Heridas de exilio

'Théa', de Mazarine Pingeot, trata sobre los impactos de la dictadura argentina y la guerra de Argelia en una joven parisina de los años '80.
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Nicolás Munilla

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Heridas de exilio(Penguin Random House GE)

Heridas de exilio | Penguin Random House GE

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¿Hay una relación entre las historias recientes de Argentina y Argelia, dos países muy distantes en lo geográfico, social y cultural? Si, y es más trágica de lo que se supone. Las técnicas de torturas y desapariciones sistemáticas aplicadas en nuestro país en las décadas de los '70 y '80 fueron similares a las utilizadas por el Ejército francés en la Guerra de Independencia argelina ocurrida quince años antes. Francia jugó un rol ambivalente entre ambos: enseñó a los altos mandos militares argentinos cómo martirizar y asesinar a los 'enemigos' políticos, pero acogió a centenares de exiliados perseguidos por el Proceso.

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Estos lazos son abordados por la escritora gala Mazarine Pingeot (la hija extramatrimonial del fallecido ex presidente François Mitterrand) en su novela Théa (Alfaguara), donde además explora el amor, los miedos y el autodescubrimiento.

En la París de mediados de 1982, Josèphe conoce en una fiesta a un exiliado argentino apodado Antoine. A partir de ese momento, ambos transitan un camino de amor, revelaciones e incertidumbres, donde la joven estudiante va inmiscuyéndose en el pasado oculto de su amado y, a su vez, construye su propio rompecabezas familiar marcado profundamente por una guerra que dejó severas cicatrices en la sociedad francesa.

Josèphe, un nombre feminizado a la fuerza y elegido por sus padres debido a la muerte prematura de un hermano al que ella nunca conoció, será rebautizada por Antoine -un apodo clandestino que decidió conservar en París- como Théa. Un cambio que la protagonista, asfixiada por su entorno, asume como liberador; un nuevo nacimiento que precede a una renovación y la acerca a su propia naturaleza.

La irrupción del argentino trastoca hondamente a Josèphe-Théa, que replantea significativamente su posición frente a sus padres, un matrimonio pied-noir (emigrantes argelinos de ascendencia europea) que escapó de Argelia, y a la oscura sinergia subrepticia de misterio y dolor que se cierne sobre ellos.

El tema de la familia es, quizás, el aspecto más empático de la novela de Mazarine Pingeot, que traza los pensamientos de la joven respecto a sus progenitores, los que desconoce en profundidad y a quienes juzga basándose en los comportamientos de ambos y las escasas certezas, como el fallecimiento de su hermano Josèph.

El padre es un ex militar que participó de la Guerra de Liberación de Argelia, luchando para el Estado francés. Serio e hirsuto, priva egoístamente a su hija de una historia que le cuesta afrontar. La madre, por su parte, es una mujer depresiva, ácida y déspota que no demuestra afecto por su hija. "Cada experiencia singular que hubiera podido aunque fuera imaginar que vivía se veía reducida a: 'Siempre es así'. [...] Mi madre no tenía otra cosa que hacer salvo vivir mi vida de manera vicaria, y al mismo tiempo empeñarse en presentarla como lo menos interesante posible".

Por otro lado, Pingeot propone una perspectiva más heterogénea sobre los exiliados de la dictadura argentina: los dolores causados por la culpa al abandono, el temor a la pérdida, las dificultades que conlleva la radicación en otro país, y el estigma de ser 'el otro, el de afuera'. El bello misterio, el perturbador silencio, la enigmática huida y los vaivenes emocionales de Antoine completan el perfil de un militante que sufre la lejanía pero, simultáneamente, trata de concebir un nuevo horizonte para su sobrevivencia. "Qué extraño es cuando alguien habla sin mirarte, cuando habla en otra dirección, hacia otro lugar y otro tiempo, presente y ausente a la vez".

Esta visión está sustentada en la reconstrucción de los episodios ocurridos en la Argentina de la década de 1970 y principios de 1980, sobre los que la autora trabajó minuciosamente para darle al argumento un marco de verosimilitud: las violaciones a los derechos humanos, la Guerra de Malvinas, las actividades de los grupos clandestinos, las persecuciones como política de Estado y la desaparición masiva de personas. Todos conceptos bastante bien asimilados en la obra e incluso algunos, como 'desaparecidos', cobran cierta relevancia en el relato de Josèphe.

Las tensiones entre ambos mundos, el libre y contradictorio que Théa comparte con Antoine y aquel más asfixiante y gélido montado por los padres, crean una atmósfera febril e impetuosa que une dos genocidios socio-políticos (la dictadura argentina y la guerra de Argelia) que dejaron desazón y destierro, tanto en las víctimas directas como en aquellas que, sin ser partícipes, sufrieron las consecuencias.

Identidad, orígen, exilio, familia. Son elementos que la autora desmembra, reconstruye y resignifica en Théa, al igual que en todas sus obras. Términos que se complementan y sincronizan en una dinámica narrativa que, paradójicamente, está sustentada en el silencio que amenaza resquebrajarse para dar paso a la emancipación.

"Era mi vida entera: querer saber, no querer escuchar, dejar que los demás ocupen el silencio [...]. Yo era una prisionera del silencio, de sus murallas invisibles, que no hacía nada por destruir ni por franquear, cobarde como era y tan obediente de la ley de los demás, sobre todo cuando no era una ley explícita".

Esta novela dramática con tintes románticos y políticos entrecruza realidades y esboza una trama vertiginosa y desafiante, de narrativa introspectiva que sorprende en sus reflexiones acerca de la guerra, los vínculos familiares y el crecimiento personal.

Nicolás Munilla

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