación de tranquilidad ante un panorama bastante peor atento a la información de los hechos concretos y de los médicos. Su suegro me paró de frente: “Es un toro, va a salir bien”. Me alegré por ello. Entonces pensé: “Qué bueno estar acompañado por una familia así”.

Al tercer día fui a verlo una vez más. Estaba Martín estaba sentado en la cama. Le sacaron la venda de su frente para mostrarme una herida casi imperceptible, todavía con los colores ocre de los desinfectantes. “Ya se va”, me dijo el médico. “¿Ya se va?”, porfié, asustado, sorprendido, halagado. “Sí, por suerte no afectó mayormente ninguna función central”. Y se fue a casa y al poco tiempo, volvió a trabajar. Quedó el trauma traducido en miedo y algunas consecuencias inevitables que tuvieron que ser medicadas. Sobrevivió. El costo fue alto. El negocio familiar nunca más fue el mismo. Él tampoco.

Mariela M, “la protagonista de una película de acción”

“Entré al videoclub y sentí que algo me quemaba en el muslo. Pensé que era la picadura de un mosquito, pero dolía bastante más. Pensé que era un golpe con alguna esquina del exhibidor. Pero empezó a salir sangre. Era un balazo que nadie sintió, salvo yo.

Corría el inicio del nuevo siglo y las películas en VHS todavía eran una opción de distracción en el barrio. Mariela fue a por una de acción para pasar el fin de semana y terminó siendo protagonista de un hecho con mucha suerte. Nunca se determinó el origen de la bala que se le incrustó en una nalga y que le extirparon con facilidad, ya que no llegó a más. Pero se supone que se trato de una disputa de bandas locales de la zona, con accesibilidad a armas de fuego. En algunos casos, quitadas a los policías (aunque otros afirman que eran vendidas por los uniformados). Las balas las adquirían en armerías legales, ya que en varias detenciones los oficiales de Investigaciones hasta encontraron paquetes con los logos oficiales de conocidos negocios del sector. Las balas se vendías como golosinas a los niños. Sí, a los niños. Ellos podrían hacer sido los autores de un intercambio que hicieron de Mariela la protagonista de la “acción” de ese fin de semana. Sobrevivió. Aunque jamás pensó que podría haber muerto debido a la levedad del daño, el trauma la volvió menos afín a circular libremente por su propio barrio. Si a todos los pasara como a ella, el espacio público quedaría liberado a los delincuentes.

Sobran balas, faltan vidas

La facilidad con la que se consiguen armas en Latinoamérica y las balas que las hacen funcionales, es inadmisible. Alguien hace que así suceda. Alguien no impide que pase. Por otro lado, la familiaridad con que muchas personas se manejan en el mundo de las armas y resuelven problemas hiriendo y matando, posee dimensiones de catástrofe: ninguna vida vale lo que se paga por las armas y las balas.

Algunas historias recogidas dan cuenta de la dimensión humana más allá de las noticias:

Jonathan R, “el soñador que nunca despertó”

“Él quería ser músico. Todo el tiempo leía y escribía en papelitos las letras de las canciones y las grababa en el celular. Los fines de semana, nos juntábamos y hacíamos como ´videoclips´. Le fascinaba la posibilidad de estar en la televisión, pero tenía que trabajar de albañil para vivir. Era alegre. Todo el tiempo cantaba: tanto le gustaba, que en las obras en las que estaba no ponían la radio, cantaba él, todo el tiempo. No hablábamos, ¡nos decíamos las cosas cantando! Quería cobrar para juntar –en cinco meses- la plata para una guitarra. El balazo le pegó en una pierna la noche en que venía a mi casa y se quedó tirado desangrado. Lo encontró un primo que lo llamó, lo llamó y lo llamó al celular y, como no contestaba, lo fue a buscar, porque loe esperábamos con un asadito. Me lo mataron. Me lo mataron. No sabemos quiénes ni por qué. Ellos no saben que han matado a un ángel”. El testimonio de Vanina C., que fuera su novia, que no dejó espacio para preguntas.

Joel V., “del amor a la muerte”

Fue una noche lluviosa y fue hallado por alguien haciendo el amor en un lugar en donde no debía estar. Lo balearon. Murió intentando escapar por dos cosas: porque tenía una bala y su chica lo jalaba para alargarle las posibilidades de vida en forma proporcional a la distancia del lugar desde donde le disparaban, y porque sabía que no tenía que estar allí. No sobrevivió y nadie dio demasiadas explicaciones. Su familia, de las zonas más marginales de la sociedad, tampoco pudo dar testimonio. Solo llorar. Desconfiando de todos, sintieron sobre sí el peso de ser culpables de la propia muerte del joven que solo quería darle rienda suelta a sus hormonas y eligió mal el lugar. Aun hoy, cuando ha pasado más de una década del hecho, la familia prefiere el silencio y ese también es un testimonio válido en muchas sociedades: ¿quiénes son los que pueden llorar sus víctimas en público y quiénes solo pueden hacerlo en privado? ¿Quiénes son los que reciben justicia y a quiénes se les cae encima el sistema judicial, aplastándolos? ¿Qué armas son “buenas” y cuáles, “malas”? ¿Hay “hombres de bien” que matan para “defenderse” y malhechores de nacimiento a los que “hay que matar”?

No hay Diablo, somos nosotros

“Moraleja: decir que a las armas las carga el Diablo significa delegar responsabilidades. Es una peligrosísima comodidad”. Rodolfo Braceli, escritor.

¿Hace falta aclarar que las armas sirven para matar? Esta redundancia -me refiero a la de armas /matar- no está del todo claro en todos. En el año 2000 por primera vez en la Argentina, se planteó el objetivo general del gobierno de que no existan armas en poder de la sociedad. Fue la génesis del primer plan de desarme de Sudamérica, en Mendoza. Ante aquel planteo nunca antes hecho con tanta decisión y crudeza, muchas fuerin las respuestas, las evasivas y aun las provocaciones en distintas dimensiones de la sociedad. El primero de los objetivos se cumplió y vale más que haber sacado a las armas de circulación, una panacea de difícil cumplimiento: a sociedad adoptó la opción y la incluyó en sus debates, diálogos, perspectivas. Las organizaciones sociales comenzaron a incluir la insidencia social, económica, política, sanitaria y cultural de las armas de fuego en sus agendas que hasta entonces no lo conocían como desafío temático ni como acción concreta.

