Libertad en la palabra

"Ginebra", de Silvia Hopenhayn, traza un camino de aprendizaje y liberación a través de los vocablos y la adopción de una nueva lengua en el exilio.
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Nicolás Munilla

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El habla, la comunicación y el lenguaje son elementos indispensables en la dinámica de las relaciones humanas, donde la palabra adquiere un carácter fundamental como constructora de existencias y realidades personales. Ortega y Gasset decía que "las palabras no son palabras sino cuando son dichas por alguien a alguien" y que por ello el vocablo "es inseparable de quien lo dice, de a quién va dicho y de la situación en que esto acontece".

Ginebra (Alfaguara), de la escritora y periodista Silvia Hopenhayn, indaga en las palabras, y también en su construcción semántica, tomándolas como moldeadoras de realidades y caminos de aprendizaje en la juventud, en los que el destierro y el bilingüismo aparejan señales de vértigo e independencia.

Una chica de 13 años escapa con su familia de la Argentina y se exilia en Ginebra, una ciudad dominada por el frío, el chocolate, el lago homónimo y los susurros de Borges, donde una lengua ajena le abrirá las puertas al conocimiento, la amistad, el deseo y la libertad.

En la urbe suiza, la adolescente irá incorporando un minúsculo pero heterogéneo círculo de amigos. Jo Haydn es la introvertida compañera de banco, hija del responsable del simulacro del big bang y cuya madre se mató en el lago de Ginebra al nacer su hijo muerto. Con Olivier 'Oli' Dusex, la protagonista descubre no solo el amor y la pérdida, sino también halla el poder de un idioma nuevo. 'Amo a quien me ame', por su parte, es una joven adicta a las drogas y la velocidad, cuya moto rosa de vetas plateadas es objeto de fascinación y dolor.

Novela de iniciación y aprendizaje, Ginebra construye con recuerdos juveniles un melodioso texto delicado y avasallante, por el cual el camino a la maduración es trazado mediante palabras afectivas que transmiten sentimientos vertiginosos y liberadores.

"Las palabras eran naves que se desplazaban haciendo funcionar el mundo. Me hallaba en un planeta de formas a la espera de voces que las pusieran en movimiento. Malabarista del silencio, veía el momento de la coincidencia, cuando esas formas adquirían sentido: el momento en que alguien quería decir algo", rememora la protagonista que de niña adquirió una habilidad para detectar el advenimiento de los vocablos antes de su sonorización, una percepción que atrapa el significante antes que los demás interlocutores.

Hopenhayn combinó parte de su experiencia adolescente en Ginebra con lecturas de sus novelas de aprendizaje preferidas, elaborando una trama ficticia que, paradójicamente, buscó en las lagunas de su memoria. "Ya en mi novela anterior, Elecciones primarias (Alfaguara, 2014) -explicó la autora a MDZ- descubrí un procedimiento para escribir: contar allí donde no recuerdo, pero con el quantum de afecto correspondiente a la época a la que me refiero".

- Viviste tu adolescencia en Suiza, al igual que la protagonista de "Ginebra". ¿Cuánto de tus experiencias hay volcadas en esta novela?

- Es cierto que mi adolescencia la pasé en otro país, y sobre todo, en otra lengua. Digo, porque a veces es más fuerte la experiencia de nacer de nuevo en otro idioma, con palabras nuevas, sin ser un bebé que balbucea, sino alguien que se inicia silenciosamente ya habiendo significado la vida. Es una experiencia de libertad de fondo, libertad de nombrar por primera vez, de elegir palabras, de no tener que aprender para cumplir, etcétera... En este sentido, sí, compartí la experiencia de la protagonista de la novela. Ingresé en el francés en un colegio estatal suizo, sin saber ni una palabra. No tenía nada para decir porque no tenía palabras para decir, y eso es una experiencia muy rara, te obliga a observar a los demás en su decir, a escuchar, a esperar, a desarrollar gestos. En cuanto a la trama del libro, proviene más de mis lagunas que de mis recuerdos. En Elecciones primarias se trataba de la dictadura militar vivida por una niña de 8 o 9 años en un colegio estatal; no utilicé comas porque la narradora trata de bucear sin respirar por entre los escombros de su pasado. En Ginebra ya cambia el estilo (la protagonista ya creció y está en otra parte) pero también busqué contar desde emociones personales una historia completamente inventada. Quizá porque me importa lo afectivo en la lengua, un afán de transmisión de lo humano a través de las palabras.

- El texto presenta un gran cuidado narrativo, y las palabras parecen abarcarlo todo: el lenguaje, el cuerpo, el tiempo, lo emotivo y sensitivo.

- Es cierto, la novela comienza con una pregunta, "a dónde van a parar las palabras", y es por cierto, una forma de creencia. Las palabras nos constituyen, le dan forma a la realidad (que no la tiene), nos permiten amar, decirnos, darle sentido a la existencia. Fijate lo importante que fue la palabra "Rosebud" para El ciudadano, de Orson Welles, una de las películas más importantes del cine, y estoy hablando de cine, donde supuestamente priman las imágenes... Sin embargo es una palabra la que determina la trama de la película. La protagonista de Ginebra descubre ya de niña y en las primeras páginas "la falla del lenguaje", una suerte de fractura donde se hunden pero también surgen palabras que van significando su vida. Y luego, cuando se pasa de lengua en la adolescencia, vive una nueva aventura semántica, puesta al servicio de la supervivencia en el extranjero. En cuanto a la escritura, que ya sería más del orden del oficio, me interesa y me atrae muchísimo el proceso de pulido (o corrección, si querés); me entretiene horadar la frase, ver qué me ofrece, decirla en voz alta, mirarla desde lejos, leer párrafos enteros para ver cómo decanta el sentido, la musicalidad. Es más un gusto que una exigencia, o quizá estén íntimamente ligados.

