La desolación que dejó la lluvia en “El Fachinal”

Leé esta nota. Mirá sus fotos como si se trata de tu álbum familiar. Nos metimos en las casas de la gente que vive en una villa miseria de El Borbollón. Mendoza siglo XXI.
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Ulises Naranjo

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La desolación que dejó la lluvia en “El Fachinal”(Ulises Naranjo.)

La desolación que dejó la lluvia en “El Fachinal” | Ulises Naranjo.

La desolación que dejó la lluvia en “El Fachinal”(Ulises Naranjo.)

La desolación que dejó la lluvia en “El Fachinal” | Ulises Naranjo.

La desolación que dejó la lluvia en “El Fachinal”(Ulises Naranjo.)

La desolación que dejó la lluvia en “El Fachinal” | Ulises Naranjo.

La desolación que dejó la lluvia en “El Fachinal”(Ulises Naranjo.)

La desolación que dejó la lluvia en “El Fachinal” | Ulises Naranjo.

La desolación que dejó la lluvia en “El Fachinal”(Ulises Naranjo.)

La desolación que dejó la lluvia en “El Fachinal” | Ulises Naranjo.

La desolación que dejó la lluvia en “El Fachinal”(Ulises Naranjo.)

La desolación que dejó la lluvia en “El Fachinal” | Ulises Naranjo.

La desolación que dejó la lluvia en “El Fachinal”(Ulises Naranjo.)

La desolación que dejó la lluvia en “El Fachinal” | Ulises Naranjo.

La desolación que dejó la lluvia en “El Fachinal”(Ulises Naranjo.)

La desolación que dejó la lluvia en “El Fachinal” | Ulises Naranjo.

La desolación que dejó la lluvia en “El Fachinal”(Ulises Naranjo.)

La desolación que dejó la lluvia en “El Fachinal” | Ulises Naranjo.

La desolación que dejó la lluvia en “El Fachinal”(Ulises Naranjo.)

La desolación que dejó la lluvia en “El Fachinal” | Ulises Naranjo.

La desolación que dejó la lluvia en “El Fachinal”(Ulises Naranjo.)

La desolación que dejó la lluvia en “El Fachinal” | Ulises Naranjo.

Toda la pobreza de El Fachinal y sus desolaciones.(Ulises Naranjo.)

Toda la pobreza de El Fachinal y sus desolaciones. | Ulises Naranjo.

Toda la pobreza de El Fachinal y sus desolaciones.(Ulises Naranjo.)

Toda la pobreza de El Fachinal y sus desolaciones. | Ulises Naranjo.

Toda la pobreza de El Fachinal y sus desolaciones.(Ulises Naranjo.)

Toda la pobreza de El Fachinal y sus desolaciones. | Ulises Naranjo.

Toda la pobreza de El Fachinal y sus desolaciones.(Ulises Naranjo.)

Toda la pobreza de El Fachinal y sus desolaciones. | Ulises Naranjo.

Toda la pobreza de El Fachinal y sus desolaciones.(Ulises Naranjo.)

Toda la pobreza de El Fachinal y sus desolaciones. | Ulises Naranjo.

Toda la pobreza de El Fachinal y sus desolaciones.(Ulises Naranjo.)

Toda la pobreza de El Fachinal y sus desolaciones. | Ulises Naranjo.

Toda la pobreza de El Fachinal y sus desolaciones.(Ulises Naranjo.)

Toda la pobreza de El Fachinal y sus desolaciones. | Ulises Naranjo.

Toda la pobreza de El Fachinal y sus desolaciones.(Ulises Naranjo.)

Toda la pobreza de El Fachinal y sus desolaciones. | Ulises Naranjo.

“El Fachinal” es uno de los espacios más olvidados y postergados de Mendoza. Sitio favorito de las moscas y los caprichos en los colores de tu basura, que allí va. Se trata de una extensión de tierra yerma, reseca normalmente, escondida detrás del aeropuerto de Mendoza: de un lado de la tela, costras, caries, pancitas y garrapatas; del otro lado de la tela, la tela, el negocio entre manos, el free shop, la azafata y el mundo.