“Las armas, sirven parar herir y no solamente para matar”. “Sirven para defenderse”. “Hay que guardarlas muy bien”. “Si la necesito, sé que la tengo a mano”. “No me quedaba otra, he tenido que comprarme un arma”. Un desconcertante coro de voces aparecía abriendo más facetas a la polémica mientras más se fundamentaba la acción, ya desde gobierno y organizaciones de vecinos, culturales, económicas, territoriales primero, y luego ya con ONG específicas, centros de estudios, escuelas, universidades y también personalidades públicas.

“Todos tenemos fines que no podemos conseguir por nosotros mismos. Pero algunos de ellos los podemos alcanzar cooperando con otros que comparten fines similares”, escribió Robert Dahl en “La democracia, una guía para los ciudadanos”. La frase sirvió para que la prensa le diera profundidad y no solo espectacularidad a la discusión.

No hay vueltas que darle: las armas sirven para matar. Lo podemos decir así o recurriendo a la refranería popular: “A las armas las carga el Diablo”. Un primer análisis permitió que se comprendiera que, en definitiva, “una sociedad armada es una sociedad dispuesta a matar. Tiene en su agenda la posibilidad de matar o morir, cualquiera sea la justificación o la excusa”. Terrible. Patético. Así somos. Pero no hay por qué aceptarlo. Una sociedad en la ue somos lo que indica una tristemente pesimista letra de tango. O el puñal de “El hombre de la esquina rosada” de Jorge Luis Borges, cobrando vida para cobrarse muertes.

Algo pasó en nuestras sociedades que hizo que “todo el mundo” se sientiese “inseguro”. Apareció como única respuesta que se encuentra es que, entonces, haya más policías y más represión. Una solución lineal. Una “solución final” que no fue tal. Pero las inseguridades por las que los hombres y mujeres pasamos no tienen que ver exclusivamente con al posibilidad de ser víctimas de un delito. Es verdad, también, que la espectacularidad delictual y su mediatización aportan mucho a que esta sensación llegue.

La inseguridad pasa por no saber qué vamos a hacer mañana. Inseguridad es no tener horizonte a la vista y por lo tanto, correr el riesgo de naufragar sin más, como ya lo han hecho -y lo peor de todo es que hemos sido testigos presenciales de ello- nuestros amigos, vecinos y parientes.

De allí la cita de Jean Paul Fitoussi y Pierre Rosanvillon de un libro de aquellos años del nuevo milenio en la Argentina empezaba a discutir por primera vez la posibilidad de un plan para sacarse las armas de enima:

“La reducción creciente de la familia a un espacio contractual y la desposesión discreta de esa unión tranquilizante con los otros, que representan el vínculo de la filiación y la manifestación de la cadena de generaciones, contribuyen también poderosamente a gravar la sensación moderna de inseguridad”.

Hoy más y nuevos análisis. Diferentes. Perspectivas distintas vinculadas a la proximidad de una humanidad que comparta espacios cada vez más de cerca con robots, por ejemplo. Aquella frase stá lejos de los falsos embanderamientos reaccionarios con la nostalgia de “la familia”. Pero de nuevo, surgió la posibilidad de que pensemos en vez de reaccionar; de provocar un “cerebrazo” social en lugar de lanzar un posteo en las redes meramente ocurrente. ¿Hay una respuesta única y automática capaz de resolver la inestabilidad emocional, la inseguridad de vida y en algunos casos el desprecio por ella? ¿Desembocaremos irremediablemente en un nuevo fracaso como sociedad? Si despreciamos la vida, hasta el punto de tener un arma disponible para ser usada, ¿acaso amaremos la muerte?

La complejidad del tema dio la posibilidad de que muchos se quedaran perplejos. La respuesta más simple siempre fue “Tengo un arma para defenderme” y pocos vieron que tener un arma era para atacar, también, o para proveer al mercado negro inconscientemente. O para herir. O para alimentar una industria perversa. Muchas organizaciones internacionales trabajaron para comprender mejor el tema. En el año 2000 propusimos desde Argentina que nadie tenga armas. Y esto condujera a múltiples caminos: que se apostara a convivir, que mirásemos hacia “nuestros” lados, que renovemos la solidaridad, que reconstruyamos cadenas de confianzas con el vecino y hasta con quien vive en nuestra propia casa, que empecemos por decidirnos en contra de la esperanza de la muerte y a favor de una posibilidad de vida.

Allí hicieron una tarea crucial International Alert, IANSA (International Action Network on Small Arms), la Red Argentina para el Desarme creada en 2004 a instancias del éxito del plan de Mendoza y la Asociación Espacios para el Progreso Social que buscó promover esa filosofía y las herramientas de acción a todos los niveles sociales fueron junto a la organización brasileña Viva Río, la costarricense Fundación Arias, la luego creada en 2005 CLAVE (Coalición Latinoamericana para la Prevención de la Violencia Armada), con respaldos que comenzaron a generar sinergia desde los más diversos puntos del globo, como el caso de Swefor en Suecia y cientos de organizaciones más a escala planetaria.

Cuando se toca con seriedad un tema tan sensible -el más sensible si los hay: el de la vida y la muerte- se conmueven todas las fibras del ser humano. Queremos vivir. Pero queremos vivir bien. Y es bueno que así sea. Es un buen objetivo para todos. Le podríamos echar todas las culpas a la televisión, después de todo, las tiene. Haríamos causa común con Giovanni Sartori en su “Homo videns”, con Bourdieu, en su “Sobre la televisión”, o en Román Gubern con su “El eros electrónico”.

En medio de aquel debate, que en Mendoza fue llevado a 2 mil escuelas con canjes simbólicos de juguetes bélicos por plantas y árboles en principio, y luego en la resignificación artística de armas verdaderas, un niño reaccionó como le corresponde a su edad: Que no es verdad, que “las armas no matan”. ¿Qué otra cosa puede opinar, si en su imaginario siguen haciendo -sutil e inocentemente- de las suyas, más allá de las bombas “Marca ACME”, el Coyote y el Correcaminos de la televisión? ¿O qué otra cosa más que como un espectáculo podría calificar la transmisión en vivo y en directo de una toma de rehenes, de un tiroteo o del rescate de un cuerpo tras un choque, descuartizado y rojo de sangre?

