El Kevin, pichón de prisionero

Las "Aguafuertes porteñas" de Roberto Arlt marcaron una época con las notas del periodista sobre cuestiones puntuales que observaba en la ciudad. Sin intentar empatarlo, en la búsqueda de tomar nota de muchas realidades que se viven en un segundo plano en la vida cotidiana de Mendoza, aquí Gabriel Conte vuelca sus propios apuntes, muchos de los cuales han sido parte del libro "Los mocosos nos miran", con ilustraciones de Elia Bianchi de Zizzias y el video de Eliana Zizzias. Momentos, historias, anécdotas. ¿Realidad o ficción? Aguafuertes menducas.

REDACCIÓN MDZ ONLINE

El Kevin, pichón de prisionero

Sofía al pan le dice “pam”. Y no es lo mismo una cosa que la otra. O sí, pero dicho como lo dice Sofía suena o mejor dicho, sabe, a otra cosa, a algo más sustancial, con más cuerpo y, si se quiere y se cree, hasta con alma. “¡Andá a comprar el pam!”, le gritaba, puntualmente, a las 12.30 a su hijo el Kevin, todos los días. El domingo no, porque ese día se comía otra cosa. Otra cosa además de “pam”, porque siempre venía “el Rober”, Roberto García, el padrastro de Kevin, pero más que padrastro, padrazo, porque se hizo cargo “la Sofía, el Kevin, la Yanet, el Maique, la Prisila y hasta del Capitán, el choco”, como le gusta alardear ante sus hermanos y primos, orgulloso de haber adquirido “llave en mano” una familia completa, hasta con mascota. A cambio, claro, se quedó en la casa que la habían construido la Sofía con “el Rulo”, su primera pareja. Y el Capitán, perro de raza “ladrador”, como le dicen en el barrio.

Entre semana los chicos comen en la escuela, por suerte. No porque la tengan, sino porque “por suerte, hoy me giraron los fondos para la colación”, dice siempre la directora, una rezongona “nariz parada a la que el marido lleva y busca de la escuela en un autazo”, según le cuenta Sofía al Rulo el domingo, quejosa también, por qué no, de que no siempre hay qué darles de comer a los chicos en a escuela.

“En la casa el pam no falta”, se yergue, oronda, Sofía. Lo aprendió de su mamá que murió muy joven y que la crió tanto a ella como a sus otras tres hermanas y el hermano menor, que también murió, atropellado en la ruta cuando caminaba una madrugada que volvía de un baile con sus amigos, pero lo hacía solo, y el alcohol lo hizo zingzaguear justo en la “Curva de Ruiz”, allí donde don Justo Ruiz murió más o menos en las mismas circunstancias, unos 40 años antes. Pero la curva ya tenía nombre y una animita en su honor, la que le hizo un lugar a otra, para recordar al Darío y poder, de vez en cuando, prenderle una vela o limpiarle las flores de plástico que dejó toda la familia unos quince días después del entierro.

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Sofía quedó sola de joven. Bah, vieja no es, pero ya tiene 25. A los 15 empezó a parir lo que da la idea de que bastante antes empezó a entrenarse para el asunto. O no, que no bien empezó a conocer el calorcito de un hombre, prendió la herencia. El Kevin tiene 10 años y no ha repetido un solo año en la escuela, lo que es un orgullo para su madre y sus hermanos, a los que no les fue, en lo sucesivo, tan bien como al primogénito.

El Rulo un día se fue, no hace. Algunos dicen que está preso; otros, que lo mataron. No era de andar en cosas muy santas. La cuestión es que Sofía tomó coraje y, tan pronto como apareció “el Rober”, Roberto García, empleado de una empresa que se lo lleva seis de los siete días de la semana al Valle de Uco, se quedó con él, aunque sea para tenerlo así de salteado, pero leal, fielmente y cumplidor, en todo sentido. “El domingo en la casa se come asado”, le dice Sofía a Doña Clara, la celadora de la escuela y quien le cuenta los chismes de la directora. Y sonríe con su dentadura bastante completa, “comparada con la de la Clara, a quien le le dicen "Venganza incompleta´: ´ojo por ojo, diente por medio´ jajajajaja”, según cuenta Sofía a sus hermanas, a quienes ve bastante seguido y, últimamente, mucho los domingos, cuando la van a visitar justo a la hora del asado.

