El berretismo político: del papelito al papelón

Para entender al país, ya ni siquiera es válida la excusa de la grieta. De los dos lados (y más allá también), poco se hace para elevar la vara. Mucho coucheo y poco sentido común.
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Rubén Valle

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El berretismo político: del papelito al papelón(Twitter)

El berretismo político: del papelito al papelón | Twitter

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La moda del coaching, que entre sus principales clientes cuenta a organizaciones, empresarios y políticos con apetito de aggiornamiento, no es cien por ciento garantía de éxito, aunque su objetivo sea "facilitar el desarrollo del potencial de las personas, tanto en su ámbito privado como profesional". 

Queda a la vista por el modus operadi de algunos referentes empresariales, pero aquí el foco está puesto en esos actores de la política nacional que casi a diario aportan su papelón haciendo real, por paradójico, que la política sí es el arte de lo posible. Con vergüenza ajena, se puede decir que muchos de ellos hacen hasta lo imposible para que este país siga siendo un Titanic a punto de impactar el iceberg.

El berretismo político no es una categoría que se estudie en los claustros universitarios, pero vale como rótulo para encuadrar a aquellos que olvidan -o no les importa- que son servidores públicos y no líderes de una banda de rock o el candidato al próximo Bailando de Tinelli. 

El papelito que el ministro de Finanzas, Luis Caputo, le envió a la diputada kirchnerista Gabriela Cerruti, fue una tontería al nivel del adolescente más pavo del curso, y la reacción-sobreactuación de la experiodista acusándolo de machista, misógino y mentiroso, otro tanto. Entre ambos sumaron un nuevo y vergonzoso capítulo a un Congreso pródigo a la hora de escribir páginas bochornosas. 

Sin embargo, para que lo vergonzoso mutara a escandaloso faltaba que el hombre de los números, que había ido a dar un informe de gestión y las esperadas explicaciones por sus cuentas off shore, se retirara ofendido dando por terminado su paso por Diputados. Había llegado "flojito de papeles" y se iba firmando un papelón.  

Amén de este caso, el berretismo político es una cantera inagotable de ejemplos de descrédito. Ni siquiera es necesario que ganen la primera plana o sean trending topic. Se decanta en formas, metodologías, coartadas, estrategias, avivadas, que sacan de eje a quienes deberían trabajar por la calidad de vida ajena, no sólo por la propia. Sin hurgar demasiado, casos testigo se encuentran en todos los gobiernos, partidos y agrupaciones. Nadie está exento de encarnar el bochorno.

Usar las redes sociales para chicanear al rival en lugar de rendir cuentas de su tarea en un Concejo, una banca de legislador, un ministerio o cualquier otra área, es una de las prácticas más comunes -y baratas- del berretismo político. Ese linchamiento público suele ir de la mano de una alarmante memoria selectiva que omite, ex profeso, los datos que sustentan dicha crítica. O, la más fácil, se apela a citar a aquel medio que publique cualquier título que, por caso, sirva para pegarle al Presidente o a la expresidenta. Política chiquita, berreta.

Cuestionar a estos personajes, sean ministros, legisladores o el más modesto concejal, no implica de ninguna manera denostar a la política como servicio. Mucho menos negarla como lo que es o debería ser: una auténtica herramienta de transformación. 

Ahora bien, vale plantearse por qué en una época "líquida" como ésta y con infinitas posibilidades tecnológicas de que nada pase inadvertido, más que coucheos no exista capacitación en sentido común. Lo otro fundamental para la praxis política, directamente no se enseña, y se llama empatía.