Es que la televisión ha hecho de las suyas, pero no lo podría hacer sin nosotros. El círculo, sigue girando. ¿O los que transmiten las noticias que nos hacen sentirnos vulnerables no son sufren, también de esa inseguridad multifacética de la que venimos hablando, con la rara y privilegiada oportunidad de multiplicarla hasta el escándalo? Fue Bourdieu quien dijo que “nuestros presentadores de noticieros, nuestros moderadores de debates, nuestros comentaristas deportivos se han convertido, sin tener que esforzarse demasiado, en solapados directores espirituales, portavoces de una moral típicamente pequeñoburguesa, que dicen ´lo que hay que pensar´ de lo que ellos llaman ´los problemas de la sociedad´, la delincuencia en los barrios periféricos o la violencia en la escuela”. Hoy, todo se ve aumentado en dimensiones e inmediatez por la hipercomunicación al alcance de todos nuestros smartphones, sepamos o no de los temas de los que nos hacemos eco, opinamos y hasta decidimos.

Recordar que las armas son para matar no es una postura valiente, testimonial, utópica y políticamente correcta. Es una acción. Creemos que está bien que así lo sea. Una acción de gobierno si se promueve desde la gestión pública. Pero una acción de la sociedad, porque es la sociedad la que, más allá de los comentarios tiene que debatirlo debatirlo. Lo hará, además, con sus hijos. El cambio de muerte por vida no es un milagro. Es una acción posible en este mundo.

Tiroteos frente al espejo

En forma frecuente, casi a diario, podemos ver infomación sobre personas que matan a otras “porque sí”. Masacres televisadas prácticamente en directo.

Podría pensarse que un deseo común de la humanidad ante semejante resumen del horror sería, por lo menos, que el hecho signifique una bisagra en la historia de la libre posesión y portación de armas de fuego. Así fue en Australia, tras la tragedia de Port Arthur, Tasmania, en 1996. Entonces, ese país decidió reformas profundas a su legislación, se recogieron 700 mil armas en poder de la gente. La tasa de homicidios cayó en más de 50 por ciento.

Hace rato que el mundo viene discutiéndolo. Porque las armas que matan a la gente son pequeñas, caben en la mano de un niño, son baratas y eficaces: matan con una balita que si toca un hueso, se divide en decenas; si toca una arteria, desangra; si atraviesa una víscera, la desactiva. Medio millón de personas muere cada año a causa de este tipo de armas.

Desde 2001, cuando en Mendoza se realizó el primer plan de control integral de armas, que incluyó un canje de armas por tickets y políticas activas de auditorías, controles y sensibilización y lo mostró ante la primera conferencia de la ONU sobre Armas Pequeñas, Estados Unidos viene boicoteando la posibilidad de que se suscriba un tratado mundial que ponga fin a la disponibilidad de armas y balas en los barrios. Parece ilógico. Pero no para su lógica.

Mientras tanto, Latinoamérica –sin masacres universitarias, pero casos como Patagones y con mucha desigualdad y demasiadas armas- acredita el 42 por ciento de los muertos por armas del mundo y duplica a África en cantidad de víctimas fatales por balazos.

En Argentina se calcula que hay un arma cada diez personas. Cifras de la Dirección de Política Criminal de la nación señalan que en nuestro país 70 por ciento de quienes mueren por armas de fuego son personas que conocían, eran parientes o amigos del agresor.

También aquí –país inventor, país pionero- se acuñó un término que desde la década de los años 90 vienen adoptando el resto de los países latinoamericanos: inseguridad, lo contrario a lo seguro. Siempre, vinculado más al delito que a las múltiples otras causas que le pueden quitar a alguien la esperanza de vida o la vida, directamente.

Junto con la inseguridad creció la seguridad de las armas y las balas. Armas y balas públicas. Armas y balas privadas. Armas y balas domésticas.

Mucha gente cree, a fuerza de tanto machaque, que el tema de las armas y las balas es cosa sólo de policías y ladrones. Mucha gente cree, también, que el problema de las armas y las balas se resuelve con una receta supuestamente simple de ser aplicada: armas y balas contra los que tienen armas y balas.

Como mucha gente cree esto, hay muchos otros que lo cuentan, existen aquellos que además de creerlo, lo dicen y quienes lo repiten como padrenuestro. Algunos lo recomiendan. Otros –menos, pero con poder de decisión- deciden hacerle caso a tanta gente.

Así empieza una carrera armamentista. En un país, en una provincia, en un barrio. En muchos casos, en una universidad o en una escuela.

Y con tantas armas y balas, legales, ilegales o mitad y mitad, es imposible pensar que la historia pueda terminar sin que se dispare un solo tiro. Un tiro legal mata igual que un tiro ilegal, aunque uno le duela a alguna gente menos que otro.

En nuestra vida urbana y diaria sentimos que no hay paz. Pero aclaremos: tampoco estamos en guerra. Es una paz cotidiana la que necesitamos y clamamos por ella aun con gritos de combate. Así somos.

Una verdad posible y verificable (porque hay que decir que verdades hay miles, algunas de las cuales son ilusiones, sensaciones y deseos, mientras que otras son medibles con números y testimonios) es que las balas que matan no son solo de ladrones: provienen del arma de un marido engañado; de una esposa ofendida; de un nene malcriado; de un “pendejo de mierda” de la villa; de un joven o un adulto frustrado que la pone en su sien; de un niño que la confundió con una de juguete; de un policía en cumplimiento de su deber; de un policía en fragrante incumplimiento de su deber, etc. Etc

Es por eso que cuando pensamos en matar o tener cosas capaces de matar a una persona, primero, tenemos que pararnos frente al espejo. Anticiparse a lo que puede ser nuestro peor momento. Y saber que ese instante no es solo propio. Un efecto dominó rodea la historia de cada arma y de cada bala. Hay que mirarse al espejo y preguntarnos, entre otras cosas, si lo que pagamos por ella equivale, básicamente, al costo (social, económico, familiar, cultural) que produce en quien resulta lesionado o muerto.

El peor momento del médico fue cuando le tuvo que anunciar a esos padres que su hijo no resistió los efectos del balazo en su cuerpo y murió.