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Así armamos este paisaje que supimos conseguir, no sólo aquí, sino en toda la extensión planetaria. Es lo que hay, aquello que supimos conseguir.

Decíamos recién tierra yerma y reseca, sí. Sin embargo, las generosas lluvias de hace unos días cambiaron salvajemente el axioma constitutivo.

El agua sobre agua y más agua llenó, aún más, de desolación a cientos de mendocinos que sobreviven en ese lugar, comiendo de la basura en algunos casos, durmiendo en el suelo en pedazos de colchones, bajo techos de nailon negro, algunos cartones, chapas de zinc herrumbradas, cuatro palos, cinco perros y un patio, donde vive algún caballo, si se tiene esa ventura, y se estaciona la carretela, que siempre vuelve llena de cartones, de vidrios, de basura tuya y mía, al fin, de la planta de tratamiento de “El Borbollón”.

Que haya gente viviendo de lo que vos desechás con una mueca de asco y mucho de excesos en el consumo, configura toda una metáfora que bien puede resumir ese espacio, lleno de seres humanos viviendo como pueden sus versiones de vida; igual que vos, sí, pero peor que vos.

Luego de las abundantes lluvias recientes, las casuchas están todas que se vienen a pique. Lo destartalado fundacional de “El Fachinal” ahora resiste con una mezcla de penoso y esforzado. Y llega el sol, ahora, para completar la tarea.

Por eso, fuimos el martes a recorrer la villa, a charlar con esas gentes, esquivando charcos de barro, niños a montones, perros a más montones y olores y dolores.

Hasta el momento que fuimos y tras recoger una docena de testimonios en el lugar, nadie del Estado se acercó a ellos con ayuda. Las necesidades florecen con morbosidad por uno y otro lado.

Aquí, algunas de las historias que recogimos, no sin la evidente esperanza de que podamos ayudarlos, donando cosas en buen estado, trayéndolas a nuestro diario para que se las llevemos: Bandera de los Andes 350, de Guaymallén o llamando a la trabajadora social Luciana Pescarmona –incansable en sus aportes para esa barriada, junto a otras mujeres esenciales– al teléfono 2613005933.

¿Qué hace falta? Veamos estas breves evidencias de nuestros iguales en desgracia, plenas de escaseces, llenas de vacíos, perfectas en agujeros.

Antonia Trigo luce cansada y tiene que lidiar sola con todo esto. El agua se le metió hasta en el alma y el calor del sol no atraviesa pedazos de nailon negro de manera suficiente todavía, como para secar todo allí adentro: camas, ropa, el piso, los desvencijados muebles y, claro, sus hijos, que son muchos y no tienen nada.

No sé qué vamos a hacer. Nos quedamos sin nada.

Antonia no tenía nada antes de quedarse sin nada. Bueno, en realidad, tiene siete niños y, por Dios que los vimos, no tienen ni zapatillas: de 18 (calza 42), 16 (calza 41), 14 (calza 38), 13 (calza 37), 12 (calza 35), 8 (calza 34) y 5 (calza 26). Necesitan frazadas, colchones, camas, ropa, comida. Falta de todo, claro, si acaso usted, amigo lector, condescendiera en ayudarla, a ella y los suyos, parados en un labio de la nada.

Un poco más allá, nos recibe Deolinda Jofré con la mirada más triste del mundo. Seguramente la tenía antes del desastre de la lluvia, pero ahora, la mirada se le anda cayendo en la basura del patio o en los ojos de sus propios hijos. Y allá va Deolinda y la recoge y se le vuelve a caer.

Deolinda es joven, pero le cuesta serlo a esta altura. Tiene cuatro hijos, de 11, 8, 5 y 4 años. El de 11 está más enfermo que un boxeador jubilado, con serios problemas respiratorios, claro, desde antes del desastre también. Y viven todos entre nailon negro.

