Día de la Mujer y de nuestra anulación de lo femenino

Siempre fuimos machistas: nuestra infancia épica y nuestros juegos fueron machistas: fútbol, cacerías, autitos, piñaderas... Borramos a las niñas de la niñez. Por eso, les temimos, como se teme a lo desconocido. Y las atacamos.
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Ulises Naranjo

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Día de la Mujer y de nuestra anulación de lo femenino

Día de la Mujer y de nuestra anulación de lo femenino

Día de la Mujer y de nuestra anulación de lo femenino

Día de la Mujer y de nuestra anulación de lo femenino

Día de la Mujer y de nuestra anulación de lo femenino

Día de la Mujer y de nuestra anulación de lo femenino

Día de la Mujer y de nuestra anulación de lo femenino

Día de la Mujer y de nuestra anulación de lo femenino

Día de la Mujer y de nuestra anulación de lo femenino

Día de la Mujer y de nuestra anulación de lo femenino

Día de la Mujer y de nuestra anulación de lo femenino

Día de la Mujer y de nuestra anulación de lo femenino

Día de la Mujer y de nuestra anulación de lo femenino

Día de la Mujer y de nuestra anulación de lo femenino

Día de la Mujer y de nuestra anulación de lo femenino

Día de la Mujer y de nuestra anulación de lo femenino

Día de la Mujer y de nuestra anulación de lo femenino(Andrés Edery.)

Día de la Mujer y de nuestra anulación de lo femenino | Andrés Edery.

Día de la Mujer y de nuestra anulación de lo femenino(Andrés Edery.)

Día de la Mujer y de nuestra anulación de lo femenino | Andrés Edery.

A Gladys Ravalle, la mujer mundial

También ha sido machista nuestra noción de la aventura y nuestra esmerada selección de recuerdos. Lo ha sido el saldo final de la memoria y hasta las reparticiones de las culpas: ha sido de machos hacerse ciegamente cargo de las cosas.

Respecto de los años oscuros de la dictadura, tan asociada a mi niñez y mi preadolescencia, incluso, ha sido especialmente machista nuestra idea del castigo -de la desaparición hablo, de la muerte hablo, de la tortura, y de las prohibiciones- y lo han sido nuestras ejecuciones de las sentencias. Todos aquellos dolores y crueldades, todos estos saldos, estas secuelas y regeneraciones, parecen haber sido cosa de hombres.

Y más: las capacidades de decir, las construcciones de lo vivido a través del lenguaje, fueron machistas: una historia contada por y para hombres.

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Las mujeres -y con ellas, lo femenino- fueron solapadas, cubiertas y descubiertas, con el cínico manto de lo etéreo. Lo de ellas, entonces, fue el territorio de lo indecible. Y lo indecible no es lo no dicho, lo prohibido, lo censurado, sino algo peor: lo que es imposible decir.

Nuestra consideración de la mujer en aquellos años fue la mayor construcción de la anomia a la que nos hayamos atrevido.

Los verdugos, por ejemplo, castigaban a los hombres como se castigan a los iguales: de músculo a músculo y con los ojos abiertos; a las mujeres, en cambio, las sometían mellando sus dignidades, opacando sus bellezas, apropiándose de lo sagrado de la íntima herencia, sis hijos; y violándolas con los ojos cerrados, de impotencia a impotencia, porque la cobardía -en su manifestación más pura- es esto: la impotencia del poderoso.

Tampoco hemos sido certeros en nuestra construcción del concepto de la épica. La épica, para nosotros, siempre ha sido exploración, bravura, asedio, acero, emboscada, afán de victoria, despliegue de abanicos de pericias, amistad de hombre a hombre, de hombro a hombro, asunción de la idea de barrio como forma comprensible de la patria.

Nuestras infancias, y así lo delatan las historias que hemos escrito, dejaban siempre de lado a las mujeres; al menos, hasta la adolescencia. Era como si ellas sencillamente no existieran o estuvieran lejos, tejiendo bufandas, mientras nosotros conquistábamos el mundo: fútbol, zanjones, autitos, cacerías, árboles, piñaderas...

Ellas, ahora lo veo más claramente, no estaban. Simplemente no estaban. ¿Dónde estuvieron, mientras nosotros levantamos, piedra sobre piedra, esta ceguera ante las cosas..?

Y no era que les asignábamos papeles secundarios, sino que no les asignábamos papeles en la constitución de nuestras infancias. Por eso mismo, después, cuando crecimos, en lugar de seducirlas intentamos conquistarlas y comenzamos temiéndoles: porque las desconocíamos.

Era un temor semejante al de los verdugos, ante la evidencia de lo sagrado que supone lo femenino. Nosotros, con torpeza e ignorancia, las alejamos por temor; ellos las torturaron y las ultrajaron con torpeza, por temor al milagro de lo divino que se anida en todo vientre femenino. Y, además, después, les quitaron sus hijos.

Siempre fuimos machistas. Sólo el amor, quizás, el amor, nos volvió mejores personas. Primero, el amor a nuestras madres: primero, nido; después, puerto; siempre, incondicionalidad. El amor a nuestras mamás -esa devolución que nos permitimos- fue uno de nuestros primeros actos de reconciliación con el mundo, al que siempre vimos como objeto de conquista. Y aquellos que no se reconciliaron se volvieron fantasmas, verdugos u hombres con duros corazones de vinagre.

Ahora, soplan otras brisas y estas novedades nos obligan a repensar nuestra idea de la identidad. No sólo de la identidad histórica personal -un revisionismo de nuestro pasado, una sinceramiento de nuestros totalitarios absolutos individuales-, sino también de la identidad colectiva.

La memoria, estamos viéndolo, se quita lastres de encima, se libera las manos y una de ellas nos señala entre los ojos y nos dice: ‘ey, has sido un machista asqueroso; has construido un mundo -también el de los recuerdos- a imagen y semejanza de tu machismo'. La otra mano -y he aquí el asombro- está tendida para tomar nuestra mano y llevarnos al aprendizaje de una nueva manera de construir el mundo.

Por algo ha de ser que la memoria es mujer y el olvido, varón. La memoria es madre por sobre todas las cosas. La memoria es bando de datos de la Tierra, la madre. La memoria, además, tiene muy mala memoria -o memoria selectiva-, para los inventarios de culpas y pecados y, quizás, no le resulte especialmente difícil perdonarnos a los tipos y darnos una nueva oportunidad, siempre y cuando, claro está, no osemos traicionarla.

Otra vez no lo soportaría y, si la traicionáramos, entonces, en sus espaldas, leeríamos la versión de un mundo escrito y dicho sólo por mujeres.

Tal vez no sea mala idea, después de todo... Sería un mundo mejor que este que levantamos, ciego y estúpido, como el falo de un mono, ciego y estúpido, restregándose efusivo contra el tronco de una palmera.

Ulises Naranjo