Cuando la mujer se enteró que su marido se había suicidado usando un arma supo también: que nunca debió permitir un arma en su casa, que debía tomar coraje de no se sabe dónde para explicarle a sus hijos lo que pasó, que a partir de ahora tendría que multiplicar sus esfuerzos para sustentar el hogar. Pero además supo que un inmenso dolor le acompañará el resto de su vida y que el efecto de una bala, una simple y barata bala de porquería, que tanto excita a algunos fanáticos, no se manifiesta exclusivamente sobre quien la recibe, sino que su efecto expansivo a nivel familiar y social es muy difícil de calcular.

Naturalmente, le queda poco de vida; pero esa abuela ya no quiere vivir ese tiempo, al menos, con la misma intensidad con que lo hubiera hecho si su nieto no hubiese recibido un tiro fatal. La casa no es la misma. La vida no es lo mismo. El futuro es diferente, ahora, sin esa persona construyéndolo.

Hay que evitar las comparaciones absurdas que se hacen a la hora de hablar de la muerte como si se comentara un partido de fútbol. El automóvil no fue hecho para atropellar. Antes, nos transporta y satisface necesidades laborales, familiares y de esparcimiento. Un cuchillo no fue hecho para apuñalar: antes, sirvió para compartir el pan.

Las armas fueron hechas para matar. Ocasional y hasta excepcionalmente, sirven a grupos de honrosos deportistas a sus fines. Por eso hay que hablar con mucha más gente para que diga, repita y decida que nadie debe morir nunca más por culpa de la facilidad con la que se consigue un arma y una bala.

Génesis y el debate

La puesta en marcha del Plan Canje de Armas por vales canjeables en comercios de barrio por alimentos básicos, nació como una propuesta destinada a establecer una fuerte posición oficial del Gobierno de Mendoza a favor de una sociedad sin armas. Y así se hizo.

De este modo, el debate y la implementación permitieron, además, fortalecer la idea de reforma del sistema de seguridad. El tener o no armas en la casa fue el eje de una discusión que se dio en la Legislatura, en los medios masivos y alternativos de comunicación, en los bares, en las cámaras comerciales, escuelas, centros religiosos y en la casa de gran parte de los mendocinos.

Y el debate se trasladó rápidamente al escenario nacional, en donde opinaron desde el presidente de la Nación hasta sus ministros, gobernadores y ministros de provincias y legisladores de los más diversos partidos.

El 1 de febrero de 2000 el ministro de Justicia y Seguridad de Mendoza, Leopoldo Orquín lo señaló tan solo como una posibilidad en el transcurso de una reunión de la Comisión Legislativa Bicameral de Seguridad e inmediatamente se instaló el debate público. Por cierto, quienes fogonearon la idea fallaron, posiblemente, en no lanzarla desde un principio como una propuesta integral y dudamos. Pero el paso del tiempo dio la razón y el plan fue un éxito bajo la coordinación del periodista Martín Appiolaza, quien dejó su puesto en el diario Los Andes para abocarse a toda una tarea de estudio, consenso y ejecución del tema, acompañado en la fundamentación legal por la abogada María Paula Vetrugno. Hasta entonces, se desconocía la existencia de experiencias similares en otros lugares del mundo. Pero internet permitió llegar al caso de Panamá, relatada por el especialista norteamericano William Godnick, quien luego visitara Mendoza y se transformara en un entusiasta promotor del Plan mendocino y sus resultados.

En su informe preliminar, Appiolaza indicó:

“En la Argentina tener armas fue durante muchos años algo habitual. El único trámite era comprarlas. No importaba si era para cazar, para divertirse, sentirse seguros o matar. La falta de legislación terminó complicó todavía más las cosas. Es que el Estado siempre consideró el tema como algo menor. Durante años esas armas, pasaron de mano en mano o estuvieron guardadas en el fondo de un placard. Y pocos las quisieron registrar cuando empezaron los controles. O las destruyeron, se las quedaron o las vendieron por menos de lo que valen en el mercado negro”.

Unos días después del anuncio en Mendoza, el ministro y algunos de sus colaboradores lo propusimos en el seno del Consejo de Seguridad Interior, en una reunión realizada en la quinta presidencial de Olivos. En una mesa que compartimos con el gobernador Roberto Iglesias, el presidente De la Rua, los ministros de Justicia Ricardo Gil Lavedra y Federico Storani, el diputado de Mendoza Sergio Bruni y el subsecretario provincial de Seguridad, Alejandro Salomón, junto al autor de este trabajo, subsecretario de Relaciones con la Comunidad del gobierno provincial), incluyeron la propuesta de desarmar a la población como un objetivo de la Nación.

Ya en Mendoza, la tarea legislativa de debatirlo y aprobar una ley “posible” más allá de las buenas intenciones y aun a pesar de una legislación nacional abundante, pero contradictoria y llena de baches que sortear, fue dura. Hubieron varias visitas de los funcionarios a la Legislatura, diputados y senadores dudaron primero y luego apoyaron, y se chocó con la tenaz oposición del demócrata y ex funcionario de la dictadura Alberto Aguinaga, (que ocupaba una banca de diputado) y la dubitación transversal de muchos. Hasta el punto que en Senadores no hubo discusión y en Diputados la postura oficial del gobierno la fijó un opositor.

El Plan se hizo y se contó con una amplia participación social. La Argentina lo tomó como propio ante la primera Conferencia Internacional sobre el Tráfico Ilícito de Armas Pequeñas y Livianas realizada en Nueva York en 2001 y habló de él el ministro del interior, Ramón Mestre.

El canje de armas de Mendoza, en tanto, dio origen a propuestas de cambio del sistema nacional de registración de armas, la creación de una Comisión de Desarme Ciudadano y la presentación de varios proyectos de ley de alcance nacional sobre el tema, además de una serie de nuevas leyes provinciales en Chaco, Salta, Santa Fe, La Pampa, Neuquén, Chubut, Buenos Aires y Capital Federal.

En diciembre de 2006, finalmente y tras la conformación de la Red Argentina para el Desarme, el Congreso de la Nación aprobó la ley por la que tanto bregó Mendoza.