Se me metió el agua por todos lados. Saqué la que pude con una pala, con los chicos mojados sobre la cama

Miren ahí su cortina de casa, como un capricho: Una pareja deslumbrante cautiva de manos del Regency Casino, allí, en el pecho mismo Fachinal, el agua y el aceite, la violencia descomunal, un océano de negaciones en un bocado atragantado en ese umbral.

Gisel Farías está en el umbral como esperando un milagro. Sobre la cama, entre trapos indescifrables, están acostados dos de sus cuatro hijos.

Anoche, una de sus nenas no durmió. A las cuatro salió por ahí y alguna vecina atenta le dio un ibuprofeno. Sirvió: la nena se durmió a su lado, pero ella, no.

El agua le ha comido el pie de sus paredes. Gisel no sabe si las paredes aguantarán; ella tampoco sabe si aguantará, pero aguantará, Gisel. De aguante está hecha esta mujer. No es feliz, claro, pero ¿quién lo es?

Ricardo Agustín Jofré tiene algo de vergüenza: nunca lo han entrevistado y resulta que, en un recreo de su laburo con los desechos, un periodista con los zapatos limpios lo cruza con preguntas pelotudas por supuesto.

Ricardo muestra la piecita en que vive con su mujer y sus dos hijos: un varoncito de 3 años y una nena de 9 meses, todos ahí, tirados en un colchón sobre la tierra, que ahora es barro.

Mientras su mujer intenta que se seque algo de ropa; él acepta una foto y vuelve a su oficio del reciclaje: meter las manos en tu basura y encontrar pequeños tesoros canjeables por monedas. Necesitan, los cuatro, de todo: calzados, ropa, camas que no tienen, en fin, imaginen ustedes qué necesitan los necesitados.

Afuera de la piecita, hay un parralito encantador y dos gallos petulantes y unas toallas con animales famosos que abren la boca, de cara al sol, como peces, pero no.

Susana López alcanzó a sacar a los niños un ratito antes de que una pared se le viniera abajo. Ya saben ustedes, se supone, que el adobe es agua y tierra… Y cuando el adobe se moja y se moja y se moja, bueno, se derrite, qué mierda, el adobe mojado, es.

Susana tiene seis niños: “15, 13, 14, 18, 10, 20 y un par de nietos”, también dice Susana, que está seria, muy seria. No tienen nada, ni comida tienen. Bueno, algo tienen: miedo de que las inestables y clandestinas redes eléctricas del barrio, con cables mojados y pelados, electrocuten a alguien.

Atrás del aeropuerto, verán ustedes, hay un mundo que los ligeros y atareados pasajeros de aviones ignoramos, tal vez, por completo. A las almas sensibles, digamos ya mismo que no salgan con eso de la ternura de la lluvia tras los vidrios. A los artistas, que no traigan a colación que la llovizna enjuaga la nostalgia. A los productores, no vengan con esa cuestión de que, cuando llueve, se alimentan las plantas. A los curas, no salgan con que las tormentas son lágrimas de Dios. Y a algunos foristas de este diario, por favor, eviten, por esta vez, sus discursos sobre que esta gente amontona plata cobrando planes sociales o que eligen vivir de esta manera, mientras uno se rompe el traste y todo lo gana con su esfuerzo.

Volvamos a una última postal de la desolación: en una huella que, a la sazón, sirve de calle a las carretelas, un niño con melenita en cubata, con una camiseta 10 de Messi, gatea con un camioncito sin rueda en una mano.

Al mismo instante, allá al fondo, jura este escriba que un prodigioso avión eleva su nariz y encara pavoroso hasta esnifarse una nube. Entre una y otra imagen, sucede la vida y avanza la muerte.

Y ya a punto del punto final, este miércoles por la noche, ha vuelto a nublarse, hay truenos y olor a tormenta. ¿Qué harán esos mendocinos bajo la inclemencia del cielo si otra vez, al decir de Artaud, "el cielo se resuelve en lluvia"? Sólo ellos lo saben, sólo ellos solos lo enfrentarán.


Ulises Naranjo.

Donaciones: comunicarse con Luciana Pescarmona, teléfono 2613005933.