El lugar de Mendoza que merece el Nobel de la Paz, sí o sí

Querían dividirse con un muro. No se querían ni ver, ni mezclar. Hasta que un punto de encuentro los unió. No hay muro. Hay paz.
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Gabriel Conte

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La plaza del Barrio Soberanía que están inaugurando este sábado y que es una de la serie de espacios que se están creando en la zona de los barrios Flores y Olivares.(Municipalidad de Mendoza)

La plaza del Barrio Soberanía que están inaugurando este sábado y que es una de la serie de espacios que se están creando en la zona de los barrios Flores y Olivares. | Municipalidad de Mendoza

El lugar de Mendoza que merece el Nobel de la Paz, sí o sí(Municipalidad de Mendoza)

El lugar de Mendoza que merece el Nobel de la Paz, sí o sí | Municipalidad de Mendoza

El lugar de Mendoza que merece el Nobel de la Paz, sí o sí(Pablo Matar/Mediamza.com)

El lugar de Mendoza que merece el Nobel de la Paz, sí o sí | Pablo Matar/Mediamza.com

El lugar de Mendoza que merece el Nobel de la Paz, sí o sí(Pablo Matar/Mediamza.com)

El lugar de Mendoza que merece el Nobel de la Paz, sí o sí | Pablo Matar/Mediamza.com

 Hay lugares que, aunque estén bastante cerca de donde vivimos nosotros, no visitamos, no caminamos ni hemos transitado -siquiera- en un vehículo. Sin embargo creemos saber sobre ellos. Muchas veces la vida urbana nos condena a sostener siempre injustos prejuicios, por miedo o desconocimiento. Así nacen las guerras urbanas, esas grietas que justificamos y de las que preferimos no hablar. Son temas siempre pendientes, hasta que estalla una batalla que luego son dos, tres, mil. 

El mundo es lo que conocemos y lo que creemos conocer. Lo que conocemos es aquello por donde circulamos: por donde nos animamos a transitar; los sitios a los que nos creemos con derecho a entrar, a disfrutar. Lo que está en el imaginario de conocimiento entra en una maraña de versiones construidas con lo que nos contaron -lo bueno y lo malo, lo lindo y lo feo- que no hemos podido comprobar fehacientemente.

Mucha gente no va al teatro, por ejemplo, porque no lo ha experimentado antes, porque cree que es "para otros", no cree tener ropa adecuada, tiene miedo de no comprenderlo, no tiene plata o ningún micro lo deja allí. No fue, no va, no está en su agenda. pasa con cientos de otras cosas. Hay una Mendoza para cada mendocino: es esa zona por la que circula, esos consumos que realiza y lo poco o mucho que se anime a traspasar los límites culturales, sociales o familiares, ya sean imaginarios o reales, heredados por costumbre o por decisión propia.

Valga toda esta introducción para hablar de un punto que antes podía decirse que estaba "al oeste" de la Ciudad, pero que poco a poco se vuelve el corazón capitalino. Ese sitio, configurado por un entramado de asentamientos que fueron informales y por un barrio formalmente constituido, como son el Flores y el Olivares por un lado, y el Soberanía, por el otro, es un enclave de paz que merece más el Nobel que muchas de las figuras e instituciones que lo han recibido.

No es una exageración. Si conceptualmente el Premio Nobel de la Paz busca destacar a personas o entidades o grupos que han trabajado exitosamente por evitar conflictos, los vecinos de estos tres barrios mencionados y, por qué no, sus referentes y más aún, sus gobernantes desde la Municipalidad, lo merecen. Pensémoslo así: gran parte de Mendoza no ha ido nunca a esa zona, pero cree conocerla. Y ese grado de supuesto conocimiento pasa por las veces en que los medios le hemos dado difusión: que la ilegalidad, que el asesinato de un policía, que los robos de un lado hacia el otro, que las protestas...

Allí, entre el Olivares/Flores y el Soberanía, se había planteado con énfasis una forma absurda de "solucionar" las diferencias socioeconómicas que de un lado le endilgaban al otro, y viceversa: construir un muro, como en Berlín, como el de Trump entre la acusada de gritona e informal Latinoamérica y la supuestamente atildada sociedad estadounidense que nada en un mar de armas e injusticias acalladas con plata.

Pero fueron los vecinos los que acordaron, durante una reunión realizada en enero, cuando la mayoría de los mendocinos pensábamos en otra cosa, como, por ejemplo, las vacaciones, que acordaron la paz duradera. La igualación social llegó de la mano de la dignidad: posibilidad de que todos tengan acceso a niveles similares de vida y una puerta abierta a las oportunidades de estar mejor, algo que nadie hará por nadie como tutor, sino que ya queda en manos de cada uno.

Hoy se inaugura una plaza con fiesta y todo. Y no hay muro. Hay una huerta que sirve de integración entre los barrios. Y no hay muro. Se avanza en la urbanización y radicación definitiva de vecinos que antes eran malmirados y hasta despreciados, sumándole calidad de vida a sus hijos, que es lo que importa y lo que los marcará para siempre. Y no hizo falta un muro. Habrá un nuevo parque de recreación y actividades deportivas y si se hace alguna muralla será para pegarle con la pelota. Niños de uno y de otro barrio, igualados "para arriba". Y no hay guerra.

El día en que el Den norske Nobelkomité, el Comité Noruego del Nobel se entere de esto, no tendrá más remedio. Porque no hay paz más útil en tiempos en que las ciudades mueven al mundo que la paz urbana, la paz cercana, la paz cotidiana.

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