La experiencia de Mendoza: Participación transversal

¿Cuánto importa la reducción de la disponibilidad de las armas de fuego más comunes, las llamadas técnicamente como pequeñas y livianas o ligeras, en la vida segura de las comunidades? Indudablemente, mucho. Sucede que su proliferación mata: las armas no sirven para otra cosa. Pero más allá de la psicosis colectiva por la inseguridad, su presencia en un hogar sirve para “resolver” de la peor manera posible cualquier tipo de conflicto o problema. De este modo, veremos que no representan solo una “herramienta” de ataque y defensa, sino que se transforman en potenciadoras de conflictos menores, en ejecutoras de “justicia por mano propia” y tal vez en algo que podríamos llamar “eutanasia social”: una sociedad que se suicida, ya sea literalmente frente a las frustraciones, opresiones, exclusiones, o simbólicamente, vale decir, cuando la sociedad acorralada por una inseguridad real o virtual- empieza a disparar a todo lo que se mueve. Su objetivo primario de desarrollarse, vivir y generar y promover vida, se invierte. Si no hubiese un arma a mano, ¿cómo resolveríamos el conflicto? Si decidiéramos participar activamente en las políticas y decisiones que tienen que ver con la convivencia en nuestro espacio público, ¿necesitaríamos de armas de fuego?. Si se convocara desde el Estado o desde la comunidad a que se eliminen las armas, a que se controlen los depósitos oficiales, a que se actúe estrictamente con la venta legal, ¿quién alimentaría el mercado ilícito? Algunos de estos interrogantes han sido respondidos por experiencias que se vienen desarrollando en el mundo desde no hace más de diez años.

En general, las políticas o programas de seguridad en la Argentina no contemplaron la solución de problemas de fondo, sino que se ocuparon de responder a la demanda mediática puntual, coyuntural, de manera esquizofrénica.

No será nuestro caso analizarlo tampoco. Pero si abordaremos un fragmento de la problemática que llamaremos de la “convivencia urbana”, cada día más difícil, compleja y condicionada por factores externos a la comunidad en la que estamos insertos de manera inmediata.

Pretendemos demostrar o plantear varios ejes de debate a la vez:

Si no participamos en las decisiones que inciden sobre nuestra vida y la de nuestras familias y vecinos, la situación no la resolverá otro.

Si buscamos enterarnos de lo que pasa en nuestro barrio, escuela de nuestros hijos o en el club mirando televisión, estamos equivocando la ventana por la que hay que asomarse.

Si el pánico nos gana y buscamos salvarnos solos, es posible que transformemos a nuestra casa en un bunker, a nuestro barrio en la escena de un crimen del que nunca pensamos ser parte, a nuestra vida en todo lo contrario: en muerte.

Con estos planteos -en los que deliberadamente dejamos fuera al rol del Estado, ya que estamos hablando de nuestro rol en la sociedad, más allá de las políticas o programas que se implementen desde el Estado- lo que se pretende es llamar la atención sobre el o los análisis, respuestas, comentarios que a diario debemos emitir casi obligadamente en torno a la tan mentada “inseguridad”.

La promoción del pánico de la que hablaba, por ejemplo, Michael Moore en su documental “Bowling for Columbine”, nos lleva a encerrarnos. La sociedad argentina ha tomado una decisión extra, no sin el aliento de medios de comunicación que, además, atienden por ventanillas de agencias que venden seguridad privadas, diarios que venden morbo o empresas que venden blindajes, rejas, alarmas y otros accesorios vinculados.

Queda claro que el arma de fuego sirve solamente para matar. No sirve para otra cosa.

La sensación de la sociedad y de sus referentes más destacados en la prensa, no ha cambiado, a pesar de la inmensa disponibilidad de armas. La seguridad no se ha conseguido y la convivencia resulta imposible dentro de las propias familias, en donde confluyen violencias de todo tipo: económicas, sociales, de género, institucionales.

Que la sociedad se armara, en definitiva, no sirvió para crear convivencia. Que se promoviera la punición extrema de los delitos, mucho menos, ya que el problema es que nadie atrapa a los autores de los delitos y por lo tanto no hay a quien aplicarle esas penas más duras. La Justicia no se reformó y la policía sigue siendo poco confiable.

La vida en sociedad, entonces, podemos decir, tiene ahora un problema extra: le dijeron que disfrutara de los años 90 y que en caso de problemas disparara su propia arma, en “legítima defensa”, “haciendo justicia” -ya que no hay otra, salvo en quien crea en divinidades- y sospechando del otro, dentro o fuera de la casa.

Por qué desarmar es bueno para la salud

La violencia armada no es solamente un problema de aplicación de la ley, o un problema de seguridad. Esta forma de violencia ha generado principalmente una enorme crisis en la salud pública mundial. La violencia producida por armas pequeñas ocasiona un sufrimiento inmenso a amigos y familiares de centenas de millares de muertos y de más de un millón de heridos todos los años. Además de los efectos inmediatos, están las lesiones físicas y sicológicas permanentes, la destrucción de familias, la pérdida de productividad económica, el desperdicio de recursos muchas veces escasos de los servicios de salud que son factores difíciles de ser evaluados.

Para conocer la incidencia que estas pequeñas armas tienen en la salud, debe señalarse que en países con conflictos armados -y no hablamos solo de guerras, sino de fuertes enfrentamientos con armas-, la infraestructura de Salud Pública se vuelve desorganizada y los servicios prestados sufren con el exceso de demanda, que disminuye, por ejemplo, los stocks de sangre. Viva Rio, en Brasil, trabajó con mucha fuerza esta faceta de las implicancias de la violencia armada como también lo han hecho organizaciones de Centroamérica.

El costo económico del tratamiento de las víctimas y de la pérdida de productividad generada por la pérdida de la fuerza de trabajo, es extremamente alto.

Hemos dicho que las armas “solamente sirven para matar”. Tal fue el eslogan que inundó Mendoza entre 2000 y 2001 cuando hizo el primer plan de desarme de Sudamérica. Fue el primero en el mundo en realizarse como parte de una reforma del sistema de seguridad pública y de carácter preventivo. Los antecedentes existentes hasta entonces eran en sociedad post conflictos e involucraba la reinserción de ex combatientes, por ejemplo.

Para hacer frente a las consecuencias de convivencia, sanitarias, económicas y hasta políticas de la proliferación y disponibilidad de las armas de fuego y municiones, es necesario políticas-y ya no solo programas- de desarme y control integral de armas, con una fuerte organización y participación de la sociedad civil en lo que se refiere al control, la promoción y la ejecución. Esto, junto a un Estado que sea capaz de integrar agencias en función de un objetivo que no siempre es común a alguna de ellas. Y porque no hay nadie mejor que la propia sociedad civil para recibir la confianza de sus iguales.