- ¿La adopción de una segunda lengua es sinónimo de libertad en el exilio?

- Claro que sí, y te agradezco esa lectura. Casi diría que el exilio en otra lengua es un amparo distinto. Parece duro, porque uno vuelve a nacer, pero al mismo tiempo, no es lengua materna, se combina lo nuevo con el descubrimiento de la lengua propia. Vale decir que en la adolescencia uno ya sabe escribir, comprende lo que es una escritura. Y es muy distinto aprender a hablar desde cero cuando la vida ya empezó hace rato. Se produce un estilo propio en el nuevo idioma. Me pasó algo muy raro: en francés me sale espontáneamente la rima, en español sólo puedo escribir en prosa.

- Los tres personajes que rodean a la protagonista (Olivier, Jo y 'Amo a quien me ame') además reflejan los miedos y desafíos de la juventud. ¿También es una novela sobre la adolescencia sufrida en su paso hacia la adultez?

- Más allá de mi experiencia en Ginebra, la historia contada es resultado de lecturas que me enseñaron a aprender... Me refiero sobre todo a las llamadas 'Novelas de aprendizaje' (Bildungsroman), aquellas donde el personaje protagonista (por lo general un adolescente) aprende algo de la vida, entrando a la novela de un modo y saliendo cambiado, distinto. Los tres pilares son Los años de aprendizaje de Wilhelm Meister, de Goethe, Las tribulaciones del estudiante Törless de Musil y El retrato del artista adolescente, de Joyce, y más cercanas, El juguete rabioso, de Roberto Arlt o Los cachorros de Vargas Llosa. Son novelas de varones, claro. Yo quise escribir una protagonizada por una adolescente mujer; indagar en sus primeras pérdidas (de sangre, de país, de hermanos, de amigos) y sus descubrimientos gozoso, la delincuencia, el sexo, la música, etc. En las novelas de aprendizaje por lo general el protagonista aprende algo en particular. Creo que Ginebra es una novela de iniciación en el lenguaje, la posibilidad del nombre propio, de hacerse cargo de la vida con una bolsa de palabras a cuestas. Qué bueno que diferencies a los tres personajes que acompañan a la protagonista, los considero, junto a ella, cuatro jinetes post-apocalípticos, cada uno cruzando la estepa de la adolescencia a su manera, y a la vez enlazados por un particular amor, un amor que los recubre, los protege, en ese pasadizo que a veces parece túnel, otras puente, pero sin duda se trata de un pasaje estrecho, de a ratos oscuro, otras vertiginoso.

- Además de escritora, das talleres de lectura y sos periodista cultural especializada en literatura. ¿Qué visión tenés sobre la difusión de las letras argentinas en el país? ¿Pensás que las transformaciones de los lectores presentan desafíos para los comunicadores, escritores y editoriales?

- Tengo una impresión que quizá contradice las tendencias, a las que suelo tomar con pinzas, ya que muchas veces tendencia es sinónimo de prejuicio o manipulación... Tanto en mis talleres de "Clásicos no tan clásicos" -considerando que son diez grupos de bastantes lectores-, como en las experiencias que realizo en el MALBA, en la Asociación de Amigos del Museo Nacional de Bellas Artes, o las conferencias dictadas en el Salón Dorado del Teatro Colón... En todos esos ámbitos, algunos más tribales, otros más institucionales, es increíble la avidez y el conocimiento que tienen los lectores que asisten. Hay un circuito de lectura no medible, inmenso, que se alimenta de la literatura de todos los tiempos, y al mismo tiempo se interesa en descubrir autores nuevos. Compran en librerías (que hay muchas), en Mercado Libre (donde se encuentran novelas perdidas y geniales, podría darte decenas de ejemplos), y asisten a los talleres con el apetito no tanto de saber sino de convertir, como decía Octavio Paz, a la lectura en un viaje, un viaje de descubrimiento propio y ajeno. El desafío para los medios y las editoriales, es que no saben a quién satisfacer, si al mercado inmediato o a los lectores permanentes, y supongo que intentan alcanzar a ambos. En cuanto a los escritores, ojalá no tengan condicionamientos, sobre todo en tiempos donde prima el "contenidismo", ciertos temas que están de moda, incluso los más polémicos a veces no dejan de ser una condición temática impuesta por el mercado, por lo tanto, pasajera, que ni siquiera hace mecha. Creo que lo que verdaderamente cala hondo es el estilo, el estilo que revela algo intrínseco de lo humano y su condición social, como El proceso de Kafka, El escribiente de Melville, La condesa sangrienta de Pizarnik, Tres versiones de Judas, de Borges, por dar escasísimos ejemplos.

Nicolás Munilla