A Kevin le va bien en la escuela, se sabe. Y se siente un adalid en el barrio en donde casi todos los pobladores tienen, como curiosidad mayor, el mismo apellido. Siempre se preguntó por qué. Y siempre, sus interlocutoras, la madre, las tías, las vecinas, los hijos de las vecinas que son sus amigos, le respondieron encogiéndose de hombros. Cuando una vez le preguntó a la maestra de tercer grado (porque Kevin siempre fue “bicho”, bien despierto) esta largó una carcajada tan grande que se le corrió todo el rímel y quedó con cara de payaso malo frente al curso.

“El barrio”, como se le llama solo ahí (porque los de afuera le dicen “la villa”) está ubicado cerca de lo que fue un depositorio de basura oficial. Esa fue la principal fuente de empleo para todos. Padres, madres, niños, abuelos y hasta perros colaboraban en la selección de qué llevarse: por bonito, o por “vendible”, por útil o por alimenticio.

Los jueves, cuando iba el camión del supermercado a tirar la mercadería vencida, Sofía no dejaba ir a los chicos. Kevin era muy pequeño, pero igual lo dejaba en la casa solo, cuidando a sus hermanos todavía más chicos, salvo Prisila, que era un bebé y podía ir colgando de la teta. No lo dejaba ir porque ya se habían matado dos disputándose “una mortadela completa, entera, que ni vencida estaba”, dice y repite Sofía, mitad con asombro, dolor y preocupación, mitad con envidia por el botín.

Después pasó algo raro para los de afuera, pero bien claro para los de adentro: los medios descubrieron que allí se vivía como en una versión pobre de la película australiana de George Miller del 79, “Mad Max”. Quisieron ayudarlos, montaron transmisiones en directo por TV y espantaron a los que llevaban basura comestible. Los de adentro del barrio lo recuerdan como un episodio triste. “Nadie se enfermó nunca, hicieron quilombo al pedo y no trajeron más mercadería”, analiza Sofía, en una síntesis informativa envidiable. Ahora, si quieren mortadela, la tienen que pagar en el mercado que queda a unos 4 kilómetros a pie o en bici de su casa. “Hasta yogur tomaban”, completa Sofía, dando a entender que toda una tanda de hijos, desde entonces, no consumió lácteos nunca más después de aquella “medida sanitaria”.

La cuestión es que se llevaron el basural a otra parte y tuvieron que reconvertir sus vidas. Un desafío monumental, visto desde adentro, claro. Desde afuera, casi una tarea de ordenamiento ambiental, con una mirada muy a la distancia, fríamente.

Ahora el Kevin tiene esperanzas de conseguir un trabajo como el Rober, que le permita llegar el domingo con el asado del día y piensa que, si consigue algo más cerca, hasta podrían comer más que pan todos los días, cuando las tripas reclaman ayuda. Tener algo más que botellas de agua en la heladera, porque heladera tienen y podrían conservar alimentos.

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El problema es que Kevin, cuando se acerca a los barrios de afuera, queriendo ayudar con la limpieza de acequias, jardines o “lo que sea”, para conseguirse un mango que le baile en el bolsillo, con el cual caer de vez en cuando con una Coca Cola a la casa, así, de sorpresa, como les gusta a sus hermanos, lo denuncian o lo insultan o le cierran la ventana en la cara o no le pagan o hasta intentan toquetearlo. O le sueltan a los perros o a los hijos malos y bien alimentados. Lo maltratan, porque viene “de la villa” y porque, la verdad, en su casa no hay agua caliente. Menos, champú. Se lo ve pulcro, pero rompe con el estándar del barrio “bien” que, en realidad, no es más que una población de empleados municipales y de comercio, con sueldo fijo, todo un escalón, inmenso, más arriba de su clase social.

Sofía, que cree que con “pam” ha logrado amasar una familia envidiable, tiene miedo. Pero lo tiene para adentro, no lo dice: se le ve en los ojos. Porque cuando habla de Kevin como que se le arrugan las pupilas y se tapa con alguna de las niñitas que lleva en brazo. Por nada, piensa, “al Kevin me lo va a llevar la policía. Ya le he dicho una y mil veces que no vaya, que no nos hace falta que traiga plata. Que para eso está el Rober que los quiere como si fueran de él. Pero, ¡es orgulloso el crío!”. Y eso, cree, acostumbrada a los golpes de la vida, le puede jugar, irónica (y sinceramente) en contra.

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