Los programas de desarme buscan que nadie tenga armas en su casa. No importa si se es delincuente o no. Y, centralmente, tampoco se busca que el que delinque vaya altruistamente a entregar su arma. Sino que se propone:

Quitar un problema de los hogares: tener un arma es tener un problema.

Disminuir el volumen de transferencia de armas domésticas al mercado negro representa el origen de gran parte de las armas decomisadas por luego por las armas de seguridad y la Justicia en ocasión de delitos.

Intervenir indirectamente en el mercado ilegal al ofrecer estímulos para que centros controlados oficialmente sean los que las reciban y luego destruyan, y no sectores grises, intermediarios que las reingresen a circuitos legales o directamente al mercado negro.

Promover formas de construcción de la convivencia de carácter colectivo, y no individual, eliminando de la “agenda de vida” de la población la posibilidad de transformarse de un día para el otro en asesinos.

Dejar al descubierto con mayor claridad, el campo en el que se mueven las trasferencias ilegales.

Generar una cultura de la paz, integrando a la población a planes participativos de seguridad y a las escuelas.

Recapitulando: ¿por qué desarmar?

Un dato que no debe quedar al margen de las discusiones es que el desarme no debe ser un programa puntual, un evento de impacto, sino una política pública, o parte sustancial de ella. Es por eso que las armas recolectadas en los planes de recolección no deben ser recicladas o vendidas, sino todas destruidas, al igual que las municiones. Ese hecho puede transformarse en si mismo en un evento promotor de la paz.

Varios países han generado corrientes artísticas con armas destruidas. De ese modo no solamente estimulan la cultura de la paz sino que, en muchos casos, intentan superar el trauma de conflictos extensos y destructivos.

En la Argentina, la fallecida escultora Eliana Molinelli, tras realizarse el Plan Canje de Armas de Mendoza, propuso crear una corriente artística trasndisciplinaria. Creó un monumento, varias esculturas con las armas aplastadas y distribuyó restos a un centenar de los más grandes escultores y artistas plásticos que hicieron emblemáticas esculturas que pasaron a la historia y cuyas características fueron compiladas por UNLiREC, el Departamento de las Naciones Unidas para el Desarme, el Desarrollo y la Paz en América Latina y el Caribe.

La primera experiencia argentina

Un canje de armas o programa de amnistía fue formalmente presentado a la legislatura provincial en Mendoza, en febrero el 2000. Las primeras reacciones fueron de carcajadas que después se convirtieron en un candente debate sobre si tal esquema desarmaría a los criminales. Los simpatizantes del tema en todos los tres principales partidos políticos locales (Alianza, Justicialista y Demócrata), fueron más realistas y propusieron que tal esfuerzo se enfocaría más sobre el cambio de las actitudes y cultura locales en relación a los instrumentos de violencia.

Como es usual, el debate incluyó el punto de vista que la entrega voluntaria de armas “dejaría indefensos a los ciudadanos honestos contra criminales bien armados”. Sin embargo, a diferencia de muchas otras sociedades, el debate sobre el rol de las armas en la sociedad no fue estrictamente sobre las líneas partidarias; los partidos gobernantes Alianza y Justicialista estaban unánimemente de acuerdo para la recolección voluntaria de armas, mientras los Demócratas estaban divididos entre varios liderazgos en la misma legislatura bajo la misma bandera partidaria. Aunque con amplio apoyo político en la provincia se llegó hasta el 9 de Agosto del 2000 en que se aprobó la Ley Provincial sobre Desarme 6809. Esta ley hizo lo siguiente:

  • Hizo posible la entrega de armas legales e ilegales, explosivos y municiones a cambio de un beneficio en especie para el propósito de destrucción por un periodo de 180 días con la posibilidad de continuar con el proceso por 180 días adicionales.
  • Creó dos líneas telefónicas abiertas para llamar sin costo, una bajo la Subsecretaría de Relaciones con la Comunidad del Ministerio de Justicia y Seguridad para suministrar información en relación al programa de entrega de armas y la otra bajo el control de la policía de investigaciones para denunciar la presencia y localización de armamento ilegal.
  • Estableció el marco para desarrollar mecanismos de prevención para la entrada ilegal de armas de fuego, explosivos y municiones en el territorio provincial.
  • Promovió el desarrollo de una estrategia para la mejor implementación y control del registro regional de armas de fuego y del intercambio comercial de armas de fuego.
  • Una vez establecido el marco legal, la tarea de planificar e implementar el esquema de recolección de armas fue colocado en manos del Ministerio de Justicia y Seguridad, específicamente de la Subsecretaria de Relaciones con la Comunidad.

El enfoque central fue el comunicacional multidireccional. Esto no solo ayudó a conceptualizar el reto de motivar a los ciudadanos de entregar las armas desde una perspectiva más sociológica, sino que los contactos con los medios aseguraron que el programa sería cubierto por los periódicos durante todas sus etapas. Hay autores que apuntan que la triangulación de apoyo del gobierno local, los ciudadanos y los medios es crítica para el éxito de programas diseñados para mejorar la seguridad comunitaria. En este punto estuvo el principal desafío del Estado, que era convencer a la ciudadanía de aceptar el programa y de participar.

Antes de continuar, los organizadores contactaron a docenas de ONG participantes en la emergente Red Internacional de Acción sobre Armas Pequeñas (IANSA) , incluyendo al movimiento de desarme brasileño de alto perfil conocido como Viva Río .

Además de apoyo moral y motivación, IANSA y Viva Río puso al gobierno de Mendoza en contacto con el Bufete de Ayuda para el Desarme Práctico en el Bonn International Center for Conversion (BICC) del cual recibieron consejo experto e intercambio sobre diferentes ideas y enfoques. El BICC ya había desarrollado una guía para una mejor práctica en recolección de armas y destrucción con versiones en inglés, español, francés, portugués y ruso que fue usada como un punto de referencia clave para desarrollar todo el esquema del programa .

Durante las etapas de planeamiento el programa de Mendoza no solo se benefició de otras experiencias en Estados Unidos y América Latina, sino también del abordaje pionero del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) “Armas para el Desarrollo” en Albania. Si bien pueden haber opiniones contendientes en cuanto a la efectividad y eficiencia del esfuerzo piloto de recolección de armas del PNUD en Gramsh, Albania, el concepto trajo la idea de promover la participación comunitaria en el desarme con la promesa del desarrollo de los bienes públicos e infraestructura de la comunidad. Como veremos más adelante en Mendoza se decidió desarrollar un programa híbrido combinando los beneficios materiales individuales del enfoque de “Bienes a cambio de armas” con incentivos colectivos para la comunidad.

Sus metas y objetivos

Las metas y objetivos del Plan Canje de Armas de Mendoza deben ser vistas en el contexto del acuerdo político multipartidario que hizo posible su implementación. Bajo este acuerdo se adoptó una nueva política pública de seguridad incluyendo reformas significativas del sector policial, incremento de la investigación y el procesamiento de las redes de crimen organizado y mejoras en el procedimiento de las patrullas en el Gran Mendoza. Puntos focales adicionales incluían la ampliación de los programas de resolución de conflictos vecinales y mediación, sistemas de vigilancia comunal y foros para asegurar la participación ciudadana directa en la política del sector seguridad.

El Plan Canje de Armas se dispuso a comunicar el mensaje de desarme a todos los niveles de la sociedad, a proveer consejería y subrayar sobre los múltiples peligros que entraña la posesión de armas de fuego.

Los objetivos específicos del programa fueron:

  • Elevar el precio de las armas de fuego en el mercado negro;
  • Reducir el número de armas disponibles a los criminales;
  • Prevenir mayor proliferación de armas de fuego;
  • Reducir el número de muertes, accidentes y lesiones;
  • Reforzar la comprensión de la relación entre armas y violencia;
  • Incrementar la solidaridad comunitaria;
  • Desarrollar programas complementarios para beneficiar la seguridad pública.
  • Campaña de educación pública

Con anterioridad, los organizadores del programa admitieron que no era probable que un esfuerzo de recolección voluntaria de armas llevara a la entrega de las mismas de parte de criminales y que la verdadera meta era influenciar un cambio en la cultura y las actitudes hacia el rol de las armas en la sociedad. En este contexto la campaña de educación pública se volvió igualmente importante como el programa de entrega de armas. A fin de hacerlo saber al público y motivarlo a participar en el Plan Canje de Armas se implementó una estrategia multimedia por el gobierno.

Esta campaña de educación pública incluía:

  • El establecimiento de un número 0-800 sin costo y anónimo donde la gente pudiera conseguir información sobre el Plan Canje de Armas;
  • La cobertura constante de parte de los periódicos;
  • Anuncios televisados que mostraban dos pistolas idénticas lado a lado frente a un niño a quien se le pedía que distinguiera la verdadera de la de juguete;
  • La creación de un sitio web con todos los detalles del programa;

La incorporación de organizaciones no gubernamentales, específicamente grupos vecinales y la Liga de Fútbol del Gran Mendoza, como extensionistas a nivel de la comunidad;- Implementación de una campaña de entrega de juguetes violentos en las escuelas de primaria locales.

El componente más poderoso de la campaña de educación pública del gobierno fue la campaña de entrega de juguetes bélicos llevada a cambo en las escuelas primarias locales. Las acciones de entrega de juguetes violentos no son nada nuevo y han sido probadas en todo el mundo, especialmente en Estados Unidos. Sin embargo, lo que hizo algo original de esta experiencia era la forma en que se conectaba directamente en el venidero programa de canje de armas y en que los niños no sólo eran educados sobre los peligros de las armas, sino también usados como vehículos para influenciar a sus padres que podrían efectivamente tener armas de fuego en su casa.

En la primera acción, alrededor de unos 6.000 escolares entregaron más de 6.000 juguetes violentos y juegos a cambio de libros, plantas y arbustos en macetas. Escuelas de nueve departamentos (divisiones políticas similares a condados) participaron en la provincia de Mendoza.

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Los psicólogos recomendaron no destruir los juguetes porque esto podía ser visto como un “acto violento”, y que mejor se derritieran los plásticos y se incorporaran en mosaicos o trabajos de arte a ser exhibidos en la escuela. Una especie de baldosa realizada con restos de juguetes bélicos por alumnos de una escuela de la ciudad de San Rafael, con el apoyo de la Policía Comunitaria a cargo del recordado subcomisario Rubén Di Marco, le fue entregada al papa Francisco en 2016 por el autor de este trabajo, cuando respaldado por IANSA, Serpaj y Pax Christi lo entusiasmó –exitosamente- a sumarse a la campaña mundial contra la violencia armada.

En muchas escuelas, se actuaron dramas, se cantaron corales y lanzaron globos al cielo con mensajes contra la violencia. En un punto, en una escuela particular, toda la excitación llevó a un grupo de muchachos casi al enfrentamiento porque cada niño apoyaba un equipo de fútbol contra otro, Boca Juniors versus River Plate. Cuando el Director General de Escuelas (Ministro de Educación) se dio cuenta hizo que ambos grupos se pusieran frente a frente y se diesen la mano y abrazaran. Esto puede sonar trivial, hasta ridículo, pero aquellos que conocen la seriedad con que los fanáticos argentinos apoyan a sus equipos de fútbol verían alguna significación en este acto, por muy corto que sea su impacto.

En resumen que la campaña de entrega de juguetes violentos llegó a un amplio público que incluía 6.000 niños, sus maestros, padres y familias. Varios participantes en el programa de canje de armas que comenzó un mes después mencionaron la influencia de sus hijos en la decisión para entregarlas.

En conclusión, en dos etapas, el plan recolectó cerca de 3.000 armas de fuego y más de 8 mil municiones. Todas, en estado de ser usadas. William Godnick, del Instituto Monterrey (EEUU) y de la Universidad de Bradford, emitió un informe en que concluyó que el plan mendocino redujo en 15 por ciento la circulación ilegal.

Ya hemos dicho al inicio que el plan disminuyó 18 por ciento las muertes por armas de fuego entre 2001 y 2002 y que cambió la actitud de los mendocinos hacia las armas de fuego y en torno a su utilidad como forma de garantizarse seguridad.

Sin embargo el plan se interrumpió con el cambio de gobierno en 2003, y estas son políticas que deben perdurar en el tiempo para poder evaluar fehacientemente su impacto.

¿Cómo evaluar?

De acuerdo con autores especializados en la materia como Richard Rosenfeld hay tres tipos de metas de programa a ser evaluados en relación a los programas de recompra o canje de armas:

1. metas inmediatas relacionadas con servicios de entrega,

2. metas intermedias tales como conciencia pública y

3. las metas finales del programa (ya enunciadas).

Otras opiniones citadas en un trabajo evaluatorio que de aquel plan, que hemos venido citando y que se llama “Transformando actitudes hacia las armas de fuego” indicaron por aquellos años que la toma de conciencia pública tendrá que medirse a través de una variedad de encuestas de opinión y grupos focales.

Un grupo multidisciplinario que incluya organizaciones comunales, funcionarios de policía y salud pública, deben estudiar las otras y más complejas metas de largo plazo.

“El éxito -dijo el investigador estadounidense William Godnick- se mide por la vía del fortalecimiento de los lazos comunitarios, la movilización del apoyo para el liderazgo comunitario y llamar la atención hacia otras formas de control social capaz de reducir la violencia armada en vez de métodos tradicionales de control del crimen”.

En tanto, otros autores como Michael Romero y Garen Wintemute , en su estudio de un programa en Sacramento, California en 1993 concluyeron que los beneficios potenciales de un programa de recompra de armas son más fácilmente medibles en el nivel hogareño que en el comunitario.

Que nadie más muera por arma de fuego

Hay quienes sostienen que no hay que sostener utopías, así como hubo quienes proclamaron que “la duda es una jactancia de los intelectuales”. Abundan los que reclaman más de lo mismo para que lo mismo no cambie, sino que se potencie. Trasladado a la violencia, víctimas utilizadas como líderes de último momento -en un país con escasa confianza en los liderazgos políticos- logran con reclamos de recetas de “mano dura”, intolerancia y armamentismo policial que la violencia se ensimisme y recicle.

Pero también hay experiencias concretas que permiten demostrar que se puede construir una convivencia comunitaria, apelando a la palabra como arma, a la organización como estrategia y a la vida como horizonte.

Es por esto último que la Argentina tiene una oportunidad de generar expectativas de la estura del deseo de que “nadie más muera por arma de fuego, ya sea por homicidio o suicidio”.

Esta salida, como casi todas, es una construcción necesariamente colectiva.

Es interesante trabajar en torno a un nuevo paradigma, el de “la paz urbana”, entendiendo por paz un concepto nuevo y más amplio que aquel que la definía como “ausencia de guerra”, y entendiéndolo como la posibilidad de desarrollo de la seguridad humana, más allá de los acotados conceptos de seguridad ciudadana, inseguridad, penalización o vigilancia.

Y entender, centralmente, que no es casualidad que resulte tan difícil poner en marcha un plan de desarme en la Argentina, algo que sólo ocurrió hace casi 20 años en Mendoza y que todo el país puso en funcionamiento luego, junto a transformaciones en las áreas de control de armas que todavía están a medio camino.

La repercusión antes y después

La prensa local y la nacional tomaron caminos diferentes: en Mendoza fue primero cautelosa, luego crítica, después indiferente y finalmente apoyó al ver sus resultados.

“Idea brillante, o un parche para ir tirando”, se preguntó en el arranque del plan el diario local Los Andes del 23 de febrero de 2000, en una columna de opinión que acompañó la noticia del envío del paquete de leyes de desarme a la Legislatura y la intención mendocina de tentar a la Nación. Mientras tanto, el diario UNO tituló una de sus notas editoriales -y huelgan los comentarios a partir de la contundencia del título- “Pistolas por fideos”. A nivel nacional, Clarín, el 9 de marzo del mismo año alertó desde un editorial sobre “El peligro del armamentismo civil” y advirtió:

“...en nuestro país se avanza a nivel oficial, nacional y provincial, en la propuesta de planes de canje de armas como modelo de contribuir a la lucha contra el delito”.

Finalmente los análisis de la prensa fueron favorables al plan: se había demostrado que no era una idea utópica y que debatir temas polémicos es positivo, aun cuando se empiece perdiendo, como fue nuestro caso.

El 5 de diciembre de 2001, Clarín lo evaluó en una nota editorial como “exitoso”:

“El éxito de este programa obliga a que las autoridades de la Nación y de las restantes jurisdicciones estudien una rápida implementación de iniciativas similares, persuadiendo a toda la población de que la tenencia de armas es una fuente de inseguridad”.

Final abierto

Luego de que la Asociación Espacios para el Progreso Social se lanzara de lleno a buscar aliados para trabajar en la Argentina y en el mundo la idea de una sociedad en donde prevalezca el concepto de vida por sobre el de muerte, surgieron numerosas y valiosas experiencias que crecieron y se desarrollaron y que aquí queremos mencionar: Inecip, APP, La Casa del Sur, Asociación Alfredo Marcenac, Asociación Civil La Comuna, Fundación Lebensohn, Flacso, Club Plural, Red Solidaria. Ellas fueron las pioneras en Argentina y su trabajo estará presente en la memoria de mucha gente que sobrevivió por haber trabajado juntos activamente en contra de la incidencia de las armas de fuego en la sociedad.

LOS AUTORES

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Gabriel Conte. Es periodista y escritor. En el año 1999 asumió como Subsecretario de Relaciones con la Comunidad del Gobierno de Mendoza, desde donde creó y ejecutó el primer plan de desarme y control de armas de Sudamérica. Impulsó el plan nacional en la materia y planes en todas las provincias y municipios de Argentina. Se sumó a la red de organizaciones sociales con la ONG Espacios, creando redes locales de desarme dentro de su país para culminar en 2004 con la Red Argentina de Desarme y luego, en 2005, siendo cofundador de CLAVE, la Coalición Latinoamericana para la Prevención de la Violencia Armada. Ha colaborado con IANSA (International Action Netwok on Small Arms) y numerosas instituciones dedicadas a prevenir los efectos de las armas en la sociedad a lo largo del mundo. Es director del grupo periodístico MDZ y autor de una docena de libros, entre los literarios y ensayos sobre diversos temas, principalmente vinculados a la seguridad.

María Paula Vetrugno. Es abogada. Fue impulsora de la reforma policial de Mendoza de 1998 y miembro del equipo de juristas que confeccionó el compendio de leyes. Fue Presidenta de la Junta de Disciplina del Ministerio de Justicia y Seguridad de Mendoza. Es especialista en Derecho de Familia y ha escrito en torno a la Violencia de Género, además de ser una profesional consultada al respecto, disertante en diferentes seminarios. Es docente en el Instituto Universitario de Seguridad Pública en donde se forma a los policías. Fue quien generó la posibilidad fáctica jurídica de concretar el primer plan de desarme de Sudamérica en Mendoza.

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